
Religión del «Best Seller»
Firmas
A veces pienso que la mejor definición de best seller podría ser: un libro que leen las personas a quienes no les gusta leer. A quienes nos gusta leer nos da igual, leemos best sellers y autores de culto, novelas del XIX y poesía renacentista, y hasta cierto punto (mucho menos de lo que queremos creer, es cierto) logramos alguna independencia de criterio.
La paradoja del éxito literario es esta: si quieres vender muchos ejemplares de tu libro, no basta con que el libro guste a los lectores (que somos muy pocos); tendrá que gustarle también a esa multitud a la que leer no le entusiasma y que solo lee cuatro o cinco libros al año.
Por poner un ejemplo, creo que el gran éxito de Salvador Dalí se debe (en parte) a que pintaba lo que quería ver la gente a la que no le gustaba la pintura: realismo exagerado (¡es idéntico, parece una foto!), surrealismo de baratillo, títulos pomposos, alguna tía en bolas, cuadros argumentales y a ser posible dramáticos (como el cromo de Cristo que reelaboró a partir del sublime dibujo de San Juan de la Cruz). Súmale una buena campaña comercial y, sobre todo, una presencia pública como artista con patente de corso. Dalí y Cela, en pleno franquismo, se presentaron como niños malcriados a los que se les consentía todo (ya que al fin y al cabo ese margen de libertad solo lo usaban para tirarse pedos, absorber una palangana de agua por el culo o dar vivas al emperador Trajano; malos puede que sean, pero los dictadores no se caracterizan por chuparse el dedo).
Dalí o Cela eran en aquella época esos tíos que hacían siempre lo que les daba la gana y encima se forraban y recibían condecoraciones. En una España avasallada, sometida y humillada no es extraño que sus figuras constituyeran una verdadera fantasía erótica. «Sus libros están en casa del modesto funcionario de provincias», le comentó Montserrat Roig a Cela. «Toma, claro: es que yo soy su vengador», fue su respuesta. Sí, en la misma medida en que las películas de Torrente consuelan y vengan de su vida diaria al mecánico despedido del taller de motos.
Lo extraño de la paradoja mencionada es esto: ¿por qué o para qué se empeña en leer la gente a la que no le gusta leer? Eso salta a la vista: por sentido de la disciplina, para ser como nos dicen que hay que ser, igual que quienes detestan el deporte se compran un chándal y esa bici de montaña que ya forma parte del paisaje urbano, oxidada en el balcón, con la maceta de geranios y la bombona de butano. Hay que leer y punto, igual que hay que comer ensaladas con maíz o ir a esas gigantescas exposiciones con la firma del pintor en un gran cartel a la puerta (y comprar el catálogo).
Los best sellers necesitan apoyo editorial, sin duda, pero en buena medida son los lectores, siempre imprevisibles, quienes los fabrican. ¿Por qué quienes solo leen cinco libros al año eligen los mismos cincos libros?
La lectura de Código Best Seller, de Sergio Vila-Sanjuán, corrobora que, si bien es posible explicar el fenómeno ex post facto, una vez que ha sucedido, no resulta tan fácil predecir en qué condiciones puede repetirse. Como suele decirse, un best seller viene a llenar un hueco? que nadie había detectado que existía. Una vez detonado, el best seller estalla y crece como una bola de nieve: hay que leer el libro del que todo el mundo habla.
La enumeración de best sellers a lo largo de la Historia que ofrece Vila-Sanjuán, desde la picaresca hasta Stieg Larsson, da mucho que pensar. Están (en ficción narrativa, aunque Vila-Sanjuán también se interesa por la autoayuda y la fábula edificante), por una parte, los «libros que mueven conciencias»: tratan un asunto en el que la maldad es obvia, ya sea el racismo, el absurdo de la guerra o la violencia contra las mujeres. Son libros que nos halagan y nos hacen sentirnos buenos.
Por otro lado, está el indispensable «gran friso histórico», que en general sirve para abolir la Historia por medio del anacronismo y el recurso al alma humana intemporal: los cavernícolas eran iguales que nosotros (¡se besaban en la boca y todo!), en el antiguo Egipto lo terrible era la intolerancia, Atila no tenía demasiada sensibilidad ecológica, etc. No en vano, entre los primeros best sellers, figura la visión idealizada de la Edad Media de románticos como Walter Scott. Todo esto se adereza con la espesa salsa de los sentimientos y la enrevesada trama heredera del folletón. Las guarniciones son limitadas: erotismo, intriga y aventura, lo gótico y misterioso, las sagas familiares y los universos cerrados (un colegio, un hotel, un tren en marcha). Y por supuesto, como núcleo central, la «superación de la adversidad». Al final ganan los buenos y, qué casualidad, los lectores formamos parte de ese grupo.
Podemos pasarlo mal, no nos comprenderán, nos harán sufrir y nunca nos subirán el sueldo, pero ¡lo superaremos! ¿Por qué? Porque tenemos alma. El que compra un best seller no lee un libro, adquiere un alma: la suya propia, un alma libre, por encima de la Historia y de la vida diaria, eterna, universal, llena de grandes sentimientos que nos permiten «superar la adversidad». No te preocupes de tu vida real, te vamos a dar algo más valioso, nada menos que un alma.
Habrá a quien le compense.