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Palimpsesto

Firmas Por José Luis García Martín.

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28 de junio de 2009 - número: 909
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Después de Pessoa, ¿es posible desdoblarse en heterónimos sin que suene demasiado a artificioso pastiche? No son pocos los autores que lo han intentado -recuerdo ahora al Horacio Martín, de Félix Grande-, pero quizá ninguno lo ha conseguido con tanto plural acierto como Eugenio Montejo, el poeta venezolano fallecido hace un año al que acaba de homenajear la revista Palimpsesto.

En el 2007, Pre-Textos publica El cuaderno de Blas Coll y dos colígrafos de Puerto Malo, donde se reúne lo fundamental de su novela heteronímica. Blas Coll, el tipógrafo obsesionado con el lenguaje, hace la función de Alberto Caeiro. Entre sus discípulos se encuentran Tomás Linden, que cultiva el rigor formal del soneto, y Lino Cervantes, que juega a unir a Valéry con las vanguardias.

El homenaje de Palimpsesto, esa espléndida revista que Francisco José Cruz publica en Carmona, añade otros nombres: Eduardo Polo, autor de alacres rimas infantiles, y Sergio Sandoval y su Guitarra del horizonte, un personal intento de recrear la copla popular. «Devoto de José Martí y de Antonio Machado -nos cuenta Montejo en el prólogo-, Sandoval supo releer en las obras de estos autores el arte hondo e incontaminado que proviene del Romancero.»

Las coplas de Sergio Sandoval, como los sonetos de Tomás Linden, tienen cierta intención provocadora «en un tiempo en que la mayoría de los autores reclama como punto de honor las innovaciones más inéditas». Son la provocación de un tímido, Eugenio Montejo, un poeta que creía en las buenas maneras, tan desatendidas en el tiempo en que le tocó vivir, y que jamás confundía el cuidado formal con el vacuo virtuosismo.

Sandoval acompaña sus coplas con breves comentarios en los que no escasea ni la precisión ni la inteligencia. Llega a compararlas con el haiku, «que logra hacernos recordar cosas que jamás han ocurrido». El arte de la copla, como el del haiku, consiste «en revelarnos una memoria que antes de leer desconocíamos». Pero la copla tiene una tendencia sentenciosa de la que carece el haiku. Es la sentenciosidad de Machado y Mairena, a los que recuerda Sandoval: «Yo aprendí por los caminos / como todo caminante / que el paso más decisivo / siempre me queda delante».

Al contrario que Pessoa, no necesita Montejo de sus heterónimos para ser el inmenso poeta que es, pero en la invención de Blas Coll y sus colígrafos hay algo más que los divertimentos de un tímido. Hay humor, ciertamente, y hay disfraz, pero hay también una verdad más honda que no puede decirse sin máscara.

 

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