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Marcel Proust: en busca del poeta perdido

Se publica su «Poesía completa», la mayoría inédita en castellano

Día 13/11/2012 - 10.53h

Proust, melancólico, aquel día de comienzos de 1919. Frío en París, sobre todo en el 102 del Boulevard Haussmann donde otra vez, Marcel, acosado por el asma y el insomnio se levanta a tomar un tentempié, apenas una taza de te y una rebanada de pan tostado que se lleva a la boca con desgana.

Pero lo que entonces se abrieron otros apetitos, e iba a empezar uno de los festines más celebrados y sabrosos de la literatura contemporánea, el nacimiento de «En busca del tiempo perdido», esa obra colosal que todo el mundo conoce y que, casi nadie, ha sabido navegar viento en popa hasta su punto final. Proust lo recordaría tiempo después: «En el momento que puse el pan tostado en mi boca y tuve la sensación de su blandura impregnada por el gusto del té en mi paladar, sentí un trastorno, olores de geranios, una sensación de luz, de claridad...».

Fuera una rebanada de pan, una magdalena o unos churros, el escritor parisino había llegado a conclusiones determinantes para su arte y su novelón: «Cada día otorgo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy cuenta de que no es en ella donde el escritor puede recobrar alguna de las impresiones del pasado, es decir, alcanar algo de sí mismo y la única materia del arte. Lo que la inteligencia nos entrega bajo el nombre de pasado no es tal cosa«. Aquel pasado se hacía presente y «En busca del tiempo perdido» abría sus puertas: «Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: Ya me duermo.

Marcel Proust: en busca del poeta perdido
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Portada del libro

Pero antes del histórico tentempié, Marcel Proust ya había hecho sus pinitos literarios (en el tiempo que le dejaban libre sus vigilias habituales en los salones aristocráticos parsinos) en plena juventud, cuando a los 25 años publicaba en 1896 «Los placeres y los días», en una edición lujosa que, lejos de vender, se encargó de regalar a sus notables amigos.

En aquel libro, Proust incluyó algunos poemas. Luego seguiría de vez en cuando dándose a la rima, aunque nunca tuvo ya la menor intención de publicarla. Y publicarla ahora al completo y con la mayor parte inédita es lo que hace Cátedra. El traductor y editor es Santiago R. Santerbás. Él nos pone en antecedentes. «Sí, la mayor parte de la obra es inédita en castella. Los "Ocho retratos de pintores y músicos", como parte integrante de "Los placeres y los días", fueron traducidos por Consuelo Berges (Alianza Ed., 1975) y Mauro Armiño (Valdemar, 2006), la revista "Turia" ha publicado once poemas de Proust traducidos por M. Armiño (2011)».

Proust, poco leído

Poco conocida es sin duda esta faceta lírica del escritor, como recalca Santerbás: «Creo que los poemas de Proust son prácticamente tan desconocidos en Francia como en España. Aunque es un escritor mencionado con cierta frecuencia, Proust no es muy leído. La mayoría de quienes citan a Proust se limitan a sacar a colación la magdalena mojada en té».

Por otra parte, nos encontramos ante una obra creada en momentos muy dispersos y sin un horizonte claro. Ya que, como explica el editor, «no se puede hablar de poesía proustiana como de un conjunto uniforme, constante y susceptible de clasificación. Los primeros versos y los Retratos de poetas y músicos responden quizás a una sincera e ingenua vocación poética. Los restantes, inéditos, son muy variada índole. Incluso finalmente rechaza el clasicismo parnasiano y presenta esquemas a lo Baudelaire y Verlaine. O simples juegos versificados sin pretensión alguna».

Es más, Santiago R. Santerbás también apunta que el mismísimo autor no se tenía por vate. «Proust, evidentemente no era poeta, y él era consciente de ello. Pero hay que advertir que, a semejanza de otro magníficos prosistas Marcel Proust no pudo soslayar caer en la tentación de la palabra rimada. Recordemos, por ejemplo, al gran novelista Anatole France que, antes de cumplir los 30, publicaba "Les Poèmes Dorés"; o , sin ir más lejos, a mi muy admirado Pío Baroja, que, cumplidos los 70, no tuvo reparos en perpetrar unas espeluznantes "Canciones del Suburbio"».

Quizá en el Olimpo de la Poesía Marcel Proust no se merezca uno de los sillones principales, pero no deja de ser curioso que el autor de una de las novelas más extensas y de prosa más meticulosa de la historia de la literatura se sintiese atraído por la rima y sus pesares. Lectores, ya lo saben, si una madrugada andan metidos en las espesas harinas del insomnio, no lo duden, una taza de té y una rebanada de pan tostado. O una magdalena. Incluso un picatoste. La gloria literaria puede ser suya.

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