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«Mortalidad», las últimas palabras de Christopher Hitchens

Día 15/11/2012 - 17.34h
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Polémico, carismático, fogoso. En «Mortalidad» (Debate), el periodista Christopher Hitchens describe su enfermedad sin tapujos y con dosis de humor lúcido y desafiante

«Mortalidad», las últimas palabras de Christopher Hitchens

Genio y figura hasta la sepultura, se dice de forma sumamente acertada y elocuente en nuestra lengua. Personaje carismático y fogoso orador, el periodista Christopher Hitchens (Portsmputh, Reino Unido, 1949-Houston, Estados Unidos, 2011), desde convertirse en un radical y apologético defensor de Bush y la guerra de Irak hasta fustigar con sañuda y obsesiva ferocidad a los Clinton y a la Madre Teresa de Calcuta, nunca dejó de sorprender a sus atónitos excompañeros en las filas de la izquierda.

A él, a este irreductible y célebre activista del ateísmo, todos los cambios y audaces travestimientos políticos e ideológicos le fueron permitidos, o mejor dicho, se los permitió a sí mismo. Todos, salvo uno: la negación total, absoluta y sin concesiones de Dios.

Icono del movimiento ateo mundial, intelectual de grandísima influencia, de odios acérrimos y fidelidades casi místicas, «Hitch», como era llamado en su ambiente, se declaró siempre defensor de las ideas del Siglo de las Luces y de Voltaire. Denunció una y otra vez en sus libros el concepto de Dios como «entidad suprema» o, si se prefiere, como «una creencia totalitaria que destruía la libertad de los individuos», y siempre deseó que, progresivamente, la libre expresión y el progreso científico tomaran el papel de la religión. Su famosísima obra Dios no es bueno (Debate), sobre el ateísmo y la naturaleza de las religiones, se convertiría en un best seller mundial desde su aparición en 2007.

En palabras de Blair

Escritor (Juicio a Kissinger, La victoria de Orwell, Cartas a un joven disidente, Dios no existe, Amor, pobreza y guerra), editorialista, corresponsal de guerra y reputado polemista, Christopher Hitchens murió a los sesenta y dos años de un cáncer de esófago diagnosticado en junio de 2010. Estaba en plena gira promocional de su exitoso y espléndido libro de memorias Hitch-22 (Debate).

Objeto de numerosas y conmocionadas necrológicas, el creyente Tony Blair diría en el momento de su desaparición que «era un ser completamente fuera de lo común, una mezcla sorprendente de muchas cosas a la vez […]. Era intrépido en la búsqueda de la verdad y en todas las causas que creía, que defendía siempre con pasión, compromiso y brillantez».

Colaborador sucesivamente de numerosos medios, desdeThe Nation, The Atlantic, The Guardian o Vanity Fair, donde publicó sus últimas y mordaces crónicas, en la forma de una especie de «diario» por episodios de su enfermedad, descrita sin tapujos y con abundantes dosis de humor lúcido y desafiante -ahora recogidas en el impresionante volumen titulado Mortalidad-, amigo de escritores como Salman Rushdie, Martin Amis, Ian McEwan o Edward Said, «Hitch» forjó su carrera de periodista en Inglaterra antes de expatriarse a Estados Unidos en 1981.

«Villa tumor»

Evitando la autoconmiseración, los clichés, «las falacias patéticas», en plena y asumida clarividencia de que se trataba de la última etapa de su vida y que no convenían los engaños, declara en su libro: «He retado a la Parca a que alargue libremente su guadaña hacia mí […], la ira estaría fuera de lugar; en cambio, me oprime la persistente sensación de desperdicio. Tenía auténticos planes para mi próximo decenio».

En algún momento, humano a fin de cuentas, se hará las preguntas aparentemente «banales» que se haría cualquiera, ateo o no, en su situación: «¿Realmente no viviré lo suficiente para ver cómo se casan mis hijos?». Sin dar su brazo a torcer, orgullosamente resistente a modificar su activismo contra Dios, y menos aún en el último y temeroso momento, las contradicciones, en vida, nunca le fueron extrañas: «Hitch» contrajo matrimonio religioso en dos ocasiones, una por la Iglesia ortodoxa y otra en una sinagoga.

Desde que se supo su traslado forzoso del planeta de los sanos a lo que el propio Hitchens llamaría «Villa Tumor», dada su gran popularidad, en la red, en los foros, acompañado de fieles amigos y adoradores o de despiadados y vengativos enemigos de su causa atea, su muerte se convertiría inevitablemente en un morboso espectáculo: la muerte de un ateo recalcitrante. Él mismo lo narra con su eterno y saludable -si así se podía llamar en su situación- sentido del humor, que nunca le abandonó.

La ceremonia de los adioses

Mientras unos pedían que ardiera en el fuego del infierno por todo lo que había mantenido en sus libros, otros muchos creyentes le perdonaban y le ofrecían generosamente sus oraciones para su pronta recuperación.

También llegarían las apuestas, que él, observador y cronista a la vez de su padecimiento y de la ceremonia diaria de los adioses, descubriría con estupor «en el laberinto de la web»: «Un extraño vídeo invita a potenciales apostadores a jugarse dinero sobre la posibilidad de que repudie mi ateísmo y abrace la religión en una fecha determinada y la posibilidad de que continúe afirmando mi incredulidad y asuma las infernales consecuencias».

Por qué sigue despertando este encono y esta pasión la figura del ateo, por qué ese terco empeño en lograr su salvación, se preguntarán muchos. Quizá lo que más indigna es que alguien renuncie al rebaño, a cualquiera de los rebaños principales y monoteístas, ya sea el cristiano, el judío o el musulmán. Rebaños inventados para que alguien, hasta el último momento, se sienta acompañado en un mismo destino y en un mismo tipo de eternidad pensada para todos.

El empeño en la «oración», en la salvación de la oveja ciega y descarriada, como es de suponer en el caso de este ensayista que se rió de todas las convenciones hasta el final, generará un buen número de bromas y sarcasmos en sus páginas. Coherente consigo mismo, de forma exigente y altiva hasta su último suspiro, «Hitch» también reclamaría una total coherencia y ecuanimidad a quien se encontrara en el otro lado, si es que alguien se hallaba en un implacable tribunal que debía juzgarlo sin privilegios de ninguna clase, aplicando penas y sanciones.

«Supongamos que abandono los principios que he tenido durante toda mi vida con la esperanza de ganarme un favor en el último minuto -escribe-. Espero y confío en que ninguna persona seria admire esa actuación fraudulenta […]. Por otra parte, ese dios que premiaría la cobardía y la falta de honradez y castigaría las dudas irreconciliables está entre los muchos dioses en los que no creo.» Genio y figura.

Mortalidad

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