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«Amaia era explosiva y a la vez muy reservada»

Familiares, amigos y compañeros «no entienden lo que ha hecho» la mujer que se suicidó este viernes en Baracaldo, que mantuvo en secreto el desahucio

Día 10/11/2012 - 10.54h
luis calabor

La cara más trágica de los desahucios ahora ya tiene nombre en el País Vasco, Amaia Egaña, la mujer de 53 años que ayer se suicidó tirándose desde el balcón de su casa en la calle Escuela Artes y Oficios, de Baracaldo, justo cuando la comitiva judicial acudía a su domicilio a echarla de él por unas deudas contraídas con La Caixa. Amaia, tras subirse a una silla, se arrojó al vacío desde un cuarto piso perdiendo la vida en el acto. Un gesto que resume muchas desgracias, sobre todo la de su familia que ayer no se explicaba qué había pasado.

«Todo es tan confuso, no entendemos nada todavía», informaba la voz rota y perdida de su cuñado, Iñaki Asensio, sobre la triste muerte de una mujer que hasta el jueves estuvo trabajando en la empresa Transportes Colectivos, donde era jefa de recursos humanos. «Su marido no sabe nada del desahucio, no entendemos lo que ha hecho», insistía Iñaki. Y es que parece ser que nadie pudo adivinar la angustia que vivía y menos la radical y trágica decisión que iba a tomar, conmocionando a todo un país roto por la crisis económica.

Amaia había nacido el 23 de septiembre de 1959 en el hogar de uno de los históricos militantes del PSE en Gipuzcoa, Ramón Egaña, que durante mucho tiempo fue además el presidente de la Agrupación Socialista eibarresa. Era la tercera de cuatro hermanos, todos chicos. Sus primeros años transcurrieron en aquel Eibar de ambiente fabril, casonas derruidas, desmontes y barrios obreros entre las calles Vista Alegre y Chiquito de la localidad, su primer marco de juegos. Muy pronto cambió sin embargo la comba y las gomas de saltar para pasar a militar en las juventudes de un recién legalizado PSOE. Allí la conoció Yolanda Motrel a finales de los setenta, compañera de ideas políticas, quien recuerda a una Amaia que «siempre estaba trabajando metida en las oficinas del partido». Cuando llegaban las elecciones «se quedaba hasta la una de la mañana haciendo el escrutinio y después si había que ir a San Sebastián nos decía: '¡Chicos, yo cojo el coche y hasta Donosti'». Memorias que comparte con Marisa Larrauri, quien ayer no pudo evitar echarse a llorar sin consuelo cuando recordaba a su amiga de los veinte años: «Divertida, extrovertida a tope y con un punto de carácter».

Fue en una de las múltiples reuniones, encuentros y asambleas cuando a mediados de los ochenta conoció a José Manuel Asensio, quien se convertiría en su marido. Entonces ella era concejal en Eibar por la sustitución de un compañero que se mudó de ciudad, pero cuando en 1986 concluyó la legislatura dijo adiós a los paisajes del Bajo Deba y los cambió por los de la Margen Izquierda del Nervión. Fue entonces cuando se trasladó a vivir a Barakaldo, donde justo su marido iniciaba una carrera política de la mano del entonces alcalde socialista Carlos Pera. Concejal de Seguridad Ciudadana durante doce años, aquellos fueron los tiempos «más complicados» de su vida. «Todos los días reuniones en su casa, atender llamadas de madrugada, en los tiempos duros además de la violencia y la droga», enumeraba ayer una conocida suya. La pareja mantenía una buena amistad con Patxi López y su entorno.

«Mucho mundo interno»

La vida golpeó a Maia con la muerte de sus dos hermanos mayores. «Uno apareció muerto en casa y el otro se dejó morir sumido en una gran depresión», resume una amiga de la familia. Los pesares no lograron sin embargo borrar la sonrisa de su boca. Hace 21 años nació su único hijo y en 1990 entró a trabajar en la empresa Transportes Colectivos, concesionaria de Bizkaibus, de donde llegaría a alcanzar la jefatura de Recursos Humanos.

Aunque parezca increíble, estuvo en su puesto laboral hasta el jueves pasado, apenas horas antes de que en un acto desesperado se arrojara al vacío. Los miembros del comité de empresa no podían creer que la «alegre» Amaia, que pasó la jornada entre reuniones, enviando correos electrónicos y actualizando su agenda para los encuentros diarios que mantenía con los representantes de los trabajadores, fuera a poner fin a su vida de esa manera. «Hablamos hasta las doce y media del mediodía y la vi normal, como siempre, no parecía tener ningún problema», sostenía ayer uno de los miembros del comité. Solamente hace dos años debió pedir la baja de enfermedad «por depresión» y, según conocidos suyos, «estaba algo más nerviosa últimamente, pero siempre fue así, explosiva y a la vez muy reservada, con mucho mundo interno».

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