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Desolación en un Partido Republicano en crisis de identidad

La derrota de Romney ha supuesto un duro varapalo para un partido que tiene que plantearse una remodelación profunda para poder ser de nuevo una alternativa de poder

Día 08/11/2012 - 19.44h

Ambos partidos se habían preparado para una larga noche electoral. Si los sondeos estaban en lo cierto y la carrera presidencial estaba tan igualada, podríamos esperar incluso días para conocer al vencedor. Pero nada más lejos de la realidad. Para el partido republicano la fiesta concluyó temprano y abruptamente.

Pasaban doce minutos de las once de la noche en Boston, ciudad que Mitt Romney había convertido en su fortaleza temporal, cuando las ilusiones del candidato republicano se descalabraron. Los primeros avances anunciaban que Barack Obama había ganado en el decisivo Estado de Ohio y, por tanto, las elecciones. En el Hotel Park Plaza, donde los republicanos se habían reunido para esperar los resultados, las caras de aquellos que seguían con atención los porcentajes escupidos por los televisores comenzaron a torcer el gesto. La esperanza y alegría se transformó en incredulidad y decepción. «Sé que ganará. Temo por el país si no lo hace», confesó Mary Ann, una votante republicana que aún conservaba la esperanza. En el gran salón, decenas de mujeres vestidas de rojo y varios jóvenes empapelados en pegatinas electorales intercambiaban miradas. Una señora aprovechaba el desconcierto para guardarse un bocadillo en el bolso. «Pase lo que pase, vienen tiempos difíciles», señaló Matthew, un joven aspirante a político que apoyaba a Romney porque «entiende que la economía es lo que llama a los votantes a las urnas». Aunque Matthew estaba en lo cierto y la economía de Estados Unidos es una de las mayores preocupaciones de los estadounidenses, al final las soluciones económicas que planteaba Romney no fueron las deseadas por la mayoría.

A la una de la madrugada el candidato republicano salió al escenario del Centro de Convenciones de Boston para aceptar su derrota. Acababa de felicitar a Obama por teléfono. Su rostro cansado y compungido no podía ocultar la sorpresa. «Acabo de terminar de escribir mi discurso de victoria», le había explicado a unos periodistas unas horas antes. «Solo he escrito un discurso», les aclaró el candidato, dejando entrever que no contemplaba otro resultado que la victoria.

«La nación atraviesa un momento crítico», alertó Romney ya como perdedor. «Me presenté a las elecciones porque me preocupa Estados Unidos. Estas elecciones han concluido, pero nuestros principios perduran», concluyó.

En sus palabras, pudo percibirse la amargura de la derrota. El candidato no solo quería ser presidente, quería superar el listón marcado por su padre, George Romney, un hombre al que Mitt admiró hasta el último día y frente al que ha medido cada uno de sus éxitos. Como él, Mitt triunfó en el mundo de los negocios y se convirtió en gobernador de un importante Estado. Pero ahí concluye su periplo político. Romney ya había anunciado que, de ser derrotado, dejaría la política para siempre. Lo que no detalló es qué haría con su tiempo a partir de ahora.

El fracaso electoral de Romney no ha sido un varapalo solo para el empresario convertido en político. El golpe más duro lo ha recibido el Partido Republicano, que ha visto una vez más cómo la línea más conservadora y radical de su espectro, la que se identifica con el «Tea Party», no convence a los votantes y los incomunica irremediablemente con sectores de gran relevancia como las minorías y las mujeres.

El futuro

Pero hay algunos nombres que les permiten mantener vivo el optimismo. El que suena con más fuerza es el de Jeb Bush. Hijo y hermano de presidentes del gobierno, Jeb capitanea una línea renovadora dentro de los republicanos. Que además esté casado con una mexicana es ideal para atraer el interés e inspirar confianza entre la minoría hispana.

Otros postulantes son el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie; y el senador por el Estado de Florida, Marco Rubio. Ambos cuentan con una arraigada base en el partido, tienen puntos de vista comedidos y reflexivos, y no despiertan la desconfianza de manera sistemática entre los votantes tradicionalmente demócratas.

De ellos será la tarea de rescatar al partido y darle un nuevo rumbo. De encontrar una voz que no chirríe en los oídos de los moderados y que consiga convencer a los conservadores de que, por el bien del partido y del país, el cambio merece la pena.

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