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Víctor García de la Concha: «El Instituto Cervantes o crece o muere»

Día 05/11/2012 - 13.43h
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Contra la crisis, el patrón del buque insignia del idioma español abre cabezas de playa, desvela proyectos de autofinanciación, y anuncia que solo se cerrarán una o dos sedes

Víctor García de la Concha: «El Instituto Cervantes o crece o muere»
ERNESTO AGUDO
Víctor García de la Concha, en la caja de las letras de la sede central del Instituto Cervantes, en Madrid

Víctor García de la Concha (Villaviciosa, Asturias, 1934). Sobrevivió a un bombardeo en la guerra incivil con apenas dos años. Se licenció en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma. Se doctoró en Filología por la de Oviedo. Colaboró con el cardenal Tarancón. Fue catedrático en Salamanca.Crítico e historiador de la literatura, pilotó «Ínsula».En 1992 ingresó en la Real Academia Española, que dirigió desde 1998 a 2011, y allí puso en órbita elDiccionario (DRAE), el Panhispánicode Dudas, la Gramática y la Ortografía. Fernando Lázaro le dijo: «Ocúpate de América» y él, carretera y manta, visitó cada una de las 21 Academias de la LenguaEspañola. Hizo muchísimos kilómetros. Con 75 años sobrevivió a un terremoto en Chile, y desde el 1 de febrero capitanea el acorazado Potemkin del español:el Instituto Cervantes. Mil personas a su cargo, 40 países... El nombramiento le cogió trabajando: en los códices autógrafos de Lope de Vega. Antes, revisó la poesía española de posguerra,el arte de Santa Teresa, León Felipe, Lazarillo, fray Luis de León, san Juan, Calderón...

-¿Cómo se lleva el timón de uno de los buques insignia de la España democrática: el Instituto Cervantes?

-Lo conocía desde fuera, de una manera muy cercana: desde la Academia Española y la Asociación de Academias veníamos organizando los congresos internacionales de la lengua con el Instituto Cervantes. Fui llamado para la dirección institucional y me sentí muy honrado. Me tocó durante tres meses estar al frente de todo, y me pasé las horas firmando y firmando. Nunca firmé en mi vida tantos papeles.

-¿Qué otea desde la cabina de mando?

-Que el Cervantes se ha ganado por su buen hacer ser uno de los grandes instrumentos de la acción cultural exterior de España. El Cervantes tiene un gran reconocimiento, muy ancho y muy alto, lo que ocurre es que esta es una entidad que o crece o muere. O crece o muere. Es decir, el Cervantes no puede estancarse, no puede pararse, y mucho menos retroceder, porque si dejas posiciones esto es como una batalla. Nosotros lo que tenemos que hacer es ir abriendo cabezas de playa, no retrocediendo. El momen to es delicado por razones económicas. Y exige una dedicación tanto al secretario general, Rafael Rodríguez Ponga, como a mí, muy intensa.

-¿Cuál es la realidad del Cervantes?

-Extraordinariamente positiva, de imagen pero que, precisamente, por la dinámica que lleva, de un crecimiento muy rápido, está exigiendo un ritmo que hay que mantener por esa razón de lo que acabo de decir: o crece o muere. Crecen la expectativas, crece la demanda.

-¿A qué les obliga la crisis?

-Primero, a una austeridad grande, como a todo el mundo. Y a ingeniárnoslas para plantearnos: ¿cómo cumplimos el objetivo del Cervantes, que es crecer, con menos cantidad de ingresos? Tenemos que potenciar los ingresos propios. Tenemos que elevar el índice de autofinanciación, tanto por la vía de la austeridad en la gestión como por la vía de promocionar nuevos productos...

-¿Cuántos centros, al final, va a cerrar el Cervantes en todo el mundo?

-A día de hoy (falta todavía que se reúna el Consejo de Administración) no se va a cerrar el Centro Cervantes de Sofía, no se va a cerrar Nicosia, no se va a cerrar Recife, etc... Vamos a tratar de evitarlo a toda costa. Desde luego, no va a ser el número que se ha dicho [unos cuatro]. De ninguna manera, y se quedará en uno o en dos centros, a lo más, salvo que sobrevenga una catástrofe.

-¿Y sobre la venta de centros?

-Ahí es donde, a veces, la necesidad hace virtud. El centro de Tel Aviv va muy bien, tiene muy buena relación con los de ladino, etc... y hay que ver si nos compensa el poder vender ese edificio con opción a recompra, o nos conviene desplazarnos a la zona donde están el Goethe Institute y el Bristish Council. Y así en el resto de sitios. En Sao Paulo, en un edificio tenemos la planta baja, la primera y la séptima, pues quizás de esta última planta se pueda prescindir. Ahora mismo acaba de venir de Sidney una propuesta: hay una universidad que quiere comprar el Centro donde está el Cervantes allí, y cedería una parte al Instituto para funcionar. Estamos tratando de renegociar las rentas [el centro de Tokio cuesta dos millones de euros al año].

-China quiere convertir al Cervantes en el primer gran centro, por encima del Goethe y el British. ¿Y la conquista de Estados Unidos?

-Lo tenemos que convertir en objetivo prioritario. Según la Academia Norteamericana de la Lengua Española, los emigrantes que llegan, los que pasan la frontera, los padres que pasan con sus hijos la frontera lo primero que quieren es que sus hijos aprendan inglés. A muchos ni siquiera les preocupa que sigan estudiando el español, a otros sí, y van a colegios bilingües, pero la calidad de la enseñanza en los colegios bilingües públicos es muy deficiente, por falta de preparación de los profesores. Y eso hay que remediarlo. Estamos negociando la creación de un observatorio permanente del español en Estados Unidos en una gran Universidad.

-¿Goza el español de salud de hierro?

-De muy buena salud. Tenemos que elevar el nivel de consideración del español. Que tenga la de una lengua de excelencia. Porque si no, los hispanos que llegan a Estados Unidos se desprenderán de nuestra lengua.

-¿Está en riesgo el español en Cataluña?

-Yo, honradamente, no creo que haya riesgo ninguno para el español en ninguna región. Primero, porque hay una inmensa tradición de la presencia del castellano –aquí, ya tenemos que hablar del castellano, para ser constitucionalistas–, y otras lenguas de España. Ha habido una presencia de muchos siglos, de convivencia: en Galicia desde comienzos de la Edad Moderna desaparece el gallego literario, pero queda el gallego en el pueblo y, sobre todo, en el campo, en las villas. Yo viví catorce años con mi familia en Galicia, y me acuerdo de esto. Y en Cataluña no creo que haya peligro ninguno de todo ello. Y hasta ahora las estadísticas oficiales señalan que los chicos que terminan el bachillerato en Cataluña salen con igualdad de preparación unos y otros en catalán y en castellano. En mi currículum está el haber promovido los encuentros de Verines de escritores y críticos de las lenguas de España. Durante los dieciséis años que los dirigí nunca hubo el menor problema. Por ejemplo, Bernardo Atxaga, el gran novelista vasco, dejó escrito en la presentación en el Círculo de Bellas Artes de uno de los Encuentros de Verines: «Para los escritores jóvenes de euskera hubo un antes y después de Verines». Yo recuerdo que cuando vinieron el primer año no los conocía nadie. El Cervantes, en sus centros, ofrece la enseñanza de estas lenguas, en donde hay demanda de ellas, y en las actividades culturales. Nosotros ofrecemos una enorme cantidad de actividades culturales de catalán, euskera, etc... Y eso el Cervantes lo vive con gran naturalidad. Y en cuanto al peligro de que el español padezca tal o cual peligro... yo no lo creo para nada.

-¿Sin libertad muere una lengua?

-Es que matar una lengua es muy difícil. Bien es verdad que la tentación del poder siempre es cambiar una lengua. En Italia, en la época fascista Mussolini introdujo cambiar el «usted» por el «tú». Y en vez de «lei», que es usted, se decía «voi», que es tú. Y, entonces, los italianos, que la zumba la tienen muy fácil, decían: «Pues habrá que cambiar el nombre de Galileo, ya no será Galileo Galilei sino Galileo Galivoi». El poder, los políticos tienden a tratar de cambiar las lenguas, pero las lenguas las hace el pueblo, que es muy libre, salvo que le pongan bozales de hierro. Y el pueblo hace y cambia la lengua a su arbitrio. El uso es el que hace arbitrio de la lengua.

-¿Al niño que mama la lengua hay que enseñarle a preguntarse, a ser crítico, reflexionar, y no adoctrinarle?

-Sin duda ninguna. Bueno, educar, etimológicamente, es ir sacando, que no es ir imponiendo. Es un principio que todos hemos asimilado cuando nos educan bien, y tratamos de educar a nuestros hijos, y los hijos a los nietos, y eso se va haciendo de generación en generación. Hay que enseñar libremente, y que cada uno vaya eligiendo: es lo que enriquece la lengua.

-¿La convivencia lingüística es vital?

-Eso es esencial. Es decir, para España tener varias lenguas es una riqueza.El Rey Alfonso el Sabio fue uno de los codificadores de la lengua castellana, que aplica en las cancillerías, etc... No es el que oficializó, como se dice, el español, el castellano, pero sí contribuyó, y él escribía en gallego. Hay que fomentar la convivencia de las lenguas, que es lo que la hace entre las personas.

-¿Cuál es para el patrón de la nave cervantina la palabra más bella del español?

-Me remito a Lorca, cuando le preguntaron ¿qué es poesía? Y él respondió: poesía, poesía, poesía es juntar dos palabras que nunca se pensó que pudieran estar unidas, por ejemplo ciervo vulnerado, de San Juan de la Cruz. En cada uno de los ámbitos hay tantas palabras hermosas, como la de madre...

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