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Barcelona-Real Madrid: Las estrellas dejan las espadas en alto

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Cristiano Ronaldo y Messi respondieron con goles a cada golpe del rival. Derroche físico del Madrid que llegó a acogotar al Barcelona durante buena parte del clásico

Día 08/10/2012 - 17.26h

Muchos nervios, poca concentración, entregas fallidas. Tanta tontería y tanta chorrada alrededor del fútbol trae estos lodos, que los jugadores se distraen de lo verdaderamente importante. Como decía Shankly, el fútbol no es cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso, por lo que no se debería entretener en las bobadas y embustes de los políticos, que ya se saben a lo que van. Así que andaban las seseras de los azulgranas entretenidas en las gradas y en las pancartas y el Madrid, siempre más directo, se le echó encima con su fútbol de puño cerrado, con la agresividad bien entendida por bandera, presionando arriba y saliendo como puñales hacia Valdés.[Así narramos el partido, minuto a minuto]

Mou eligió a Ozil, que siempre es una buena decisión porque arma de sentido todas las contras aunque no esté en su mejor momento. En la transición Xabi Alonso-Ozil-Di María el Madrid montó un buen número de acciones que hicieron daño. No fue nada del otro mundo pero a este Barça sin defensas aquello le pareció el ataque de los sioux ante Custer. La elección de Vilanova metiendo a Adriano de central no funcionó. Era el mismo remedio que Song, pero con menos físico aún. En cada jugada a balón parado el grupo de enanos que tiene el Barcelona sufría lo indecible. Solo Valdés (1,83) y Busquets (1,89) superaba el 1,80. El Madrid, lleno de armarios roperos de tres puertas, podía haberle hecho un siete en cada ataque aéreo, pero no lo aprovechó. Tuvo una de Ramos y poco más, demasiado preocupado como estaban los blancos en cerrar huecos en vez de irse directo a por los azulgrana y tumbarles de una vez por todas. [Las mejores imágenes del Barcelona-Real Madrid]

Cuando marcó Ronaldo (de nuevo la conexión Ozil-Di María-Benzema), el Barcelona estuvo groggy durante cinco o diez minutos. Después del cabezazo de Ramos, Benzema lanzó al palo y entonces Tito lo vio. Lo vio claro y diáfano, maldiciéndose de cómo no lo había visto antes, sobre todo porque es un problema que se repite partido tras partido. Hizo un gesto a Iniesta para que se escorara al centro y conectara con Xavi y Cesc. Como por arte de margia, el Madrid desapareció. No encontró el balón, que pasó a ser del Barça en largas e interminables posesiones. Para colmo de males blancos, a Pepe se le fue la olla en un balón aéreo, saltó sin medida y sin tiempo a un balón que tenía poco de paroxismo pero que el salto de central convirtió en un espanto para Íker. Llegó Messi y niveló el choque.

Con eso y con Iniesta en juego, el Madrid pasó de cazador a cazado, a buscar el balón sin encontrarlo, a perseguir sombras y a derrochar aire en persecuciones sin fruto. Amenazaba ruina cuando la campana del descanso echó agua sobre el fuego que había prendido el Barça. Tablas con una mitad de tiempo para cada equipo. Un juicio salomónico. Una sentencia justa.

El partido creció con dientes en la segunda mitad, recuperado el Madrid y metiendo el encuentro en el terreno físico y viviendo el Barça del talento de los sus individualidades y de la entrada de la segunda línea. Mordían ambos aunque con mucha imprecisión y pendiente de los destellos de las estrellas. Fue cuando apareció Messi en un golpe franco milimétrico, de cirujía informática, justo a la escuadra de Íker.

Furibunda reacción

El Madrid respondió como los buenos, con el coraje y la furia que se le supone, también con la desesperación de ver el abismo que se le abría con los once puntos de distancia. Se echó encima del Barça, que pareció acusar el esfuerzo. También acusó el empujón feroz del Real, que fue brutal, tan brutal como exquisito el gol del empate: robó Khedira, entregó a Ozil y este no esperó, nadie sabe cómo vio el hueco, el pase. Sin parar, acompañando el balón como si fuera una prolongación de la pierna, largó un pase exquisito, de puro violín, a Cristiano, que no perdonó.

El último tramo del partido fue extenuante. Iban los dos equipos con la reserva, pero más el Barcelona, que ya no tenía fuerzas para hacer circular el balón. El Madrid tampoco tenía mucho más, las contras no salían lúcidas y si antes se esperaba el fulgor de las estrellas ahora se buscaba el error de algún secundario.

No pasó nada, un tiro al larguero de Montoya y un balón que le sacó Valdés a Higuaín. Fueron los últimos estertores del choque.

Ficha técnica

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