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Nicole Krauss: «En cada novela debes aprender a fracasar»

Día 02/10/2012 - 16.25h
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La autora de «La historia del amor», best seller literario como pocos, presenta en España su nuevo libro, «La gran casa»

La figura de Nicole Krauss (Nueva York, 1974) concentra todo aquello que convierte a un autor en fácil blanco de las críticas de la intelectualidad anglosajona: criada en el seno de una buena familia en Long Island, discípula (y durante un tiempo protegida) de Joseph Brodsky, elegida por «Granta» entre los 20 mejores escritores estadounidenses menores de 40 años y felizmente casada con Jonathan Safran Foer. Pero las maldades se desmontan y las críticas caen por su propio peso al leer sus novelas.

Poseedora de una prosa enigmática, bella y sutil, sus libros no son de fácil lectura, pero precisamente esa diferencia cualitativa con sus colegas de promoción (estudió en la Universidad de Oxford) hizo que gente como Susan Sontag o J. M. Coetzee se fijara en ella. Después vino la opinión del «New York Times», que llegó a definirla como «una de las novelistas estadounidenses más importantes», y, por supuesto, el éxito de su segunda novela, «La historia del amor» (Salamandra).

Con la fama ya digerida y una vida «absolutamente normal», Nicole Krauss aterrizó en España la pasada semana con su nuevo libro bajo el brazo, «La gran casa» (Salamandra), una historia construida a través del monólogo de cuatro personajes marcados por la pérdida, con un escritorio como eje de la trama.

- ¿Qué diferencias hay entre «La historia del amor» y «La gran casa»?

- En «La gran casa» sigo fiel a una estructura polifónica, con voces distintas, por lo que la exploración de esa forma continua. Pero el tono, la atmósfera, es muy diferente al de «La historia del amor». Cuando estaba escribiendo «La historia del amor» me interesaban los personajes que te seducen desde el primer momento, y con «La gran casa» quería hacer algo completamente distinto. Sentía curiosidad por cómo sería conocer a un personaje en el momento más difícil de su enfrentamiento consigo mismo, ese momento en que te muestra su parte más débil, con la idea de que podría llegar a una empatía aún más potente, que requeriría un viaje, un proceso para llegar a comprenderle.

- ¿Por qué decidió darle tanta importancia en la trama a un mueble?

- No lo decidí y cuando pienso en la novela aún no la pienso como un libro en cuyo centro está un mueble. Entiendo que la forma más fácil y palpable de hablar de un libro tan complejo es hacer referencia al escritorio, pero para mí es solo una puntada más en la costura que une todas estas vidas.

- ¿Y por qué un escritorio como puntada central?

- La parte más relevante de la vida de un escritor es su escritorio. Con el tiempo, en la construcción de la novela, ese escritorio se fue haciendo más grande y tuve que añadir más y más cajones. Entendí, en tanto que metáfora, lo grande y flexible que podía ser. El escritorio es el lugar en el que una persona tiene que hacer frente a sí misma, rebelarse, representa esa lucha. En útima instancia, este libro es sobre gente que vive ese enfrentamiento, sean escritores o no.

- La novela es una «Gran casa» en la que el lector se queda a vivir. ¿Cómo la construyó?

- Imagine cuánto tiempo tuve que vivir yo en ella. A veces describo el proceso como alguien que tiene que construir su propia casa desde el principio partiendo de un único y minúsculo detalle, como el pomo de una puerta. La siguiente pregunta es: ¿a qué puerta pertenecerá este pomo? Después: ¿a qué cuarto se abre esta puerta? Y así funciona, va volviéndose cada vez más compleja y más grande. A veces tengo que hacer correcciones muy importantes y a lo largo de todo ese tiempo voy pensando tanto en cada uno de esos pequeños detalles como en la estructura global de la novela.

- Una vez terminada, ¿le costó trabajo desprenderse de ella?

- Recuerdo que cuando la acabé se la enseñé a un grupo muy pequeño de gente. Se la envié a una persona a la que hacía más de una década que no veía. Habíamos perdido el contacto, pero tuve la sensación de que la entendería. Le escribí y le dije: «Tienes que ser consciente de lo personal que es este libro». Lo leyó y me contestó: «Dijiste que era personal, pero tienes que haber sentido que te han arrancado la piel viva». Y así era, pero ese sentimiento no dura para siempre, a medida que el libro hace su camino en el mundo, te abandona y pertenece a otra gente.

- Se trata, por tanto, de su libro más personal.

- Sí. Tengo la esperanza de que cada libro sea más y más personal, que sea parte del proceso. La vida se vuelve más personal, más rica, más compleja, más profunda y el libro tiene que convertirse en eso para encajar con la vida.

- Hay lectores que lo encuentran demasiado complejo.

- Ha habido muchas respuestas y hay gente que en absoluto lo encuentra difícil. Hay gente que lo lee de una manera emocional desde el principio y son esos quienes no lo encuentran difícil. Pero hay otra manera de leerlo, una manera tan importante y natural como intentar recomponer las piezas. Y, tal vez, ese tipo de lector es el que cree que es difícil, pero porque es exigente.

- ¿Estamos renunciando al esfuerzo como sociedad?

- Hace poco leí un ensayo sobre el alza de los libros electrónicos y lo que eso supone para las librerías. De algún modo, es como si la comodidad se hubiera convertido en el valor más importante de la sociedad, en el valor supremo para el consumidor, aquello que pasa por encima de todo lo demás. Es como si hubiéramos olvidado todo lo que nos puede aportar el esfuerzo, todo lo que aprendemos a través del esfuerzo. Cuando un libro, un cuadro o una pieza musical es exigente requiere algo de nosotros, y solo cuando es así tenemos la oportunidad de que nos transforme. De lo contrario, es algo completamente pasivo, solo es entretenimiento.

- Tres de los personajes de su novela escriben y eso les aleja de sus seres queridos. ¿Qué relación mantiene usted con la escritura?

- No estoy segura de que todos los personajes empleen la escritura para alejarse de quienes les rodean. Más bien inciden en esa paradoja tan interesante que se da en todo escritor: al mismo tiempo que estás tratando de salvar la distancia que hay entre las personas, tienes que separarte.

- ¿Tiene esa paradoja algún coste psicológico?

- No importa lo que hubiera sido en mi vida, siempre me habría comportado como alguien que observa a los demás. Es posible que esa cualidad haya aumentado en mí por el hecho de ser escritora, aunque no sé qué hubiera pasado si hubiera terminado trabajando en una oficina. Me niego a pensar que eso es algo negativo, porque soy muy afortunada al poder escribir cada día.

- De hecho, la literatura ocupa un lugar relevante en todas sus novelas.

- Es así porque la literatura es muy importante para mí. Cuando abro un libro que realmente me gusta siento que todo lo demás no importa. Todas las cosas pequeñas, todas las nimiedades, las banalidades que habitualmente nos preocupan, no importan. Me siento así desde que era joven y el hecho de haberme convertido en escritora me permite seguir viviendo así el resto de mi vida.

- Con ese planteamiento vital, ¿le asusta el fracaso?

- Todo lo contrario, me motiva. Cuanto más me acerco al fracaso es cuando pienso que el libro es real. Sé que un día, con el paso del tiempo, miraré mi obra y puede que haya cosas que no me gusten. No importa cuánto fracases, debes seguir intentándolo. Ese es mi ideal de vida como escritora: en cada una de las novelas debes aprender a fracasar.

- ¿Qué piensa, entonces, de las críticas?

- No lo sé. Me preocupa. No sé cómo funciona en España, pero en Estados Unidos lo único que te ofrecen son resúmenes del libro. Puedes contar la historia en cinco minutos, pero no sé trata de eso. Se trata de la estructura, de lo que supone el libro, de lo que inspira. Hacer una crítica de un libro implica buscar en lo más profundo del esqueleto de la historia. No se trata solo de la trama. Se trata de describir algo mucho más complejo. Me preocupa que, de algún modo, hayamos perdido la idea de lo que debemos contarnos los unos a los otros sobre los libros.

- ¿Y qué debemos contarnos sobre los libros?

- Depende del lector. ¿Sabes esa sensación cuando vas en el tren y, de repente, te cruzas con alguien que está leyendo un libro que te apasiona? En ese momento sabes que hay algo que os une, sabes que estáis conectados desde un punto de vista creativo, que compartís algo muy personal.

- ¿Puede un escritor tener una vida normal?

- Mi vida es increíblemente normal, absolutamente normal. El escritor tiene la oportunidad de reescribir todo ese conjunto de cosas que conforman su vida, convertirlo en algo menos banal y luego volver a su vida de nuevo. Al menos eso me sucede a mí, e imagino que también a otros escritores.

- ¿Bucea en su pasado a la hora de escribir?

- Necesitamos el pasado para empatizar con otra gente, para conectarnos, para hallar nuestra identidad.

- ¿Qué autores han influido en su obra?

- Muchos pintores, empezando por Rembrandt, al que creo que he mencionado en mis tres novelas. Me encantan sus retratos, sobre todos los de su última etapa. La naturalidad, la desnudez con la que lograba retratarse lo dice todo sobre quién era. ¿Escritores? En el gran escritorio en el que trabajo siempre tengo las obras de los autores que me encantan, a las que vuelvo una y otra vez: Becket, Zbigniew Herbert, David Grossman...

- ¿Sigue escribiendo poesía?

- No. Todos los periodistas me habéis preguntado por eso, y eso dice mucho de la cultura española, del valor que le dais a la poesía. No creo que eso pase en América, Inglaterra o Alemania, y es muy interesante. A veces pienso que las novelas son solo una etapa de mi vida y que, finalmente, volveré a escribir poesía, pero lo cierto es que soy novelista y siempre lo seré.

- Ser escritor es muy diferente a ser poeta.

- Las cosas que quieres tocar, los sentimientos que quieres expresar son los mismos, pero el modo de pensar es diferente. Y las exigencias también son distintas, llevas vidas diferentes.

- «La gran casa» está repleta de temas muy propios de la cultura judía como la historia, la memoria, la herencia...

- No soy una persona religiosa en absoluto. He crecido rodeada de la cultura judía, pero no creo que los valores que has mencionado sean inherentes a ella, sino que son universales, conforman nuestra esencia como seres humanos. Lo que sucede es que el judaísmo, más que ninguna otra religión, plantea preguntas a sus practicantes, hace que duden. La tradición judía se basa en la argumentación. Es mucho más fácil que te den las respuestas, pero esa no es la base de la religión judía. Creo que esta novela, en ese sentido, sí responde a ese propósito de plantear interrogantes que nos den respuestas para conectar nuestras vidas.

- ¿En qué está trabajando ahora?

- Para mí es muy difícil hablar cuando estoy en mitad de una novela.

- Así que está en mitad de una novela...

- No, estoy en el comienzo, y esa es la parte más difícil. La más fácil es el medio. Me encuentro al comienzo, así que deséame suerte.

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