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La imagen de Carrillo y la memoria histórica

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Aunque haya que hablar de lo bueno y de lo malo, en el análisis de Santiago Carrillo prefiero quedarme con su decisiva aportación a la convivencia

Día 19/09/2012 - 11.17h

Nunca lo van a reconocer. Tampoco lo hizo anoche Gaspar Llamazares, quien se enfadó conmigo por preguntarle sobre si la peligrosa reapertura de nuestro pasado trágico desde 2004, lo que el zapaterismo en el poder llamó la “revisión de la memoria histórica”, respaldada con mayor ahínco por IU, había contribuido a arrojar sombras precisamente sobre uno de los grandes iconos de la izquierda en la España del siglo XX, Santiago Carrillo.

En la tertulia de “La noche en 24”, de TVE, que conduce Ana Ibáñez, Llamazares, además de exculpar a Carrillo de cualquier relación con la matanza de Paracuellos, culpó a la “derecha más reaccionaria y retrógrada” de ese lado oscuro que el histórico dirigente comunista se lleva a la tumba.

Un punto de vista respetable, incluso aunque echara mano equivocadamente de un historiador tan indiscutible como Paul Preston (quien en su último libro, “El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después”. Random House Mondadori, 2011), quien a la luz de los hechos tilda de “inconcebible” que Carrillo no estuviera en la reunión (de la Junta de Defensa de la que formaba parte como consejero de Orden Público) en la que se decidió “sacar” y fusilar a miles de presos en Paracuellos del Jarama y le considera responsable directo (aunque compartido) de aquellos hechos.

Pero, tras la España de la reconciliación que tan brillantemente protagonizó el propio Carrillo, junto con Suárez (y otros muchos), hasta convertirse en “el hombre que le dio la vuelta al espejo”, en acertada afirmación de Ignacio Camacho en ABC.es, la cuestión esencial a mi juicio ya no es juzgar a nadie, ni a él ni tantos, de un bando o de otro, que formaron parte del episodio más negro que un país cualquiera pueda padecer: la Guerra Civil.

Es precisamente la muerte de Carrillo, y el balance final de una vida que resume lo mejor y lo peor de la España del siglo pasado, la que demuestra que una cosa es no olvidar la historia para no verse condenado a repetirla, parafraseando a Churchill, y otra muy distinta hurgar en una herida que nada positivo puede aportar a España (si exceptuamos el digno derecho a enterrar a los muertos de cada uno).

El adiós de Carrillo me parece una lección y un magnífico momento para dar carpetazo a iniciativas políticas y judiciales, tan inconscientes como oportunistas, que han dado alas a los radicalismos de izquierdas y de derechas para remover el pacto de la concordia que representa la Transición. Y también, sí, para ennegrecer la imagen del líder comunista fallecido ayer.

Por eso, aunque haya que hablar de lo bueno y de lo malo, en el análisis de Santiago Carrillo prefiero quedarme con su decisiva aportación a la convivencia, a la Transición y a la democracia de la que hoy disfrutamos y que no valoramos suficientemente.

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