Cine

Cine / reportaje

Russ Meyer, una vida con curvas y a lo loco

El peculiar estilo del cineasta, icono de la contracultura pop y erotómana, es objeto de estudio en un reciente libro obra de Jorge Fonte

Día 17/09/2012 - 19.17h

Compartir

Si Russ Meyer hubiera nacido hace 20.000 años, seguramente habría sido el tipo más feliz de la Prehistoria, a base de inmortalizar a cientos de Venus de Willendorf en todas las cuevas y paredes que pillase a mano. Pero no. Nació hace 90 años en San Leandro, California, donde también pululaban bellezas rotundas que él empezó a husmear y espiar con la cámara de 8 mm. que le regaló su madre.

Tal fue el mareo de volúmenes pectorales que el chaval descubrió en ese momento su vocación, a pesar de que la puntilla llegaría algunos años más tarde, según confesión propia: «Al acabar la Segunda Guerra Mundial, intentamos entrar en París y estábamos lejos de nuestra división. Nos encontramos con Hemingway en Ramboullet y su teniente, un caballero portugués, sugirió un local de alterne. Entramos y vimos chicas con grandes tetas. Elegí a la que tenía más, y me lo pasé en grande. Desde entonces nunca he estado con mujeres de pechos pequeños. Prefiero jugar a las cartas».

Esta jugosa anécdota, y muchas otras (aparte de numeroso material gráfico que, no nos engañemos, es lo que interesa en este caso), las va hilando con precisión y amenidad Jorge Fonte en «Russ Meyer. El indiscutible rey del cine erótico», libro recientemente editado por JC y que recorre, con sus valles y sus curvas, la carrera de un cineasta no solo atípico, sino completamente único y reivindicable.

Porque Meyer, aparte de trabajar para «Playboy» en sus inicios y llenar los cines sesenteros y setenteros de carne y silicona gracias a filmes de culto como «Fanny Hill», «Faster, Pussycat! Kill! Kill!», «Vixen», «El valle de los placeres» (su primer filme para un gran estudio, la Fox, además escrito por el crítico Roger Ebert), «Supervixen» o «Más allá del valle de las ultravixens», fue todo un autor, como confesaba en 1985, año en el que el público español le descubrió gracias a una retrospectiva del madrileño festival IMAGFIC: «Desde la primera idea hasta la última dependen de mí. Mis películas son el pensamiento, la perversión y la fantasía de una sola persona, que soy yo».

Todo eso y, aunque parezca complicado, mucho más. Por ejemplo, también fue un pionero en la promoción de sus filmes, con giras por toda América acompañado de sus contundentes chicas. Igualmente, fue un precursor real del feminismo, con mujeronas fuertes, independientes y marimandonas («the bigger, the better» era su lema) como Varla en «Faster, Pussycat!, Kill!, Kill!», Sheila Ross en «Common-Law Cabin», Lady Susan en «Blaksnake!» o SuperAngel en «Supervixens». Papeles de rompe y rasga que se sobredimensionaron merced a los cuerpos hiperbólicos de actrices como Lorna Maitland, Haji, Tura Satana, Uschi Digard, Raven De La Croix o Kitten Natividad.

Ninguneado por la crítica (como mucho, le comparaban con Tinto Brass, Fellini o incluso con un Disney para adultos, aunque su referente animado sería Tex Avery), e insultado y denunciado por las autoridades, Meyer amplió el campo del subgénero sexploitation y sus típicas localizaciones sórdidas, hasta presentar a su hembra en exuberante contacto con la naturaleza («aunque algunas se han quejado porque en el rodaje tienen que tumbarse sobre las zarzas y se arañan el culo», confesó una vez).

Ilustres seguidores

Así era el sentido de la vida para un tipo que marcó a fuego el estilo de cineastas como John Waters, Brian De Palma o Quentin Tarantino (principalmente en «Death Proof») y que supo sacar beneficio de su fetichismo y optimismo, a pesar de sus turbulentas relaciones sentimentales y de que pasó sus últimos años de existencia inmerso en proyectos monumentales, como su autobiografía («A clean breast») y un macrodocumental inconcluso («Pandora Peaks»), antes de caer presa de la demencia senil y fallecer el 18 de septiembre de 2004.

Ideario: «Yo no hago pornografía, es lo más bajo, la alcantarilla, lo más cutre. Mis chicas no querrían trabajar conmigo ni mis películas podrían verse en buenos cines o festivales si hiciese porno. No me gusta ni como espectador, porque ni siquiera veo películas de ese género».

Moraleja: John Ford se limitaba a poner la cámara a la altura de los ojos. Meyer, un poco más abajo. Cuestión de perspectivas.

  • Compartir

publicidad
Todas las opciones de la cartelera y la opinión de los críticos de ABC para que puedas elegir cuando vayas al cine

Sigue ABC.es en...

abc.esloff.it

lo bello,
lo útil.

Descubre esto y más en loff.it »
Lo último...
VideoBlogs

Gloob ante el blog

Dos balazos
Oti Rodríguez Marchante
Blog

Nocturnia se queda sin Rafa

Librería de Pistas
Varios autores

Los Papas venden

La amiga de damien hirst
Laura Revuelta

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.