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Si Russ Meyer hubiera nacido hace 20.000 años, seguramente habría sido el tipo más feliz de la Prehistoria, a base de inmortalizar a cientos de Venus de Willendorf en todas las cuevas y paredes que pillase a mano. Pero no. Nació hace 90 años en San Leandro, California, donde también pululaban bellezas rotundas que él empezó a husmear y espiar con la cámara de 8 mm. que le regaló su madre.
Tal fue el mareo de volúmenes pectorales que el chaval descubrió en ese momento su vocación, a pesar de que la puntilla llegaría algunos años más tarde, según confesión propia: «Al acabar la Segunda Guerra Mundial, intentamos entrar en París y estábamos lejos de nuestra división. Nos encontramos con Hemingway en Ramboullet y su teniente, un caballero portugués, sugirió un local de alterne. Entramos y vimos chicas con grandes tetas. Elegí a la que tenía más, y me lo pasé en grande. Desde entonces nunca he estado con mujeres de pechos pequeños. Prefiero jugar a las cartas».
Su pasión por los pechos gigantes proviene de la visita a un burdel junto a Hemingway
Porque Meyer, aparte de trabajar para «Playboy» en sus inicios y llenar los cines sesenteros y setenteros de carne y silicona gracias a filmes de culto como «Fanny Hill», «Faster, Pussycat! Kill! Kill!», «Vixen», «El valle de los placeres» (su primer filme para un gran estudio, la Fox, además escrito por el crítico Roger Ebert), «Supervixen» o «Más allá del valle de las ultravixens», fue todo un autor, como confesaba en 1985, año en el que el público español le descubrió gracias a una retrospectiva del madrileño festival IMAGFIC: «Desde la primera idea hasta la última dependen de mí. Mis películas son el pensamiento, la perversión y la fantasía de una sola persona, que soy yo».
«Algunas se quejaban de que, en los rodajes, se arañaban el culo con zarzas»
Ninguneado por la crítica (como mucho, le comparaban con Tinto Brass, Fellini o incluso con un Disney para adultos, aunque su referente animado sería Tex Avery), e insultado y denunciado por las autoridades, Meyer amplió el campo del subgénero sexploitation y sus típicas localizaciones sórdidas, hasta presentar a su hembra en exuberante contacto con la naturaleza («aunque algunas se han quejado porque en el rodaje tienen que tumbarse sobre las zarzas y se arañan el culo», confesó una vez).
Ilustres seguidores
Así era el sentido de la vida para un tipo que marcó a fuego el estilo de cineastas como John Waters, Brian De Palma o Quentin Tarantino (principalmente en «Death Proof») y que supo sacar beneficio de su fetichismo y optimismo, a pesar de sus turbulentas relaciones sentimentales y de que pasó sus últimos años de existencia inmerso en proyectos monumentales, como su autobiografía («A clean breast») y un macrodocumental inconcluso («Pandora Peaks»), antes de caer presa de la demencia senil y fallecer el 18 de septiembre de 2004.
«El porno es lo más bajo y cutre. No me gusta ni como espectador»
Moraleja: John Ford se limitaba a poner la cámara a la altura de los ojos. Meyer, un poco más abajo. Cuestión de perspectivas.






