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Manual de fontanería

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El nacionalismo canario, igual que el catalán y el vasco, encuentra su razón de ser en la reivindicación permanente

Día 16/09/2012 - 17.19h

Sea por la antigüedad de la tubería, sea por el uso inadecuado del desagüe del fregadero, año sí, año también, me veo en la onerosa obligación de reclamar los servicios de Gonzalo, el fontanero que a estas alturas se ha convertido en uno más de la familia. ¡Hasta la próxima!, nos solemos despedir mientras dobla el billete de 50 euros para que le quepa en su minúscula cartera. En dos, tres, cuatro ocasiones, le he preguntado por la posibilidad de cambiar la tubería, y otras tantas me ha respondido que tal obra me saldría demasiado cara, que si no quiero esquilmar aún más mi cuenta corriente, mejor dejarla como está. Huelga decir que en mis adentros he puesto en duda la benignidad de su consejo, además de sospechar que sus reparaciones son una mera chapuza, concienzudamente estudiadas para devenir en averías pasado un tiempo. Pese a ello, de momento se va saliendo con la suya y tiene garantizada la visita anual. Gonzalo, además de un hábil fontanero, ha demostrado ser un inteligente negociador.

Como Gonzalo, Mas, Urkullu y Rivero, cabezas visibles de los partidos nacionalistas predominantes en Cataluña, Euskadi y Canarias, de sobra saben que su misión no es reponer tuberías, sino destupirlas, en no pocas ocasiones tras haberlas tupido, porque si alguna vez se decidieran a cambiarlas, acabarían por resultar prescindibles y se quedarían sin empleo. Por ello, los cientos de miles de catalanes que pidieron días atrás en Barcelona no sólo el cambio de la tubería, sino la instalación de un nuevo fregadero, han supuesto un serio contratiempo para las ansias de supervivencia del nacionalismo patrio.

El nacionalismo canario, igual que el catalán y el vasco, encuentra su razón de ser en la reivindicación permanente, jamás en la materialización de unas ansias independentistas que se quedan en una mera pose y a las que sus dirigentes suelen referirse bien de forma ambigua, bien con la boca pequeña. El manual del perfecto nacionalista resulta harto clarificador: busque un enemigo, en este caso un Estado centralista y opresor, reinvente la historia según sus intereses –a fin de cuentas, el grueso de sus seguidores serán legos– , empéñese en caminar sin llegar a ningún sitio y no le faltarán tuberías que reparar; llegue a donde insinuaba que deseaba llegar y su pericia como fontanero le servirá de bien poco, porque una tubería nueva le convertirá en totalmente innecesario.

Y es que las apariencias engañan, tanto que la masiva manifestación barcelonesa, jaleada por organizaciones independentistas sin caretas pero, sobre todo, por la profunda crisis económica que sufre Cataluña, acaso sea el mayor disgusto que se han llevado los nacionalistas, los de allá y los de acá, en mucho tiempo.

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