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Son y serán los ejes de la campaña para los populares gallegos. No puede haber otros. Ni en Galicia, ni en España ni tampoco en Europa. Después de políticas tan constrictivas y que no han generado crecimiento, es hora de que este se produzca. Sobre qué bases y con qué mimbres es otra cuestión. Pero sin crecimiento no hay empleo, sin crédito no hay empresas ni iniciativa privada, y sin trabajo no hay consumo. Parte del trabajo está hecho. Poner orden en las cuentas, rigor, eficacia, eficiencia y racionalización. Hay que seguir haciéndolo. Pero sólo con ello no basta. No avanzamos, no nos movemos de la elipsis de la recesión. Ahora hay que buscar ese crecimiento y esa actividad que nos sacarán de esta ciénaga depresiva y recurrente.
Núñez Feijóo, lo sabe. Pero lo saben también todos los políticos y programas. No hay dinero, no hay ingresos y gestionar con lo poco es más difícil que hacerlo en la abundancia. De aquellos excesos suntuosos e irreflexivos a estos sacrificios angostos y generalizados. Galicia no pedirá rescate alguno. Pensemos por qué no tiene que hacerlo. Pensemos igualmente qué pasaría si tuviésemos que hacerlo y qué consecuencias supondría para cada uno de nosotros. No tiene obras faraónicas y sin utilidad que ofrecernos. Tiene gestión, tiene trabajo y algunos resultados.
Es ventaja, pero no sabemos si ésta será suficiente o no para el electorado en general. Pero si nos comparamos con otras comunidades autónomas, estamos mejor. Debemos menos. Nos hipoteca menos el futuro. Y éste lo escribiremos todos los gallegos, con nuestro empuje, fuerza, audacia y pundonor. No sólo el presidente, sino todos. Nadie nos va a regalar nada y nuestro principal activo es nuestro trabajo, nuestro valor y nuestro sacrificio. Feijóo ofrece gestión, la que ha hecho. Con errores y aciertos. Con dificultades y soledades sobre todo desde un Madrid que recurrió varias veces ante el Constitucional las medidas de su gobierno.
¿Será suficiente este balance? Debería serlo en las condiciones que estamos y de las que venimos. Pero es el electorado el que tiene que decidir. Que lo haga, pero informado, ponderando las soluciones que unos y otros ofrecen; pero sobre todo teniendo en cuenta sobre qué bases y líneas de acción pretenden hacerlas. Que no nos prometan cifras de empleo ni pleno empleo como siempre han hecho, todos o casi todos en un exceso ditirámbico de populismo demagógico. Queremos seriedad. La que haga creíbles a los políticos. Saber qué se puede y podemos esperar de unos y de otros. Y queremos saberla y analizarla desde ya, el momento preelectoral, no el postelectoral de los pactos de pasillo y despacho con repartos de carteras y frentes anti lo que sea. Desgracia aquella para la democracia si el argumento político comienza o se apostrofa del término anti, anti lo que sea. No triunfa el diálogo ni tampoco la razón. Sino el cainismo y la trinchera.
Llega la ruleta programática y la tómbola de las promesas. Sólo pidamos una cosa. Credibilidad y transparencia. Rigor y claridad. Que nadie nos engañe con cantos de sirena y políticas simplemente imposibles, inconsistentes y meros maquillajes de un día u ornamento de semanas. La política es algo más y el político es alguien más que quién nos promete irrealidad y espejismos. Cada cuál decidirá, cada cuál optará, es la grandeza de la democracia, de la pluralidad, de las ideas y las palabras. Rigor, siempre en política, llega la hora de exigírselo en verdad a nuestros políticos. Nunca ha sido así. Explicación y pedagogía. Autocrítica y verdad. No perdamos ese horizonte, tampoco nuestros candidatos. Y más allá de la palabra y el discurso, los hechos, las acciones, las líneas claras de actuación. Es posible.





