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Viajes / POR CARRETERAS SECUNDARIAS

¿Y si los cipreses de Jérica nos estuvieran diciendo lo que hay que hacer?

Era una carretera preciosa entre cultivos y árboles frutales hasta que, de forma inesperada, se convirtió en antesala del espanto y, enseguida, en el reino de la desolación. Todavía huele a quemado

Día 29/08/2012 - 08.37h

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Madrugamos porque no sabemos exactamente dónde está el bosque mágico que buscamos, los cipreses aparentemente ignífugos de Jérica que resistieron el embate del fuego abrasador, y el balneario de Chulilla, donde tratamos de resarcirnos del cansancio y de algunas desilusiones del viaje, está demasiado lejos. Nos dejamos aconsejar por dos nativos de Villar del Arzobispo y nos adentramos en carreteras rurales de Valencia y Castellón, precisamente donde algunos de los fuegos menos piadosos de este verano más se ensañaron. Era una carretera preciosa entre cultivos y árboles frutales hasta que, de forma inesperada, se convirtió en antesala del espanto y, enseguida, en el reino de la desolación. Todavía huele a quemado, como si el incendio hubiera sido apagado hace apenas unos días. Las llamas han barrido todo, desde los pinos que se asomaban confiados a la carretera hasta los que coronaban cerros y lomas. Buscando el misterio de los árboles que resistieron el mar de fuego nos metemos de lleno en los estragos de un incendio. Lo que todavía no sabemos, a esa hora de la mañana en que el sol todavía se muestra remiso y duda qué infiernillos encender, es que se trata del mismo incendio, el que devastó durante cinco días de julio 20.000 hectáreas en la localidad valenciana de Andilla, y términos municipales pertenecientes a Jérica (en Castellón) y Alcublas (en Valencia). El cielo, cubierto, parece compadecerse todavía de los estragos. No se oye ni se ve un pájaro. Nada.

Es uno de los espectáculos más tristes –si nos dejamos seducir por término tan manoseado- que se pueden contemplar en este mundo. Cuando hablamos de espectáculo acaso ya hayamos dado los primeros pasos en la degradación de la existencia, su conversión en una forma de entretenimiento, antesala (también) de la muerte. Ha pasado un mes desde el incendio y ya se ven brotes verdes en medio del manto negro, arbustos que sirven de agudo contraste con la nueva capa monocroma del campo valenciano. Del corazón de un árbol que tenía múltiples brazos, ahora una espectro chamuscado, ha surgido con una fuerza inusitada un arbusto verde esmeralda empapado del rocío nocturno, que acentúa el olor a quemado. Asombra la capacidad de la naturaleza para sobreponerse a las catástrofes, como nosotros. Aunque su voluntad no esté basada en la conciencia, atiende a otros mecanismos que tienen que ver con la propia necesidad de sobrevivir, de reproducirse. Paradójicamente, también, como nosotros. A lo mejor compartimos con la naturaleza más puntos y comas de los que nos atrevemos a pensar y a investigar. De ahí que algunos botánicos y biólogos, silvicultores y guardabosques cuestionen no solo la urgencia en repoblar los bosques abrasados (los bosques han seguido durante siglos sus propias pautas regenerativas. Los incendios naturales han sido estudiados por sabios respetuosos con el medio ambiente y sus lecciones), y sobre todo las pautas de repoblación a menudo basadas en la rentabilidad de la madera que crece más rápido, aunque vuelva la tierra ácida e inhóspita para otros inquilinos (léase eucaliptus).

Los rastros del incendio se extienden durante kilómetros y kilómetros, no respeta fronteras provinciales ni administraciones, cuerpos electorales ni buenas intenciones ni deseos. Busco en la guantera el disco de Luna Pena. Me parece que es la que mejor puede acompañar estos parajes consumidos. Fado triste, fado vivo. No conviene negar las partes menos dulces de nuestra naturaleza, engañarnos acerca de nosotros mismos: ese empeño que le costó a Simone Weil la salud, pero que la convirtió en una suerte de árbol resistente contra el miedo y la mentira, empeñada desde niña en ponerse en el lugar del otro y en vivir como pensaba para evitar, como nos ocurre a la mayoría, acabar pensando como vivimos. Un nativo al que interpelamos nos dice que al bosque que buscamos se llega por caminos forestales que parten del santuario de la Cova Santa, en medio de la intrincada vía que liga Alcublas y Altura a través del parque natural de la Sierra Calderona. Pero nos dice que si vamos solos nos perderemos, que busquemos un guía en Jérica. Como todavía no queremos perdernos, seguimos su conseja. Bajamos por la sinuosa carreterita con quitamiedos encalados que parte de la Cova Santa: máximo de 30-35 kilómetros por hora durante 3,5 kilómetros. Nos cruzamos con un camión que anuncia Pollos sanos y sabrosos, Pico de Oro. ¿Asados con madera de pino? Por la CV-245 entramos en Altura y nos cruzamos con un gatito recién reventado en el centro de la calzada, con el sol de la mañana iluminando su lomo blanco.

¿Y si los cipreses de Jérica nos estuvieran diciendo lo que hay que hacer?
corina arranz
Barranco de Herbasana, Jérica, Valencia, donde están los cipreses que no ardieron en el incendio

Lo primero que vemos es la torre de las Campanas, el faro de Jérica, su símbolo, construida en 1643 en estilo mudéjar y dedicada a Santa Águeda, la patrona del lugar. A quien primero preguntamos es a la dependienta del local de apuestas (donde renovamos nuestros votos con la superstición: es decir, la lotería primitiva, como su nombre indica), que nos sugiere que busquemos a Jesús Marzo, que sabe mucho de los árboles ignífugos, no en vano es presidente de la Junta de Montes. A la puerta de su casa hay una caja con tomates. Su mujer dice que acaba de irse al taller, le llama por el móvil, pero no hay manera. Todos los intentos resultas vanos. Acabamos probando suerte en un bar, y ahí es cuando aparece Manolo Cortés Ramírez, vecino de Jérica, de 40 años, «soltero y sin compromiso (solo amigas)». Maquinista, agricultor, chófer, regante, sulfatador, peón caminero… y hasta volteador de las campanas de la torre de Santa Águeda, en las fiestas, y a quien todos conocen, como él mismo se encarga de avisarnos, como Zorro. El nombre, como suele ocurrir en los pueblos, viene de familia. Su abuelo fue Zorro, como lo fue su padre. Viene de hacer «caballones», surcos para que el agua de riego corra. Pero está desocupado, «a salto de mata, a lo que sale». Como el ayuntamiento no tiene fondos este año no le han contratado para limpiar bosques, para acometer tareas forestales. En lo que va de año los incendios han quemado 150.000 hectáreas, según datos del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente, casi el doble que la media de superficie afectada a lo largo del mismo período en la última década. Si Parques Nacionales ha recortado en un 20 por ciento los fondos destinados a programas de prevención de incendios y a equipos de extinción, ayuntamientos y gobiernos autonómicos han hecho lo propio, y en algunos casos con ahorros mucho más drásticos. El calor, la sequía y la mano del hombre han acabado de cerrar el círculo de fuego, que se ha puesto las botas en la Valencia, Tenerife, La Gomera, el Alto Ampurdán, León…

Será un camino largo, sin duda el peor de todas las pistas, forestales, agrícolas y mediopensionistas por las que nos hemos aventurado con el Seat Ibiza con el que estamos a punto de completar nuestras carreteras secundarias, y en las que siempre ha demostrado la mejor de las disposiciones. No hemos pinchado ni una sola vez. Dejamos atrás Jérica por un camino que enseguida abandona la confortable cama de asfalto para convertirse en pista, camino, pedregal… Conoce Manolo todos los vericuetos como la palma de la mano. No duda ni un segundo en las muchas encrucijadas capaces de perder al lobo, a Carapuchiña vermella y a los hermanos Grimm, no en vano ha trabajado en todo lo que se puede trabajar en estos pagos. Solo nos cruzaremos con un coche en todo el trayecto, y nada más empezar la ruta, el lento ascenso, y es con un amante de la naturaleza y adiestrador de halcones (nada más entrar en Jérica me llamó la atención el nombre de un hermoso chalet: Halconera, su casa), pero que circula en un cuatro por cuatro. Vamos por el camino de Benabal, pasamos una balsa para el ganado, un corral de ovejas y cabras abandonado, la Rocha de Aras… Peñascabia, dice el Zorro, señalando una mole que destaca en el horizonte, como un barco de piedra. Los montes pertenecen a la Junta de Montes y a los ayuntamientos… Campos de almendros en lomas y laboriosos bancales, socarrados por el fuego, «como la paella». Poco a poco nos hemos ido adentrando, igual que hicimos desde Villar del Arzobispo, en el otro frente del fuego, el que quemó buena parte del término de Jérica: «¡Qué limpieza ha hecho el fuego!», dice Manolo: camisa azul de manga corta, pendiente de oro en el lóbulo izquierdo, gorra de beisbolista. Sin duda, es otra forma de verlo. Pasamos ante una señal carbonizada en la que sin embargo todavía se lee: «Zona de alto riesgo de incendio». Se cumplió el vaticinio.

¿Y si los cipreses de Jérica nos estuvieran diciendo lo que hay que hacer?
corina arranz
Manolo Cortés Ramírez, nuestro guía, con los cipreses que no ardieron en el incendio de Jérica

Las carrascas han ardido como la yesca. Ahora parecen sarmientos suplicantes al cielo de agosto, que se ha apiadado de nosotros y ha desplegado unas cuantas nubes para suavizar el sol que alumbra las cimas donde el fuego devorador se ha cebado con el tupido bosque de pinos que cubría estos parajes, y con ellos encinas, enebros, sabinas, aliagas… y carrascas. «Una especie protegida. Si te ven cortando una, los del Seprona o los de la Generalitat te dejan seco», dice Manolo, mientras desgrana episodios de su vida. Su padre trabajó durante años en una fábrica de harinas, «repartiendo harina a los pueblos y a los barcos. Mi padre era cazador, yo no. Le decían Zorro, o Zorrilla. Como a mí. Si preguntas en Jérica por Manolo Cortés nadie sabrá de quién hablas. Si dices Zorro, cualquiera sabrá decirte dónde encontrarme…». De repente, tras más de veinte kilómetros de marcha lenta por barrancas, cañadas, senderos de pedrusco y tierra, en la uve de una vaguada vemos a los cipreses que estábamos buscando. Entre La Paloma y el Llano de Yuste, en un barranco que le dicen Herbasana. Era verdad. Los vemos como un milagro en medio de la ceniza, de las copas viradas al óxido, de los troncos negros de los pinos… al tiempo que descubrimos un águila. Bueno, es el Zorro el que primero la avista. «Solía haber muchas por estas alturas». Sobrevuela la desolación, su territorio de caza, devastado. «Será una culebrera».

Lentamente, como si el hallazgo tuviera que ser tratado como un yacimiento arqueológico, tomamos una larga curva que rodea una loma tras la que se encuentra la legión de cipreses que ha dejado sin habla a botánicos, biólogos, ingenieros forestales, guardabosques, amantes de los árboles, cazadores. El propio Manolo Cortés Ramírez, el Zorro, que no había vuelto por estos andurriales desde hacía muchos años, aunque conocía la plantación de cipreses, no se lo explica. «Tenían que haber ardido. Estaban rodeados de fuego por todas partes. Es muy raro». Son casi un millar de cipreses mediterráneos plantados hace 22 años en el término de Jérica, donde las provincias de Valencia y Castellón se dan la mano y las raíces. Apenas un diez por ciento, los más expuestos al soplete exterior, ardieron. Es como si se hubieran sacrificado por el resto, por sus hermanos. Pero el fuego no se contagió, ni por el suelo, ni por las copas.

«Los árboles se comportaron como una pantalla contra el fuego», le dijo el botánico Bernabé Moya, director del Árbol de la Diputación de Valencia, que fue el primero que difundió la insólita imagen del bosque intacto, a Joaquín Gil, periodista de El País, que fue quien nos puso en la pista del enigma de los cipreses ignífugos, como tituló la crónica que nos hizo recorrer tantos kilómetros para, como santo Tomás, meter la mano en las llagas y comprobar que era cierto lo que parecía inverosímil. Los admiramos desde las carrascas y los pinos carbonizados, y acabamos entrando en esa suerte de bosque de Birnam que podría servir no solo para escenificar aquí una versión forestal de Macbeth, sino hacer de esta especie resistente al fuego un aliado contra tantas inútiles reforestaciones. Salvo los sacrificados del cinturón exterior, los del corazón del bosque de cipreses, plantados gracias al proyecto CypFire, cofinanciado con fondos FEDER de la Unión Europea, el resto está en perfecto estado. La savia corre por sus ramas, está frescos, verdeantes, se dejan acariciar sin que se nos queden las ramas convertidas en cenizas entre los dedos. Contaba Joaquín Gil en su artículo que el experimento en el que participan nueve países (entre ellos Portugal, Francia, Italia y Turquía) pretendía analizar la resistencia de estos cipreses (hermanos gemelos de los que plantaron en la imaginación Miguel Delibes y José María Gironella) a las heladas, la sequía y a producción de madera y polen. El fuego era una hipótesis más, pero hasta ahora no había salido del laboratorio. El de Jérica ha sido con fuego real, y los resultados insospechados.

Volvimos a Jérica por la carretera de la Cova Santa que habíamos tomado esa misma mañana. Porque el camino desde el barranco de Herbasana hasta la carretera de Alcublas estaba ahora mucho mas cerca, y desde luego para ir a Jérica, y dejar al Zorro donde lo encontramos, aunque «más larga», la ruta era sin la menor duda «mucho mejor». Pero para eso hay que contar con el conocimiento y la buena disposición de un nativo como Manolo Cortés Ramírez,el Zorro, un rastreador tan bueno como un comanche. Antes de despedirnos echamos combustible donde Vicente, el gasolinero, amigo del Zorro, de su quinta, y vecino del piso de abajo. Cuando le dijo su compinche de donde veníamos, Vicente dio rienda suelta a su escepticismo: «A mí que me lo expliquen. No me creo lo de los árboles. Para mí que han estado limpiando el suelo». Nuestra amiga la pintora Rosa Biadiu está convencida de que los cipreses de Jérica se salvaron «porque son inmortales».

Aunque les preguntamos a los propios cipreses por su misterio, y ellos nos respondieron elocuentemente con su silencio, con su saber estar en medio de un bosque carbonizado, que están vivos porque supieron ser fieles a sí mismos, porque no tuvieron miedo… Y aunque algunos temen a los cipreses porque les recuerdan a los cementerios y a los muertos… Y aunque hay quien cree que quien se duerme a su sombra acaba siendo pasto de la locura… en cuanto supimos de este caso de pirofitismo (especies vegetales adaptadas al fuego) quisimos conocer de primera mano la opinión de Mónica Fernández-Aceytuno, nuestra bióloga de cabecera, la que más nos ha enseñado a leer la naturaleza, a ver los árboles, las plantas, los animales, los mares y las nubes con otros ojos. La capacidad regenerativa de la naturaleza frente a nuestras agresiones es una constante en sus escritos, que hablan de cómo hombre y medio ambiente están estrechamente entrelazados. Le había pedido un comentario, dos párrafos para darle a esta antepenúltima entrega de Por carreteras secundarias una pizca de rigor científico, y lo que me envió fue un artículo, titulado Niños mimados que, por su elocuencia, transcribo desde aquí, entero. Gracias, Mónica:

«En los recorridos post-incendios se puede observar que suelen quedar manchas verdes, madroños, lentiscos, enebros, sabinas, especies que se salvaron del paso del fuego, y que también en el laboratorio han demostrado ser moderadamente o poco inflamables».

«En el caso que nos ocupa de los cipreses, es distinto, porque aquí no se trata de un rodal entreverado en el monte sino de una plantación, un monocultivo trazado a cuadrícula para realizar un estudio, por lo que cabe colegir que dispone de unos cuidados de los que carece el monte que le rodea, y en un monte sin selvicultura es muy difícil que en verano no arda todo».

«En principio, ningún árbol arde con facilidad. Cualquiera que haya encendido una chimenea sabe que jamás conseguirá que prendan los troncos grandes si antes no ha puesto una piña, hojas, ramas secas. En el monte es lo mismo. Sería casi imposible que ardieran los montes si hubiera una tarea de prevención, de selvicultura, y estos cipreses eran niños mimados, protegidos todos juntos, en mitad de un monte abandonado a su suerte».

«Con esto no quiero decir que no haya quedado en evidencia la resistencia del ciprés, la cual ya conocían los ingenieros de montes franceses cuando discutieron sobre la conveniencia de repoblar con cipreses el desierto de Argelia. En España, se ensayaron como especies leñosas para la repoblación y fijación de las arenas en las dunas tres especies de ciprés: Cupressus macrocarpa, Cupresssus horizontalis y Cupressus thurifera, tal y como describe el ingeniero de montes Ángel Fernández de Castro (1850-1912) en su obra Dunas del suroeste de la Península. Por otro lado, en 1915, M. del Campo y R. Codorniú recomiendan al ciprés entre las especies leñosas más útiles para repoblar los montes españoles».

«Quién sabe si en el futuro se utilizará el ciprés también como cortafuegos al menos en la interfaz urbano-forestal, además de para defenderse del ruido y del viento. Pero sería un error creer que hay especies milagrosas, o que hay que plantar sólo cipreses. Un monocultivo funciona como un solo individuo que se salva de una circunstancia, pero eso no quiere decir que mañana no pueda llegar un hongo, y acabar con todos al mismo tiempo».

«Por eso la Naturaleza es variada, y entrevera las especies, y cuando pasa el fuego, quedan rodales verdes y siempre las semillas para volver a empezar de nuevo».

«Pero si el monte es hijo de nuestra mano, ¿qué podemos esperar si no lo cuidamos?».

Aprendamos de los cipreses de Jérica. De su silencio, de su valentía. Como Tzaplia, la garza de John Berger, tal vez nos estén diciendo un secreto que debemos escuchar con atención. Prestando atención a la naturaleza con la humildad de la que carecemos cuando nos creemos los amos de la creación.

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