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Por cierto, ¿qué ha quedado de aquellas gloriosas exclusivas de Wikileaks?
¿Le gustaría que alguien asaltase a saco su correo electrónico y redifundiese sus mails personales? ¿Le parece bien que si dos mujeres acusan a un individuo de agresión sexual el sospechoso se fume el juicio y se dé a la fuga? A menos que sea usted Cayo Lara, entiendo que no le parece correcto. Pues a eso se reduce el enredo de Julian Assange, cuya línea de defensa, fabricada en la chapucera factoría garzoniana, hace más agua que el deshielo de Groenlandia.
De entrada, hablamos de un pirata informático, que robó mensajes diplomáticos de países democráticos para filtrarlos. Si la práctica de Assange se universalizase, instauraríamos la ley de la selva. ¿Se imaginan un mundo donde lo privado no existiese, donde las cámaras y los hackers pudiesen hurgar hasta en lo más recóndito de la intimidad? En nombre de un extremo derecho a saber acabaríamos enfangados en un ponzoñoso laberinto orwelliano.
La segunda parte del caso es, si cabe, todavía más verbenera. Un tipo es acusado de varios delitos sexuales en Suecia. Cuando está viviendo en el Reino Unido, los suecos lo reclaman. La justicia inglesa estudia rigurosamente el caso y concluye que debe ser extraditado. Lo normal. Pero el sospechoso se da a la fuga y se cobija en la embajada de Ecuador, país afamado por su seguridad jurídica y sus garantías procesales. Baltasar Garzón, que ahora busca fotos como abogado de Assange, concluye que lo legal es que el supuesto agresor sexual se dé el piro a Ecuador, en lugar de someterse a un juicio justo en Suecia, donde las víctimas podrían recibir reparación si se confirma que hubo violaciones. Con tan ufológico razonamiento, Garzón vuelve a mostrar su querencia por los atajos ilegales, defectillo que ya lo llevó a ser apartado de la magistratura con una sentencia firme por prevaricador.
Lo de Assange no tiene un pase. Pero se habla menos de la otra parte de la historia, la periodística. ¿Qué ha quedado de aquellas gloriosas exclusivas de Wikileaks? En noviembre del 2010, poco después de divulgar los primeros cables, el director del único periódico en lengua castellana que publicó el material robado por Assange ponía en valor la gesta: «Wikileaks nos ha permitido hacer gran periodismo; periodismo del que cambia la historia». Ayer hice un test casero: pregunté a una docena de profesionales del periodismo si recordaban alguna de las exclusivas destapadas por Wikileaks. Nadie fue capaz de concretar algo relevante, solo quedaban recuerdos vagos de algún chascarrillo vaporoso.
Wikileaks no cambió el periodismo ni el curso del Amazonas. Los supuestos secretos abracadabrantes del poder estadounidense resultaron ser cotilleos diplomáticos. Allí no había nada medular que no fuese ya sabido de un modo u otro. Tampoco se logró el objetivo de retratar a Estados Unidos como el gran Leviatán que somete al mundo. Más bien al revés: en general, los correos privados traslucían un constante afán del Gobierno estadounidense por fomentar la democracia y acogotar a las satrapías. Por último, en plena euforia Wikileaks, se afirmó que aquello enterraba una forma arcaica de entender el periodismo. Ya no hacían falta intermediarios. El periodismo consistía en pillar material en las fuentes primigenias y servírselo crudo a los lectores. El análisis y el contraste de datos eran historia.
Al final, ha sucedido más bien lo contrario. La excesiva euforia con que periódicos de prestigio vendieron la bisutería de Assange demuestra que hacía y hace falta más y mejor periodismo.
El parto de los montes se quedó en espuma de cerveza.





