A sus 54 años, el entrenador de México, sin nombre internacional se ha ganado el resto del mundo
No le conocia nadie. Venía como seleccionador de México, de incógnito. Nadie contaba con la tricolor para aspirar a la medalla de oro. Luis Milla sí avisó de que los mexicanos contaban con un buen conjunto. Era culpa de Luis Eduardo Tena. Un entrenador exigente, duro, que ha impuesto un esquema táctico muy agresivo para defender bien y sacar provecho de la calidad de su ataque. El problema eterno de la selección mexicana era su debilidad en la estrategia defensiva. Con Rafa Márquez, ese asunto comenzó a solucionarse en la selección absoluta. Ahora, Tena lo ha conseguido en la olímpica. Retaguardia recia. Prima no recibir un gol, porque el equipo siempre encuentra el camino para marcar.
México ha jugado bien en lo Juegos. Ha ido de menos a más. Hoy pelea por su primera medalla de oro en unas Olimpiadas. La plata ya es su mejor clasificación histórica. Nunca había obtenido metal en fútbol. En los Juegos de casa, en 1968, quedó cuarta.
El técnico apela al orgullo para hacer historia. Si triunfa ante la favorita, será leyenda nacional. Hoy no tiene mucho que perder. Esa libertad mental es la que explica a sus jugadores para rendir como nunca y alcanzar el mayor éxito de la historia del fútbol mexicano. Sus pupilos también se sienten liberados. La única presión que les impone su jefe es aprovechar esta oportunidad única de ser ídolos eternos de un país de ciento diez millones de personas que hoy quedará rendido ante cincuenta millones de televisores.




