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Esto no pretende ser una justificación, es una explicación de una realidad con la que llevamos conviviendo tres décadas
DON Manuel Clavero Arévalo, que en gloria -política- esté, fue el miembro de UCD que se rebeló contra la voluntad de hacer un mapa autonómico que respondiese a la realidad que los más sensatos pretendían reflejar sobre el papel. En el año 1980, el ministro de Administración Territorial era Antonio Fontán. Él empeñó su peso intelectual y su legitimidad política en intentar lograr un mapa más coherente con los antecedentes inmediatos: sendos estatutos para el País Vasco y Cataluña. Y quizá también para Galicia. Nada más. Y en eso surgió en las entrañas de UCD la voz de su ministro de Cultura, Clavero Arévalo, que había sido ministro adjunto para las Regiones. Él exigió para Andalucía el mismo trato que para Cataluña y País Vasco. Por su boca nació el lema político «Café para todos» con consecuencias hoy evidentes.
La primera de esas consecuencias, culpa de quienes en UCD optaron por las posiciones de Clavero frente a las de Fontán, fue la de fomentar el nacionalismo de ambas regiones. Porque lo que en ellas se buscaba era un factor diferenciador del resto de España, no -en aquellos días- la independencia. Fontán creía que esa aspiración tomaba cuerpo con un autogobierno que no tuvieran los demás. Recuérdese el lema que encabezaba las manifestaciones de la transición en Barcelona: «Llibertat, amnistia, estatut d’autonomia». La independencia brillaba por su ausencia. Con los años la voluntad diferenciadora entre un marasmo de autonomías creadas para que todos recibieran café -que no todos pidieron originalmente- ha servido de acicate para fomentar la «autodeterminación». Y quede claro que esto no pretende ser una justificación, es una mera explicación de una realidad con la que llevamos conviviendo tres décadas.
El «café para todos» creó un disparate de mapa autonómico con 17 gobiernos, 17 parlamentos y 17… infinidad de organismos e instituciones que durante años ponían la mano y recibían dinero de las instituciones europeas al tiempo que con el crédito que daba el ser parte del Estado lograban endeudarse mucho más allá de lo que cualquier organismo privado hubiera imaginado jamás. Organismos que crecieron de forma desmesurada hasta crear aberraciones democráticas como la Asamblea de Madrid, en la que hay 129 diputados autonómicos a los que se elige votando con una papeleta en la que aparecen los 129 candidatos. No debe haber otro parlamento en el mundo en el que tantos candidatos sean votados simultáneamente con una sola papeleta. Y vaya en honor de Esperanza Aguirre decir que ha estado entre los primeros presidentes autonómicos en manifestar la necesidad de reducir drásticamente el número de diputados.
Pero lo que los últimos acontecimientos demuestran es que después de las durísimas medidas adoptadas en lo que va de legislatura, todavía hay que hacer mucho más para poder merecer el crédito de los mercados y de nuestros socios europeos. El sistema autonómico es, hoy por hoy y en sus términos actuales, insostenible. Entre otras cosas porque impide al Gobierno de la nación tomar medidas que son imprescindibles. Rajoy, por ejemplo, ha reducido un 30 por ciento el número de concejales para las próximas elecciones municipales, pero no puede hacer lo mismo con los parlamentos autonómicos porque carece de competencias. España, valga por caso, no se puede permitir tener medio centenar de universidades públicas -casi todas muy malas-, pero el Ministerio de Educación sólo tiene competencia sobre dos. Y qué decir del gasto hospitalario, entre otros.
El problema es que el ajuste pendiente es en realidad un ajuste de clase política. De aquella parte de la clase política que sólo puede vivir de «la cosa».
============B15 Firma opi(11522246)============
ramón pérez-maura
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Café para todos




