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Con más de 20 mil artistas, el festival alternativo más grande del mundo, el Edimburgo Fringe, tiene problemas de espacio. El alquiler de salas es tan caro que la imaginación vanguardista se ha combinado con la necesidad en tiempos de crisis para transformar espacios de la vida cotidiana en escenarios de actuaciones alternativas.
Una oficina, una escuela, un café, un parque, el techo de un autobús son algunos de estos escenarios improvisados que sintonizan a las maravillas con el espíritu del Edimburgo Fringe. Mike Fisher, autor de la Guía del Edimburgo Fringe, cree que esta recreación del espacio es un aporte fundamental a la vida social contemporánea. «En una era en que estamos rodeados de televisores, computadoras, juegos electrónicos y entretenimiento individualizado, el teatro puede ser un puente para saltar ese muro de experiencias compartimentadas», indicó a la BBC Fisher.
Cualquier escenario puede convertirse en protagonista de la obra
En el café «Hunt and Darton», en el centro de la ciudad, los clientes saborean algo más que el tradicional té con «scones» (bollos). El espacio interactivo creado por Jeremy Hunt y Holly Darton convierte la vida cotidiana de un local –desde la comida que se sirve hasta sus cuentas– en hecho artístico con trama, suspenso y sorpresivo desenlace. En una escuela también céntrica los espectadores son alumnos a quienes los actores enseñan en un intento de despertar la nostalgia de los años de educación. «Nuestro espectáculo “De vuelta en la escuela” (”Back to school”) es un intento de que la audiencia sea la protagonista del espectáculo pasando por unos siete años de educación en una hora y media», señala la directora artística Clementine Wade.
Los orígenes del festival
Esta utilización del espacio tiene algo de la instalación de las artes visuales trasladada al teatro y hunde sus raíces en los orígenes del Fringe. El festival comenzó en 1947 cuando ocho compañías teatrales fueron a la capital escocesa decididas a actuar a pesar de que no habían sido invitadas al Festival Internacional de Edimburgo, que acababa de inaugurarse en aquellos sombríos días de la posguerra. Siete compañías lo lograron. La octava representó «Everyman», una obra medieval, en la Catedral de Durngermline.
El éxito de esta propuesta fue tal que en los años siguientes se le sumaron más y más compañías. En 1959 esta presencia se había hecho tan evidente que se terminó creando el Fringe para mostrar el teatro alternativo de todo el mundo. Hoy unos 60 países participan anualmente del festival con unas dos millones de entradas para los distintos espectáculos.







