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Con ella jamás sirvieron los términos medios. Chavela Vargasera la gran verdad de la canción hispanoamericana en estado puro, aunque el calificativo parecido se lo adjudicase, en este lado de la orilla, María Dolores Pradera.
Nueve décadas después de nacer, la madurez expresiva de esta cantante seguía siendo descomunal y su personalísimo estilo marcaba el sendero por el que caminaban otras.
Tampoco los compositores escaparon a esa profunda mirada; Chavela era el eco latente de gran parte del mejor catálogo musical del continente americano. Desde José Alfredo Jiménez, a Juan Gabriel; desde Agustín Lara, a Cuco Sánchez, todos quisieron que sus composiciones fueran hormadas por la voz lavada-a-la-piedra de esta señora nacida un 7 de abril de 1919, en la mexicana localidad de Guerrero.
La biografía de Isabel Vargas Lizano (su verdadero nombre) aparece preñada de tópicos: debut algo tardío junto a José Alfredo Jiménez en los 50, querencias poco recomendables por el alcohol, reveses amorosos y retiro forzoso en plena temporada de éxito, durante los 80.
Nada, pues, que no hayan experimentado alguna vez otras estrellas de la galería de los malditos y que, como ella, han marcado escuela. Afortunadamente, quizás porque en Chavelatodo era de verdad, el realizador cinematográfico alemán Werner Herzog –Almodóvar llegó después- la salvó para el filme «A cry of stone», en 1990.
Ganamos todos: la privilegiada voz de Chavela Vargas corría pareja con una extraordinaria técnica que le permitía salvar cómodamente cualquier escollo, y, en términos de extensión, dinámica y fraseo, el equilibrio emocional era, sencillamente, perfecto en cualquiera de sus intervenciones. De todo ello ofrecieron prueba muchos discos; valgan ahora a modo de síntesis «Noche bohemia», «Vuelve Chavela Vargas» y los dos volúmenes titulados «Para perder la cabeza».
La emoción de estar, nuevamente, en España, el deseo de no abandonarnos jamás, fue la consigna de amor y de batalla de Chavela durante el pasado mes de julio.
Vino, plenamente consciente del esfuerzo que hacía, a la Residencia de Estudiantes, donde presentó su último disco con poemas de Federico García Lorca. Declaró que había merecido la pena. Le dijo adiós a Federico y a España, y se marchó a descansar a México.
Con Chavela, como ya sucediese con Edith Piaff o Janis Joplin, desaparece una de las cantantes más veraces y apasionadas de la música popular del siglo XX. Una voz siempre tentada por el lirismo hecho lamento y por la autenticidad de la melodía. Todo a la vez. Como les gustaba a cada de uno de los autores citados.







