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Ayer no me imaginaba yo a Rafa Nadal diciendo tras una derrota en semifinales eso de «ahora no tengo ilusión por nada», como salió por la boca de David Ferrer
Frente a interpretaciones históricas ya extemporáneas, la flota británica no aplastó a la Grande y Felicísima Armada española que envió Felipe II en 1588 para destronar a la reina Isabel, la primera. Nuestros afamados buques sucumbieron más al estado de la mar que a la fiereza y pericia del enemigo. Un suceso previo anunciaba lo peor: el diseñador de la misión, el almirante Álvaro de Bazán, fallecido repentinamente, había de ser sustituido por Alfonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina-Sidonia, al frente de la Empresa de Inglaterra. Cuando ayer nuestra flota tenística terminaba su misión en Londres de la peor manera, sin medalla y sin honra, el recuerdo de Rafa Nadal me sobrevino con peso plomizo. No me imaginaba yo al balear diciendo tras una derrota en semifinales eso de «ahora no tengo ilusión por nada», como salió por la boca de David Ferrer.
Sabíamos que la ausencia de Rafa nos alejaba de un seguro éxito en tenis, pero, en la lucha por el bronce, ni David fue David ni la pareja francesa era Goliat. Sé que no es el cambio de abanderado y menos los «elementos», como se dijo cuando la Invencible, pero a una semana del fin de los Juegos, que el éxito de nuestra Armada se reduzca a Mireia y Maialen nos hace rememorar la pertinaz sequía de medallas que casi habíamos olvidado. Ojalá me coma mis palabras...



