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Desde el tiempo de las cavernas, la presencia del fuego transforma los lugares. Al paso de la antorcha olímpica por los barrios del Este de Londres este verano, era inevitable ser transportado al traumático paisaje de pillaje y destrucción que envolvió este mismo escenario hace ahora un año. Durante tres días en la capital y un cuarto en otras ciudades inglesas, las llamas del rechazo social, el hastío estival y viejas rencillas entre policía y minorías raciales robaron la tranquilidad de espíritu a una zona de Londres que se disponía a cobijar, en un vecindario lleno de contrastes sociales y dinamismo cívico, los Juegos Olímpicos de Londres 2012.
Hipsters», banqueros jóvenes y minorías negra negra y asiática conviven en Hackney
Cuesta creer que, solo hace un año, cuando ABC recorrió sus calles [así contamos un recorrido de 24 horas por el Londres asediado], ardía un coche de policía bajo el puente de la estación, la tienda JD de ropa deportiva –como muchas otras- había sido saqueada, y blindados y helicópteros de la Policía ocupaban la noche con focos y sirenas. Tras el estallido inicial en Tottenham el sábado 6 de agosto, el martes 9 había 16.000 agentes desplegados en la capital, 4.000 más que los movilizados estos días por las Olimpiadas.
Sin clientes en Clarence Road
En su tienda de comida jamaicana, Kirk no lo ha olvidado un solo día: «Antes de aquello, para las dos del mediodía había vendido toda mi carne, la calle estaba llena de coches y de gente que venía; ahora, he tenido que poner esta parrilla fuera porque no viene nadie, tienen miedo a esta calle». Este jamaicano de 37 años vive en Clarence Road desde hace diez años, cuando heredó el negocio de un tío suyo. Estaba en casa, justo encima de la tienda, cuando esta manzana fue tomada al asalto por bandas de jóvenes encapuchados que lo arrasaban todo a su paso. La calle desemboca en el Pembury State, uno de los bloques de viviendas sociales más peliagudos de una zona conocida por el menudeo de drogas.
Kirk logró ahuyentar a los violentos, a diferencia de sus vecinos de la tienda de alimentación Siva’s Shop y la frutería de Clarence Fresh. El dueño de Siva no está de humor. «Hemos pasado página, y la prensa nos ha hecho mucho daño», nos dice. El jamaicano comparte la acusación: «Dijeron que todo había empezado aquí y no es verdad, creíamos que las Olimpiadas traería a la gente de vuelta, pero aquí no hay nadie, estoy pensando en cerrar».
«Sigo esperando respuestas, me hace pensar que la policía esconde algo»
En junio de este año, más de 3.000 personas habían pasado por un juez en relación con los disturbios. Casi 2.000, o el 65% del total, fueron condenados, según datos recopilados por «The Guardian», y el 15% absuelto. Algunos han sufrido represalias dentro de las cárceles, y muchos se integran ahí en la telaraña de las bandas. Según un informe oficial publicado en octubre, solo el 13% de los participantes en los disturbios (el 19% en Londres) tenía vinculación con la «cultura de gangs» o bandas que denunció David Cameron. Muchos creen ahora que la encarcelación de varios de aquellos jóvenes vándalos les dejará, ahora sí, en manos de estos colectivos criminales.
«Cuestionan muy seriamente cómo vemos las relaciones sociedad-Estado»
Pero la angustia por la recesión profunda que atrapa a la Gran Bretaña de la austeridad reduce aquellos cuatro días de agosto a un estallido episódico de disturbios urbanos, y las celebraciones por el jubileo de Isabel II y la lluvia de medallas en los Juegos dulcifican la expiación de culpas.
«Fue una manifestación de frustración, chavales de todos los colores que exigían un lugar en la sociedad, y recuperaron de esa manera sus impuestos». Así resume lo ocurrido Claude Marage, nacido en Hackney hace 54 años de familia india y jamaicana. Es, desde luego, la visión dominante en el barrio. Un informe de NatCen, un centro de estudios sociales, recopila tres motivaciones principales en los participantes en los disturbios: la emoción de algo que «parecía una fiesta», la oportunidad de conseguir cosas «gratis», y el deseo de venganza con la policía.
La Policía renuncia a rearmarse
El alcalde de la ciudad acepta el pálpito consumista con menos resignación: «¿Qué falla en nuestra sociedad para que la identidad de las personas esté vinculada a un par de zapatillas?», decía recientemente en un foro sobre los disturbios de 2011, mientras agitaba sus propios zapatos de deporte ante una audiencia sorprendida.
La policía decidió no revisar su tradicional concepto desarmado de seguridad –solo el 10% de los agentes va armado-. «Nuestra estrategia es el compromiso con las comunidades, y no quieren ver cañones de agua en Londres», nos explicaba hace unas semanas el superintendente Roger Gomm de Scotland Yard.
Pero las cuentas de aquello no están saldadas. De 4.5000 solicitudes de indemnización por daños, canalizadas por los cuerpos de policía, solo 1.300 han recibido una respuesta positiva. «Sigo esperando las medallas que me prometió la Policía por no contar mi historia a la prensa, y «The Sun» me ofreció 20.000 libras», nos explica Alex, dueño de un comercio al lado de «House of Reeves», la histórica tienda de muebles que ardió para siempre en Croydon. Un solar vacío con un mural de fotos recuerda hoy aquel símbolo del pillaje.













