«¡Te juro que ha empezado él!», «¡Siempre me la cargo yo!», «¡Yo no he hecho nada!»... Lágrimas, caras largas y personitas ofendidas... ¿Es posible que nuestros hijos crezcan en paz y armonia o tienen que estar siempre peleándose? ¿A qué se deben los celos? ¿Qué tienen que ver las peleas entre hermanos con la necesidad de imponerse, y de marcar las diferencias, la búsqueda de la propia individualidad? Estas y otras cuestiones encuentran respuesta en el libro ¡Mamá, siempre me está molestando!, de Heike Baum. Para la autora, diplomada en Pedagogía del Juego y Dinámica de grupos, «las peleas de gallos» entre hermanos es un comportamiento ancestral, que quiere decir «típico de la especie y muy antiguo». «Se manifiesta hacia el segundo año de vida y entonces entra en el grupo de los comportamientos "territoriales"», explica. Más tarde, prosigue Baum, «con la edad y el dominio del lenguaje, los conflictos emprenden otros derroteros y no necesariamente pasan por la confrontación física». Pero... ¿Qué podemos hacer mientras tanto? A lo largo de su obra, esta original especialista propone múltiples ideas sobre cómo tratar los celos y las peleas entre hermanos a través siempre a través del juego. Estas son algunas de ellas;
1. Para los más pequeños (a partir de los 2 años aproximadamente). Alrededor de los dos años, la manifestación de la agresividad depende de que los hermanos mayores y las personas adultas se abstengan de represalias. Es decir, que deben limitarse a la defensa o bien, tratar de cambiar el signo de la pelea y convertirla en un juego. Una buena solución es ofrecerle al pequeño las manos para que descargue sobre ellas, lo que generalmente no hace daño e, incluso, le tendrá ocupado intentando precisar sus desmañados golpes. Al cabo de unos momentos empezaremos a hurtarle las manos para introducir el elemento lúdico, o tratar de atrapar las de él. Si el pequeño se da cuenta de que estamos haciendo burla de él, se sentirá íntimamente devaluado, lo que además de aumentar la agresividad le transmitirá la sensación de que nadie presta atención a sus enfados.
2. Para los mayores (a partir de los 4 años). A partir de esa edad, los chicos y chicas siempre están dispuestos a medir sus fuerzas, e inventan nuevas formas de competición. Puede ocurrir, entonces, que alguien reciba un golpe más doloroso de loq que el adversario pretendía, o que los contendientes se piquen y continue en serio lo que comenzó como una simple broma. Cuando esto sucede, podemos sospechar de la existencia de un conflicto latente que ha aflorado aprovechando la oportunidad.
No siempre se conseguirá evitar las lágrimas, pero si podemos poner un reglamento, al menos haremos que los contrincantes acepten unas reglas de mutuo acuerdo. Al mismo tiempo aprenderán a controlar sus fuerzas. Para negociar dicho reglamento, reuniremos a todos alrededor de la mesa, y que cada uno diga qué es lo que más le molesta durante las peleas. Por ejemplo, si uno declara que «Juan siempre me agarra del pelo», esto dará pie a una norma que prohíba «tirar del pelo durante las peleas. Por último, todos firmarán el reglamento que va a regir en adelante y que podrá ser invocado por cualquier persona de la familia.



