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El Teatro Romano de SaguntoEl Teatro Romano de Sagunto

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Día 05/08/2012

TRAS la vieja y trillada polémica sobre la restauración del teatro romano de Sagunto, uno ya no sabe si los saguntinos se sienten orgullosos de su monumento o si más bien quieren ocultarlo, porque encontrarlo es casi tarea imposible si uno confía en llegar al casco urbano de la ciudad y dejarse llevar por las supuestas indicaciones que le guiarán hasta este vestigio del Imperio Romano.

Y es que parece que el Gobierno de Lerma se guió por esa conocida dicotomía que plantean los niños americanos en la noche de Halloween consistente en «susto o muerte» o llevados a términos shakespirianos, ser o no ser, ser un teatro romano o no serlo, restaurar o morir. Y parece que ganaron las dos opciones porque el teatro se restauró pero, para algunos, dejó de ser un teatro romano para convertirse en unas gradas de cemento sobre las ruinas de un teatro romano.

Esas gradas son las que acogen cada verano el festival «Sagunt a escena», que este año acoge desde representaciones clásicas como «El Rey Lear» de Shakespeare o «Los cuernos de Don Friolera» de Valle Inclán hasta diversos espectáculos de danza o circo. Y es que precisamente, este teatro fue utilizado desde su propio origen (alrededor del año 50 d.C.) para diversas finalidades como representaciones escénicas, batallas naúticas o simulacros de luchas entre gladiadores. Los estudios realizados indican que en el siglo III d.C. el teatro fue reformado. Lo que se desconoce es cuando comenzó el deterioro del mismo, quizás a finales del siglo V o con la conquista árabe, pero lo que está claro es que en la Edad Media el teatro se utilizaba desde el punto de vista militar como una posición avanzada del castillo.

La cuestión es que en los años 70 el teatro era considerado una ruina monumental, lo que desencadenó finalmente en la polémica restauración llevada a cabo entre 1992 y 1994 por los arquitectos Giorgio Grassi y Manuel Portaceli. Una actuación que fue llevada a los tribunales, quienes, tras más de veinte años de litigio, dictaminaron la demolición de dichas obras. Algo que no puedo llevarse a cabo por «imposibilidad de ejecución» y por «principio de eficiencia en el gasto público», según estimó el Tribunal Superior de Justicia.

El resultado está a la vista del público y para comprobarlo hay que acceder a la arena por un estrecho y oscuro pasillo al final del cual se ve la luz. Al hacer el recorrido uno se siente como Russell Crowe en esa escena mítica de la película «Gladiator» en la que al protagonista se le obliga a luchar en el Coliseo de Roma.

TRAS la vieja y trillada polémica sobre la restauración del teatro romano de Sagunto, uno ya no sabe si los saguntinos se sienten orgullosos de su monumento o si más bien quieren ocultarlo, porque encontrarlo es casi tarea imposible si uno confía en llegar al casco urbano de la ciudad y dejarse llevar por las supuestas indicaciones que le guiarán hasta este vestigio del Imperio Romano.

Y es que parece que el Gobierno de Lerma se guió por esa conocida dicotomía que plantean los niños americanos en la noche de Halloween consistente en «susto o muerte» o llevados a términos shakespirianos, ser o no ser, ser un teatro romano o no serlo, restaurar o morir. Y parece que ganaron las dos opciones porque el teatro se restauró pero, para algunos, dejó de ser un teatro romano para convertirse en unas gradas de cemento sobre las ruinas de un teatro romano.

Esas gradas son las que acogen cada verano el festival «Sagunt a escena», que este año acoge desde representaciones clásicas como «El Rey Lear» de Shakespeare o «Los cuernos de Don Friolera» de Valle Inclán hasta diversos espectáculos de danza o circo. Y es que precisamente, este teatro fue utilizado desde su propio origen (alrededor del año 50 d.C.) para diversas finalidades como representaciones escénicas, batallas naúticas o simulacros de luchas entre gladiadores. Los estudios realizados indican que en el siglo III d.C. el teatro fue reformado. Lo que se desconoce es cuando comenzó el deterioro del mismo, quizás a finales del siglo V o con la conquista árabe, pero lo que está claro es que en la Edad Media el teatro se utilizaba desde el punto de vista militar como una posición avanzada del castillo.

La cuestión es que en los años 70 el teatro era considerado una ruina monumental, lo que desencadenó finalmente en la polémica restauración llevada a cabo entre 1992 y 1994 por los arquitectos Giorgio Grassi y Manuel Portaceli. Una actuación que fue llevada a los tribunales, quienes, tras más de veinte años de litigio, dictaminaron la demolición de dichas obras. Algo que no puedo llevarse a cabo por «imposibilidad de ejecución» y por «principio de eficiencia en el gasto público», según estimó el Tribunal Superior de Justicia.

El resultado está a la vista del público y para comprobarlo hay que acceder a la arena por un estrecho y oscuro pasillo al final del cual se ve la luz. Al hacer el recorrido uno se siente como Russell Crowe en esa escena mítica de la película «Gladiator» en la que al protagonista se le obliga a luchar en el Coliseo de Roma.

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