En Vídeo
En imágenes
Los motivos alemanes, descartadas la crueldad gratuita, el sadismo patológico y la conspiración antiespañola con la que un coro de los grillos recrea su ignorancia, son varios y se refuerzan entre sí
Decir que la semana ha sido densa, o tensa, es repetirse; lo que está siendo tenso es el decenio cuyo ecuador estamos transitando, en una UE que no acaba de integrarse ni de desintegrarse, bajo un BCE que duda entre la manguera y el secador, con un euro que no sabe si continuar con una velocidad o pasar a dos, frente a una crisis que empezó tratándose con la purga de Benito Keynes y acabará superándose mediante sangría de sanguijuelas, remedio ancestral recuperado por la medicina moderna.
Algo sabe Rajoy, cómo no va a saber. Pero como no es Octavio Aceves, no podía anticipar manguerazos de liquidez o chascos monetarios mientras al italiano e italianizante Draghi le ajustaban las tuercas los alemanes y germanizantes Weidmann y Roesler, presidente del Bundesbank y ministro de Economía, respectivamente. Los motivos alemanes, descartadas la crueldad gratuita, el sadismo patológico y la conspiración antiespañola con la que un coro de los grillos recrea su ignorancia, son varios y se refuerzan entre sí. A saber:
El marco jurídico del BCE, que le circunscribe al mantenimiento de la estabilidad de los precios; la tradición alemana, y no me refiero a las trenzadas cerveceras bávaras sino al imborrable estrés postraumático de la hiperinflación; el ciclo electoral alemán; los 60.000 millones de euros que Merkel lleva ahorrados gracias a la conversión, por contraste, de sus bunds en refugio de reacios al riesgo; la existencia de cauces previstos y bien definidos para sacar a los miembros del club euro en apuros de su estrangulamiento financiero, evitando que el BCE se convierta en prestamista de última instancia de los Estados, y me refiero al MEDE, cosa sin licencia bancaria en contra de lo alegremente publicado días atrás. Todas estas razones se entrelazan y adoptan la imagen de un agente de tráfico que desvía los vehículos español e italiano hacia el fondo permanente de rescate, un lugar donde el necesitado pide ayuda formalmente, firma un convenio y, a partir de ahí, obedece directrices macroeconómicas. Qui paga, mana, decimos aquí.



