Al nadador italiano Carlo Pedersoli, que ya ha cumplido 82 años, nunca le colgaron una medalla olímpica. Al actor Bud Spencer jamás le concedieron un Oscar.
A Carlo, tiempo después de salir de la piscina, le ofrecieron un papel de figurante en «Quo Vadis.» Luego le vieron con talla, barba y espaldas para los «espagueti western». Y le pusieron una condición: cambiar de nombre. Un duro del oeste no puede llamarse Carlo Pedersoli. Así que se rebautizó: a Carlo le gustaba la cerveza «Budweiser». De ahí lo de Bud. Y le tenía devoción al actor Spercer Tray. La suma de sus gustos enterró la denominación italina y alumbró una figura del celuloide: Bud Spencer, el gordo tiratortas de «Le llamaban Trinidad», el antiguo nadador olímpico en los Juegos de Helsinki 1952 y Melbourne 1956.
Sin Oscar ni oro, pero con historia de sobra. Entre Carlo y Bud hicieron de todo. Nadador, actor, trabajador de una constructora, bibliotecario, secretario de embajada, cantante, compositor, mal estudiante de Química... No está mal para un napolitano de buena familia que vio cómo los bombarderos aliados derribaban su hogar durante la II Guerra Mundial. A empezar de cero. A buscarse la vida en Sudamérica. A nadar en la piscina. Carlo, antes de ser Bud, fue el primer italiano en bajar del minuto en la prueba de los cien metros. Anchas espaldas, buenos brazos, grandes manos. Aún no lo sabía, pero ya preparaba su futura carrera de actor rompehuesos.
En los Juegos no pasó de las semifinales. Octavo en Helsinki; quinto en Melbourne. Eliminado siempre. Se consoló con el waterpolo, con el Lazio, al que hizo campeón de Italia. Cuando se sintió ya viejo para la piscina buscó fortuna en Sudamérica. Cantó, rodó documentales y acabó haciendo bulto -eso lo hacía bien- en películas. Ahí le pidieron que hiciera desaparecer el tinte italiano de su nombre. Y nació Bud Spencer, un tipo grande, con anchura para ganarse el pan en mil oficios, hablar seis idiomas y hacerse un pequeño hueco en las historia de los Juegos Olímpicos y el cine. Valía por dos. Carlo y Bud.
Una pareja divertida. Sin estatuilla a la mejor interpretación, pero con diálogos cinematográficos para troncharse. Como cuando Terence Hill, compañero de reparto en tantos filmes, le pregunta: ‘Oye, ¿serán caníbales estos indígenas? Y Bud responde: “Si lo son, conmigo se habrán hecho ilusiones”. Grande Bud.





