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La primera vez que te presentan una cuenta por 13.500 won impresiona. Luego, al echar la cuenta, se da uno cuenta de que el precio es más razonable. Por mucho que el euro esté en horas bajas, aún se cambia a unos 1.300 unidades de la divisa coreana. Así que mi primera comida en Seúl, en el aeropuerto de Gimpo, no salió por mucho más que 10 euros. Por ese precio comí uno de los clásicos de la gastronomía local, y no era perro, otro plato que forma parte de la tradición pero no es tan cotidiano. Se trataba de bulgogi, una mezcla de carne, arroz, algas y algún ingrediente más que no supe distinguir, aderezado por una endiablada salsa roja que, como no se dosfique bien, hace arder la boca. Se sirve acompañada con el inevitable kimchi, una verdura entre agria y picante que es omnipresente en la mesa coreana, algo así como para los españoles el pan. En las casas coreanas, incluso se sirve para desayunar.
Corea del Sur vive a caballo entre una tradición que le ha dotado a lo largo de la historia de una fuerte identidad como pueblo, defendida como ha podido frente a sus poderosos vecinos chinos y japoneses, y un fuerte desarrollo que en las últimas décadas amenaza sus raíces. De hecho, me cuentan al poco de llegar al país que el café está pegando fuerte y ya no todo el mundo se mete kimchi al cuerpo para empezar la mañana. Aparte de que en su dieta no solo haya entrado el café, sino también las hamburguesas, la pasión por la tecnología ha revolucionado la vida de los surcoreanos. Estos días se ha conocido que la penetración de internet sin cable de alta velocidad ha alcanzado el 100% por primera vez entre los países desarrrollados miembros de la OCDE.
Tras aterrizar en la capital surcoreana, aún tenía que coger otro vuelo hasta mi destino final, Yeosu, al sur del país, donde se celebra una exposición internacional sobre los océanos y que este miércoles celebra el Día de España. Antes de coger el avión, veo pasearse a alguna pareja de militares armados con metralletas que me hacen recordar que éste sigue siendo un país oficialmente en guerra con sus hermanos del norte, aunque un armisticio mantiene una frágil sensación de paz desde 1953. De vez en cuando surgen noticias que dan alguna vaga esperanza sobre una futura reconciliación. Sin ir más lejos, leo en el Korea Times que el presidente de la KBS, el principal canal de televisión del país, va a viajar a Pyongyang para tratar con los norcoreanos la cobertura de los Juegos Olímpicos, un hecho de lo más inusual y que puede ser una nueva vía indirecta de acercamiento. Ojalá.
Desde el aire, el área metropolitana de Seúl, donde se hacinan en torno a 20 millones de personas, me parece la unión de infinitas réplicas de Benidorm. Una sucesión interminable de rascacielos de apartamentos, prácticamente idénticos y pegados unos a otros, se extiende por un paisaje ultraurbanizado y que tiene una de las densidades de población más altas del mundo. Si para Camilo José Cela el Madrid de los años 50 era una colmena, qué le parecería semejante concentración humana. No me extraña que, como cuentan las noticias de la KBS, cada vez más jóvenes estén huyendo de las ciudades y regresando a probar fortuna como granjeros. Un tal Bang Gyu-seong, que ahora se dedica a cultivar setas, es uno de estos ex urbanitas que quería probar «algo nuevo» y que respondió a la llamada del campo, cuya demanda de trabajo especializado ha hecho que este éxodo de las ciudades se multiplicara por 2,8 el pasado año.
La llegada a Yeosu, ya de noche, me retrotrae a cuatro años atrás, cuando Zaragoza acogió una Expo muy parecida a la de esta ciudad surcoreana. Algunas de las infraestructuras hasta me parecen calcadas a las de la capital aragonesa. «¡Ooooohhhh!», suspira el masivo público que asiste al espectáculo nocturno, una combinación de juegos de luces, agua, fuego y música que sirve para poner la guinda a la jornada. Cerca de cinco millones de personas han pasado ya por este evento y el pabellón español, del que se encarga Acción Cultural Española, alcanzó este martes el medio millón. No obstante, la mayoría de ellos son coreanos, sin que parezca que haya interesado mucho más allá de las fronteras del país, como pasó con la Expo 2008 de Zaragoza.
Aquel año para España fue el del comienzo de la crisis que hoy nos mantiene al borde del colapso. Lo que pase con Corea del sur es una incógnita, aunque hace unos días se supo que su deuda de su sector público creció cerca de un 10% en el primer trimestre del año con respecto al mismo periodo del año anterior y es ya 2,6 veces el presupuesto del gobierno para este año. Quién sabe.






