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Guerra de propaganda en Siria

Régimen y oposición realizan operaciones de intoxicación que ocultan la realidad sobre el terreno

Día 16/07/2012 - 07.46h

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«¿Tú eres el que escribió lo de los libios dentro de Siria?», nos dice Omar Kilani, un antiguo miembro del Consejo Nacional Sirio y opositor de base. Se refiere al artículo publicado en ABC el pasado diciembre, que describía la presencia de revolucionarios libios en Yebel Zawiya, en el norte de Siria, tal y como pudo constatar este corresponsal.

Al responder que sí, sigue un rosario de acusaciones y amenazas: «¡Sé que eres un espía! ¿Cómo sabes que eran libios? ¿Si yo te digo que soy estadounidense, también lo escribes?», grita, furioso, Kilani. La situación se vuelve muy tensa, y abandonamos el lugar. Según nos explica otro miembro de la oposición, el problema es que el grupo de combatientes con los que ABC trabajó en diciembre continúa negando que el episodio de los libios haya ocurrido nunca, a pesar de haber sido corroborado también por la periodista francesa Edith Bouvier, posteriormente herida en Homs, que estuvo presente en el encuentro.

El reportaje de ABC, no obstante, fue posteriormente utilizado por el régimen sirio para tratar de sostener su tesis de que la insurgencia era en realidad una conspiración promovida por yihadistas extranjeros.

Pero este incidente es una muestra de que en Siria, como en toda guerra, ambos bandos están más interesados en la propaganda que en una información veraz. La imposibilidad de que los periodistas se desplacen con libertad por el interior del país ha convertido este conflicto en algo imposible de monitorizar de forma independiente. Los atentados en Damasco y otras ciudades, o matanzas como la de Hula, el pasado abril, o la de Tremseh la semana pasada, derivan invariablemente en cruces de acusaciones entre los contendientes, a menudo no verificables.

Montajes

Según aseguran algunos periodistas que han abandonado Siria, los medios informativos gubernamentales tratan de moldear la realidad para adaptarla a la versión del régimen. Yunis Alyusef, reportero de la cadena estatal Ad-Dunia que escapó a Egipto el pasado diciembre, relata, a modo de ejemplo, un truculento episodio en una fábrica de azúcar en Yisr Al Shugur. «Había informes de violaciones, y de que los oficiales del ejército estaban obligando a las mujeres a ir desnudas. Al día siguiente fuimos allí para negar estas noticias», explicó Alyusef en una entrevista en la CNN. «Colocaron a las mujeres [que trabajaban en la fábrica] a un lado, ignorando el otro. Filmamos la fábrica de azúcar como si nada estuviese ocurriendo, pero la otra parte del edificio estaba totalmente quemada. Algunos hombres estaban totalmente cubiertos de sangre, y había doctores atendiendo a los prisioneros, a los que estaban golpeando y torturando», afirmó.

En el mismo sentido se expresa Ghatan Sleiba, periodista del canal Al-Ijbariya, quien hace dos semanas huyó a Turquía, y que asegura que dicho canal prepara los testimonios de los ciudadanos entrevistados. «Hablamos con la gente antes de entrevistarla. Los ciudadanos sirios no saben nada, no saben qué decir. Nosotros les indicamos lo que deben decir frente a las cámaras de televisión, para obtener el mejor reporte posible», indica Sleiba. «Por ejemplo, les pedimos a los entrevistados que nos digan que ellos apoyan a Bashar Al Assad y que siempre lo respaldarán. Lo hacemos para complacer a las autoridades que nos vigilan», asegura en una entrevista con la BBC.

La sede de Al-Ijbariya fue atacada por un grupo armado, que asesinó a media docena de empleados y secuestró a otros nueve. El atentado fue posteriormente reivindicado por el Frente Al Nusrah para los Pueblos del Levante, una organización yihadista vinculada a Al Qaida.

La verdad, primera víctima

Pero tampoco la información proporcionada por los opositores es totalmente fiable. Muchos ciudadanos sirios se han jugado la vida de forma heroica para filmar las manifestaciones y los combates, y proporcionar imágenes y datos a la prensa internacional. Sin embargo, algunos de estos vídeos han demostrado ser inexactos, cuando no directamente falsos. Es el caso de unas imágenes que, según los opositores que las colgaron en internet, mostraban un helicóptero presuntamente capturado al ejército sirio. En realidad, la aeronave, como se demostró posteriormente, estaba en un museo militar de Ucrania. «Hemos realizado un gran esfuerzo de información, pero no todo lo que contamos a la prensa es cierto. Algunas operaciones de propaganda han sido muy exitosas», confesó recientemente a ABC el responsable en Estambul de una red opositora siria en el interior, con buenos contactos entre la prensa internacional.

Lo mismo ocurre con las informaciones sobre civiles muertos. Aunque grupos como el Observatorio Sirio de Derechos Humanos han probado su profesionalidad y su cautela a la hora de proporcionar datos a los medios, algunos elementos resultan conflictivos. Es frecuente, por ejemplo, ver cómo diarios de todo el mundo citan las palabras de un tal Rami Abdel Rahman, portavoz del OSDH, con base en Londres. El problema es que esta persona no existe: es un seudónimo utilizado de forma colectiva por los miembros del Observatorio, para proteger a sus fuentes, según se vieron obligados a revelar recientemente. Además, el OSDH realiza diariamente un recuento de los muertos en todo el país, que, según sus cifras, ya superan los 17.000, entre ellos más de 11.800 civiles. Pero, como admiten los miembros del Observatorio, estos «civiles» incluyen a aquellos miembros de la insurgencia sin formación militar, y que, por tanto, no pueden ser incluidos en la categoría de «desertores».

El plan de paz propuesto por Kofi Annan, enviado especial de la ONU y la Liga Árabe para Siria, contempla como uno de sus puntos la libertad de movimientos para periodistas extranjeros en el interior del país. Pero mientras esto no se cumpla, la información sobre este conflicto seguirá dependiendo de lo que revelen ambos bandos, que es, demasiado a menudo, pura propaganda.

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