Cuando hablamos de voluntariado no inventamos nada nuevo. La solidaridad siempre ha estado en pugna con el egoísmo que hoy parece presidir amplios sectores de nuestra civilización. La solidaridad intelectual y moral, expresión feliz de la carta fundacional de la Unesco define cabalmente el interés final del voluntariado que promovemos. En esto consiste el disfrute de nuestros voluntarios que sienten la necesidad de respirar hondo y trabajar en equipo.
La constitución de la Unesco de 1946, y la declaración de derechos humanos de 1948 guían nuestros pasos, sin rebajar las exigencias básicas que hacen digna la vida humana. No necesitamos narcóticos para hacer la existencia soportable: remedios fáciles para alejarnos del sentimiento de fracaso y frustración.
Marta Nussbaum (La fragilidad del bien), reciente premio Príncipe de Asturias, acude a los clásicos para explicar la realidad. Para cumplir las órdenes de un adivino, de un iluminado, Agamenón sacrifica a su hija Ifigenia. Una creencia fría, supersticiosa, acaba con la vida de una muchacha inocente. El hombre postmoderno desconfía de la verdad, de contenidos fuertes. Si se encuentra ante convicciones surge el fantasma del fundamentalismo. De ahí la tendencia a eliminar lo sobresaliente, el odio a la excelencia, el miedo a la verdad. ¿Cómo va a haber verdad si todas las opiniones son respetables? No es así. No todas las opiniones son todas respetables. Las personas siempre lo son. La tolerancia no se funda en el relativismo respecto a la verdad, sino en el respeto a la persona. Proponer la verdad es un deber, imponerla es intolerancia. Integrismo es tratar como inmutable algo que puede cambiarse.
Educar es la gran tarea. Y educar en tiempo de ocio, la llamada educación no formal, es ocasión inapreciable del educar para la vida, invirtiendo la inercia de la gravedad apostando por la cultura de la vida.



