Toledo

Toledo / viii CENTENARIO DE LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

El lunes de las Navas. In communi causa (y IV)

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Día 15/07/2012 - 20.33h

Cuando hablamos de voluntariado no inventamos nada nuevo. La solidaridad siempre ha estado en pugna con el egoísmo que hoy parece presidir amplios sectores de nuestra civilización. La solidaridad intelectual y moral, expresión feliz de la carta fundacional de la UNESCO define cabalmente el interés final del voluntariado que promovemos. En esto consiste el disfrute de nuestros voluntarios que sienten la necesidad de respirar hondo y trabajar en equipo. No nos conformamos con menos.

La constitución de la UNESCO de 1946, y la declaración de derechos humanos de 1948 guían nuestros pasos, sin rebajar las exigencias básicas que hacen digna la vida humana. No necesitamos narcóticos para hacer la existencia soportable: remedios fáciles para alejarnos del sentimiento de fracaso y frustración.

Marta Nussbaum (La fragilidad del bien), reciente premio Príncipe de Asturias, acude a los clásicos para explicar la realidad. Para cumplir las órdenes de un adivino, de un iluminado, Agamenón sacrifica a su hija Ifigenia. Una creencia fría, supersticiosa, acaba con la vida de una muchacha inocente. El hombre postmoderno desconfía de la verdad, de contenidos fuertes. Si se encuentra ante convicciones surge el fantasma del fundamentalismo. De ahí la tendencia a eliminar lo sobresaliente, el odio a la excelencia, el miedo a la verdad. ¿Cómo va a haber verdad si todas las opiniones son respetables? No es así. No todas las opiniones son todas respetables. Las personas siempre lo son. La tolerancia no se funda en el relativismo respecto a la verdad, sino en el respeto a la persona. Proponer la verdad es un deber, imponerla es intolerancia. Integrismo es tratar como inmutable algo que puede cambiarse.

Tras los horrores de dos guerras mundiales, se reconocieron en 1948 unos pocos Derechos Humanos, intangibles, de validez universal para «lograr la aspiración más elevada del hombre: el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y libertad de creencias» (preámbulo, 2). Pues bien, aún en las naciones que se autodenominan «civilizadas» asistimos a una erosión flagrante de algunos derechos: «el derecho a la vida (art 3), al reconocimiento jurídico de todo ser humano (art. 6), a la igual protección frente a la discriminación (art 7), a no ser objeto de injerencias en la vida privada o familiar (art 12), a la protección por parte de la sociedad y del estado de la familia como elemento natural y fundamental de la sociedad (art 16), al pleno desarrollo de la personalidad…para el que los padres tienen derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a los hijos (art 26)».

Educar es la gran tarea. Y educar en tiempo de ocio, la llamada educación no formal, es ocasión inapreciable del educar para la vida, invirtiendo la inercia de la gravedad apostando por la cultura de la vida. A veces es preciso salir al paso de las ideologías que pretenden colar sus consignas por la puerta falsa, reinterpretando los grandes acuerdos universales, a través de normas posteriores que no cuentan ni con la aceptación universal de los primeros, ni con el amparo que concede el derecho natural. Cuando se rebaja la exigencia de los derechos humanos se produce un gran retroceso social, se produce una pérdida de dignidad para los ciudadanos, una desmoralización general. Esta realidad no tiene por qué desesperanzarnos. La humanidad evoluciona lenta y torpemente y en su camino a veces acierta y a veces yerra. El voluntariado cultural es un lugar cálido donde manejar la sana rebeldía, señalando los actuales disfraces de la ignorancia: la ambigüedad, la miseria ética, la instrumentalización, los reduccionismos, los contravalores.

Las ONGs deben promover lo mejor de la sociedad. Y más si son de extracción universitaria. Podemos influir en el actual modelo de juventud: consumidora, mimada, en un mundo sin muertes ni problemas, sin apenas proyectos vitales de compromiso, sin raíz comunitaria. Un modelo social así, más implícito que explícito, más lleno de buenos deseos y espejismos ideológicos que de procedimientos y realidades funcionales… ¿juventud sometida a maltrato cultural? Creemos que sí.

Con todo, no caigamos en la tentadora cultura de la queja. Viene de lejos: «Sufro, alguien debe ser el causante. Así razonan las ovejas enfermizas. Hay placeres para el día y placeres para la noche. Hemos inventado la felicidad, dicen los últimos hombres y parpadean» (Nietzsche). Es hora de que Occidente defienda junto los derechos humanos las obligaciones humanas que llevan aparejados. La sociedad ha demostrado tener escasas defensas contra el abismo de la decadencia humana, incapaz para defenderse de la corrosión de lo perverso (Solzhenitsin en Harvard). T.S. Eliot (nobel, 1948) se encontró con el encargo de dictar una conferencia en plena guerra mundial, cuando las bombas volantes se estrellaban a diario sobre Londres. Todos esperaban del escritor una intervención que conjurase el horror cotidiano. La sorpresa fue mayúscula cuando el tema elegido por el autor de Cuatro cuartetos no fue otro que la educación, propuesta como la más esencial de las tareas, si queremos sembrar futuro.

Hoy como ayer nos jugamos casi todo. Se habla insistentemente desde hace algunos años de emergencia educativa. Y emergencia, no lo olvidemos, significa que la vida misma está en peligro. Como el lunes de Las Navas. El voluntariado, a través de una labor tan modesta como ambiciosa, crea tejido social, pone en relación individuos inquietos, inconformistas, a aquellos cree que puede hacer algo más por el mundo que le toca vivir y no dan ninguna batalla por perdida.

In communi causa omni homo miles. Conviene nutrirnos de los clásicos: «En la causa común todo hombre se hace soldado». El individuo atomizado deja de serlo, abandona su castillo y se pone al servicio aquello que percibe como valioso. Quien pone a disposición su talento, se motiva, crece, se pone en órbita; emerge todo el potencial de quienes devuelven a la sociedad su rostro más humano. Es la hora del voluntariado.

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