En Vídeo
En imágenes
«Sin duda la revolución le sentó bien a Vigo. Un cañonazo, desde el Castelo do Castro, el 30 de septiembre de 1868, avisó de la sublevación de las tropas y una tromba de gente entró en el Ayuntamiento dando vivas a la libertad. El retrato de Isabel II que presidía el salón de plenos voló por el balcón y se constituyó una junta revolucionaria. Desde entonces la ciudad no fue la misma y la demostración es que unos meses más tarde desapareció definitivamente la muralla y la población, cada vez más numerosa, pudo por fin expandirse hacia barrios extramuros como el del Arenal...».
El título de este nuevo paseo por la Avenida Atlántida me lo facilitó Carlos García Santa Cecilia la tarde del domingo en uno de esos barrios burgueses de Madrid en los que el verano hace que la política parezca todavía más desmayada que el resto del año y más vanos los afanes por enderezar el curso de las cosas. La estampa revolucionaria la plasma Carlos en un precioso volumen que acaba de botar como una botella con mensaje: Tres viajes extraordinarios a bordo de tres naves temerarias.
Santa Cecilia evoca las historias de tres navíos que dejaron huella en la realidad y en la ficción: el Nautilus, la Arapiles y el Titanic. Nos enamoramos de la primera porque evoca el 18 de febrero de 1868, cuando el submarino de Nemo se posó en el lecho de Rande para saquear los tesoros de los galeones, y la visita del propio Julio Verne a Vigo la víspera del Cristo de la Victoria, el 1 de junio de 1878, «a bordo de su nuevo y reluciente yatch de casco negro Saint-Michel III».
Quería ver con sus propios ojos la ría que hizo surcar al ingenio náutico de sus 20.000 leguas de viaje submarino.




