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Con los años, se aprende a contemporizar. Fui anti-todo. Ya no. Ni siquiera antitaurino. Lo pensaba el otro día mientras un grupo de ecoanimalistas protestaba contra una corrida de toros (sosegados, afeitados, adaptados a la benevolente afición) enquistada en las fiestas de Sarria. A Sarria, vaya por Dios, le colgaron un día el alias de «La Sevilla gallega» y de entonces le quedó cierto recuelo de chabacanería andalucista, como la que despliegan algunas tabernas luguesas con su remedo de Feria de Abril jaleada con palmas, farolillos, fino y jamón. Estas cosas deberían soliviantar a cualquiera que no fuese superlativamente hortera, pero resulta que solo exasperan a unos cuantos nacionalistas, por aquello de la deturpación de las esencias patrias, y a otros cuantos ecozoologistas, por aquello de la carnicería como espectáculo y demás argumentos aprendidos en Eugenio Noel, Manuel Vicent y otros santos padres.
No me gustan los toros. Mejor dicho: no me gustan los toreros. Un prejuicio político lo admito: los veo saludando a la romana. Desde Lalanda, el del famoso pasodoble, a El Algabeño, que fue guardaespaldas de Queipo de Llano. Pero sentada mi abúlica desafección, me gustaría que el vocinglero pancartismo del otro día en Sarria mostrase tanto pundonor en la defensa de los derechos del pacífico capón de Vilalba como el que pone en la de los toros bravos de Extremadura y Andalucía. Entre otras razones, porque nos queda más cerca. Y la tortura a la que se somete al capón de Vilalba (castración, inmovilidad, engorde a la fuerza) es más cruel y duradera que la que padece el toro de lidia. Aunque, eso sí, menos arriesgada: al capón no se le concede la posibilidad de defenderse y llevarse por delante al cebador. Por lo demás, ambos tormentos persiguen la igual finalidad: pasarlo bien. Unos en los tendidos de sombra y otros en la mesa de Navidad.





