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Afrontamos nuevos problemas con viejos esquemas mentales; la crisis intelectual corre pareja con el desconcierto económico imperante. Entendimos Lo Público como el espacio privilegiado de la solidaridad, la contracara del egoísmo de Lo Privado, ese espacio con licencia para la depredación y la inhumanidad. Pero se trataba de un falso dilema, Lo Público se nutría con la savia de lo privado, que absorbía vía impuestos y cargas a lo considerado como espacio selvático por excelencia.
Para una Comunidad como Galicia, Lo Público era la gran esperanza para compensar las desventajas heredadas. Su anhelo fue trucado, desplazado al mundo exterior, concebido como esfuerzo económico a cargar sobre las espaldas de otros pueblos de España, así como de la obligada generosidad de los fondos europeos. El éxito ideológico del galleguismo y del nacionalismo -independientes de su plasmación política y electoral- se entiende por esta huida de responsabilidades internas. ¡Que nos salven los demás!, fue la consigna dominante en nuestra tierra.
Lo mismo aconteció en España en la vacilante trayectoria democrática, cuando los recursos europeos representaron el maná reparador de las carencias nacionales para asentar nuestras infraestructuras de cohesión y desenvolvimiento.
Por eso despilfarramos y mal asignamos, como siempre ocurre cuando no utilizamos los recursos propios, los medios ganados por el sudor de nuestra frente. El ladrillo, el ineficiente estado de bienestar, la industrialización subvencionada y trucada, los servicios regulados, la educación y la innovación intervenidas… lo público y la privado se maridaron sostenidos por la invisible palanca de apoyo exterior que llegaba en forma de inversiones extranjeras, subvenciones europeas y, en los últimos años, préstamos masivos. Un modelo fatal asentado en un laberinto de barro.
No nos entendimos como una sociedad de todos, interdependientes y mutuamente necesarios, sometidos a las complejas leyes del Bien Común; ese principio casi instintivo, en cierta medida tribal, que intuimos desde la infancia. Donde no importan las clasificaciones administrativas ni las etiquetas, sino la vida en común. Tenemos que vernos con los desnudos ojos de la verdad.
Hay que revisarlo todo y parir nuevas reglas de una nueva Constitución Económica práctica. Que exige cambiar lo público para que no bloquee la generación de riqueza de lo privado realmente competitivo; y cambiar el intervencionismo en lo privado para que se libere de trampas e ilusiones y se enfrente a la naturaleza real de la incertidumbre de los nuevos tiempos. Ya hemos consumido las viejas oportunidades y no hay margen para los aplazamientos.
Por ironía de la historia, es un gallego, procedente de un área menos avanzada, como Mariano Rajoy, quien ha de afrontar las tareas más difíciles del cambio histórico en España. Al igual que ha sido otro gallego, Alberto Núñez Feijóo, quien ha comenzado el proceso de ruptura de los esquemas convencionales heredados en materia de política económica y acción colectiva. Nuestro pueblo ha estado serio y sensato, arropando con votos masivos una delegación de poder para regenerarlo todo.
Europa no nos apartará este cáliz. El BCE ha sobreactuado en asuntos monetarios y está sin márgenes; los demás países comparten problemas de sobreendeudamiento y articulación del complejo desiderata de austeridad, desapalancamiento y crecimiento. Habrá que comprometerse a los enormes desafíos por venir, sin anteojeras ideológicas de lo público y lo privado, porque solo contará Lo Común, lo que funciona a base de trabajo eficaz, competente y responsable, regido por unas nuevas reglas de actuación con principios, disciplinadas a la verdadera calidad. No se puede fallar.





