Un nuevo centro cultural ha comenzado a latir en Madrid. No se parece en mucho a los que ya existen, a pesar de tener un nombre familiar: Casa del Lector. No es para el escritor, ni para el editor, salvo porque también ellos pueden ser lectores. Sus futuros usuarios estarán dulcemente forzados a tirar de imaginación. No es una bibliotecayni siquiera está limitado a los libros. Porque la lectura es, literalmente, un puente entre las cosas, y es también, qué duda cabe, un laberinto. ¿Cuántas cosas pueden ser unidas por un puente, cuantos laberintos podemos habitar?
La Casa del Lector será un lugar para perderse y encontrarse a partir del próximo otoño. Sus 10.000 metros cuadrados en el Matadero de Madrid están perfectamente diseñados para seducir a los navegantes y trizar los prejuicios de quienes ven la lectura como un limitado afecto por la letra impresa. Su director, César Antonio Molina, acompaña a ABC en este primer paseo por las dos naves y el auditorio. Pisamos un antiguo edificio industrial adaptado por el arquitecto Antón García Abril a los sueños de Germán Sánchez Ruipérez.
En medio de la crisis sorprende asistir al nacimiento de un proyecto tan ambicioso. El coste total de la puesta en marcha de la Casa del Lector es de 26 millones de euros, que la Fundación creada por el gran editor de Anaya, siempre volcado con el estudio y fomento de la lectura, concebía como un sueño. A él está dedicado un muro que recuerda los hitos de su carrera, junto a un retrato en relieve creado por Julio López Hernández.
Muy cerca está el espacio llamado a convertirse en el lugar para compartir experiencias muy diversas: el auditorio del centro, la antigua nevera del matadero, cuya gélida estructura ha mantenido el arquitecto, aunque combinada con una cálida iluminación. Tiene una pantalla led de 10 x 4 metros. Al lado está el despacho de la nueva presidenta de la Fundación, Isabel de Andrés Bravo, elegida el pasado día 28.
Dos naves y el lector
Pero el cuerpo central son las dos naves, unidas por las inmensas vigas que vuelan como puentes de 100 metros. García Abril destaca cómo estas enormes y pesadas estructuras se han amoldado bien al edificio industrial, al que respetan, y permiten crear espacios de cierta intimidad con escala humana pero manteniendo la conciencia de la nave completa. «Son dos lecturas del mismo espacio», afirma con complicidad, mientras recuerda que ese diálogo con el cliente (primero con Sánchez Ruipérez y Antonio Basanta, vicepresidente y director general de la Fundación, y con Molina más tarde) hizo posible este proyecto «abierto». «Con certezas nos habríamos equivocado», insiste el arquitecto, «el edificio continuará acomodándose a las bases espaciales y al programa».
El edificio continuará acomodándose a las bases espaciales y al programa»
Sobre las aulas y los puentes, espacios de trabajo y lectura conectados a la banda ancha que la institución ofrece. Y librerías con los 50.000 volúmenes de la colección de literatura popular de Fernando Eguidazu. Al otro lado de los puentes, en la nave de exposiciones, esperan mil sorpesas. Para empezar, la «nube» de los niños, un espacio con módulos que forman teatrillos y refugios, como un «lego» gigante, donde el proselitismo lector alcanza al sonido: «Cartografías sonoras», el primer proyecto que ayudará a los peques a guiarse por el ruido en sus formidables laberintos.
Precisamente el laberinto protagonizará la primera gran cita de la sala de exposiciones que se verá en octubre. Comisariada por Francisco Jarauta, arrancará con una escultura de letras antropomorfas de Jaume Plensa, seguida de motivos del palacio de Cnosos y petroglifos de Galicia, láminas de Cajal y proyecciones de Charles Sandisson...





