Paul Watson (Toronto, 1950) fue, a principios de los 70, uno de los pioneros del Sierra Club que ayudaron a organizar Greenpeace. Más tarde, y por desavenencias con la organización, que no aprobaba el ecologismo radical que Watson propugna, éste funda la sociedad de conservación Sea Shepherd, desde donde se dedica, por ejemplo, a acosar a los barcos balleneros japoneses lanzándoles botellas de ácido butírico (bombas fétidas).
Hoy, su organización cuenta con cuatro barcos y recibe a 120 voluntarios anuales. Esta entrevista se realizó durante la visita de este incorruptible héroe de la conservación a la feria de buceo Dive Travel Show de Madrid, justo antes de que Watson fuera detenido en Alemania, donde permanece bajo control judicial a la espera de que se decida una posible extradición a Costa Rica, país que le acusa de «violación del tráfico marítimo» por un incidente ocurrido en sus aguas en 2002.
-Desde que, en 1971, empezó a patrullar los océanos ha aumentado la protección legal pero también las amenazas, ¿cree que los mares están más protegidos ahora o entonces?
-Me crié en un pueblo de pescadores en Canadá Oriental durante la década de los cincuenta y los sesenta y he visto cómo todo -peces, aves, mamíferos marinos- ha disminuido constantemente. Sí, ahora hay muchas más reglas, pero son intrascendentes ya que no se aplican, lo cual es frustrante. El océano está en problemas y no creo que la gente comprenda realmente la severidad y las consecuencias de esto. Si los peces desaparecen, las aves y los mamíferos desaparecen, los océanos morirán. Y si los océanos mueren, nosotros moriremos.
-En sus inicios tenía sentido perseguir con barcos, como el Rainbow Warrior, a flotas balleneras, eran un enemigo específico. Sin embargo, hoy en día hay riesgos para el océano como la acidificación o la eutrofización que son tan invisibles como globales, ¿han pensado en implementar otras estrategias?
-Sea Shepherd es una organización contra la caza furtiva, eso es lo que hacemos. Intervenimos contra actividades ilegales, no nos dedicamos a protestar. No estamos aquí para combatir la acidificación del océano o el calentamiento global, estamos para evitar la matanza de ballenas y la pesca ilegal. Nuestra especialidad, en lo que nos centramos, es patrullar. La fuerza de cualquier movimiento debe estar en la diversidad. Otras organizaciones están haciendo otras cosas, con diferentes tácticas. En lo que se refiere a la acidificación y el cambio climático, no hay mucho que se pueda hacer. La gente no va a dejar de conducir sus coches, no va a dejar de tomar aviones, nadie se lo va a tomar en serio hasta que sea absolutamente demasiado tarde.
-¿Cómo afecta a los océanos el tener a siete mil millones de personas en tierra firme?
-Mientras la población sube, los recursos disponibles bajan y la biodiversidad baja. Hay tres reglas básicas en ecología: la ley de diversidad, la ley de interdependencia entre dos especies y la ley de que el crecimiento está limitado. Si sobrepasamos la capacidad de algunas especies, cuando nosotros crecemos, ellos desaparecen. Y aquí entra en juego la ley de interdependencia: necesitamos esas especies o no sobreviviremos. El problema es, y siempre será, el mismo: hay demasiada gente y pocos recursos, ¿y dónde paramos? ¿Siete mil millones, ocho mil millones, veinte mil millones de personas? Esto tiene que parar en algún punto. En 1972 fui a la conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente en Estocolmo. El punto número uno en la agenda era cómo controlar el crecimiento de la población humana. En 1992 fui a la conferencia de Naciones Unidas en Río de Janeiro y no hubo una sola mención sobre el tema.
-¿Cree que el ser humano aún no ha comprendido su papel como especie?
-La gente se enfada conmigo porque digo que los gusanos son más importantes que los humanos: «¡Dios mío, cómo puedes decir eso!» Lo digo porque es verdad: nosotros necesitamos gusanos, insectos, peces y tiburones para sobrevivir, pero ellos pueden vivir sin nosotros. Cuando comprendamos el valor de estas especies podremos hacer algo. Ahora mismo, la sociedad humana es antropocéntrica, todo lo que nos preocupa son las cosas humanas. Fantaseamos con que todo ha sido creado para nuestro disfrute. Es una combinación de ignorancia y arrogancia.
-Según usted, ¿somos una plaga para el planeta?
-Me han criticado mucho por decir que los humanos somos el sida de la Tierra. Estamos haciendo daño al sistema inmune del planeta, imposibilitando que se cure a sí mismo, porque lo mantenemos siempre en estado debilitado. Pero a lo largo de la historia del planeta, cualquier especie que no ha vivido de acuerdo a esas tres leyes de la ecología se ha extinguido, y lo mismo nos ocurrirá a nosotros si no cambiamos.
-Se cree que nuestros mares estarán, en unos años, infestados de algas y medusas, ¿ha tenido la posibilidad de ver desde su barco esta tendencia?
-Oh, claro que lo he visto. El problema es que tenemos una capacidad increíble de adaptarnos a la disminución. Cuando las cosas empeoran, las nuevas generaciones olvidan cómo era todo antes. Por ejemplo, el turban es un pez que los pescadores de hace 30 años tiraban directamente al mar, era basura. Hace poco lo he visto en un mercado de París a 27 euros el kilo. En 1965 nadie creería que en el futuro la gente compraría agua embotellada por un precio mayor que el de la gasolina. Y lo hacemos.
-De hecho, hay flotas pesqueras que antes recogían ostras o gambas y han tenido que especializarse en pescar medusas, que venden al mercado chino.
-Sí, pero algún día la medusa desaparecerá también. En tierra firme jamás toleraríamos lo que le hacemos a los océanos. No hay diferencia entre un atún rojo y un leopardo, salvo que uno vive en el mar y otro en tierra. Pero eso no nos echa para atrás a la hora de matar atunes rojos. Es obsceno que se siga permitiendo su matanza.
-¿Ha perseguido a muchos barcos españoles?
-España tiene una de las flotas pesqueras más grandes y a buen seguro una de las más destructivas. También es una de las mayores fuentes de aleta de tiburón para el mercado oriental.


