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«Manolo, has sido tú». Con tacto, pero con firmeza los investigadores trataron de acorralar a José Manuel Fernández Castiñeiras, el ladrón del Códice Calixtino, cuando ya tenían claro que él era el autor. Pero Manolo, hosco y de pocas palabras, ni se inmutaba.
«Se limitaba a agachar la cabeza y no decía nada», ha explicado el comisario jefe de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEV Central), Serafín Castro, en una rueda de prensa en la que ha desgranado los entresijos de la compleja investigación del manuscrito.
«A ver si van a quemar el Códice», le insistieron hace unos meses. Y Manolo se revolvió y le traicionó el subsconciente: «No, no, el Códice no está quemado». No asumió su responsabilidad, pero como ironizó el comisario Castro «las sospechas ya eran algo más que sospechas». Y esas existieron desde el primer momento, cuando al revisar las cámaras de seguridad de la catedral de Santiago se vio a Manolo saliendo un 4 de junio con un tres cuartos y mirada aviesa del templo con toda la pinta de ocultar algo bajo la prenda de manga larga.
Todo apunta a que el robo del Códice fue una venganza personal contra el deán de la catedral, José María Díaz, pero ese es el último acto de años de robos de dinero perpetrados en el propio templo, aunque el comisario no confirmó este extremo porque aún se investiga la procedencia del dinero: 1.100.000 euros, por una parte, y otros 30.000 en dólares. Sí lo ha hecho de forma más o menos tácita el deán.
Lujosas adquisiciones
Con esos hurtos, el electricista había adquirido dos pisos en los últimos años pagados a tocateja. Uno, justo enfrente de su casa en Milladoiro donde vive su hijo y la novia de éste, y otro, su capricho, un ático en la playa pontevedresa de La Lanzada adonde se escapaban todos los fines de semana Castiñeiras y esposa. En plena investigación, los agentes de la Brigada de Patrimonio Histórico detectaron que el sospechoso intentó adquirir otra vivienda que costaba 300.000 euros y que, por supuesto, tenía pensado abonar al contado. No llegó a cerrarse el trato, pero no por falta de dinero como han evidenciado los registros.
Mañana a primera hora, el electricista, su mujer y su hijo pasarán a disposición judicial, mientras que a la novia se le tomó declaración y fue puesta en libertad. Tendrá que comparecer cuando el juez lo decida. Los investigadores están convencidos de que los tres miembros de la familia conocían el robo, si no del Códice, que probablemente también, sí del dinero amasado de forma tan poco convencional.










