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El ciudadano Fernando Urdiales llevaba la utopía permanentemente en la mochila. Triunfo y fracaso mano a mano. Así transcurrió la vida de este creador que creyó en los retos imposibles, a lo grande. A este perfil responde Un hombre llamado teatro, un relato de centenar y medio de autores que centran sus trabajos literarios y gráficos en la singularidad de un personaje, clave en la cultura de Castilla y León.
Convencido de que el teatro era un arma cargada de futuro, de reflexión y salud social, Fernando Urdiales luchó denodadamente para que el arte dramático fuera accesible al gran público al estilo de Federico García Lorca con el proyecto de La Barraca. Para conseguirlo, renunció a su profesión de médico y logró armar la compañía profesional Teatro Corsario «con vocación universal» que, con el tiempo, se convertiría en la decana de España de teatro clásico.
Formado en el teatro universitario, este monje del teatro inició su actividad profesional en el teatro contemporáneo, de fuerte contenido vanguardista. Pero a la vista de que su apuesta escénica solo era seguida por un puñado de adeptos —eso sí, muy entusiastas—, y de que las escasas funciones de montajes como Sin abuso de desesperación, A la caza del Snark, Para terminar con el juicio de Dios o Insultos al Público apenas suponían ingresos para la compañía, cambió el rumbo con una medicación de choque.
Con 35 años, dejó las vanguardias para adentrarse en el terreno del teatro clásico desde el autodidactismo. La reconversión generó críticas de involución, ciertas dudas, pero la decisión estaba tomada siguiendo el ejemplo de países como Alemania, Francia o Italia donde los autores clásicos eran un valor seguro entre especialistas y espectadores.
Años después se ha visto que esta especialización en los autores del Siglo de Oro español le ha valido el reconocimiento general y que sus espectáculos han recorrido los festivales de medio mundo llevando como banderas lucidez, rigor e independencia.
Quedarse, una opción
La tenacidad de sus planteamientos, junto a la de otros compañeros, sirvió para crear la asociación de empresas de las artes escénicas de Castilla y León, ARTESA, que defiende los intereses de la profesión. Fernando Urdiales se fue sin que viera la luz una de sus mayores bregas para conseguir un sistema de apoyo al teatro profesional, a partir de un Instituto de las Artes Escénicas de Castilla y León.
El gestor cultural, Miguel Ángel Pérez Maguil, recuerda que la base de la petición del director de Corsario era asegurar «una estructura estable de financiación artística pública y no estar al albur de las decisiones de la persona que cada cuatro años se hacía responsable de las riendas culturales de la Comunidad».
Tras muchos esfuerzos, Urdiales consiguió que la Junta firmase un convenio con Teatro Corsario Castilla y León como compañía residente para promocionar la imagen de la región, aunque su dotación económica fuera exigua. Entre los profesionales de la Comunidad chocaba su frecuente autismo en relación con las propuestas escénicas de los colegas, pero nadie discutía su talento y sus aportaciones a la renovación de la escena clásica española.
Instalado en la periferia, el que fuera director de Corsario durante casi 30 años optó por quedarse aquí, pese a las voces que le aconsejaron «irse fuera» o «hacer pasillos» en Madrid. Frente a la paradoja de que no le ofrecieran dirigir algún montaje con los actores de la Compañía Nacional de Teatro Clásico o que condujera elencos con otras compañías de teatro clásico de calidad, la subdirectora general de Teatro del INAEM, Cristina Santolaria, define a Fernando Urdiales como un «aglutinador de saberes escénicos» y « profundo conocedor de nuestra tradición teatral».
Último aplauso
La publicación ahora de Un hombre llamado teatro es una apuesta de la sociedad civil hacia un tipo para el que, al término de su última y definitiva función, reclama aplausos por una labor que nunca podremos compensar.
Con este libro, escritores, profesores de universidad, fotógrafos, profesionales de las artes escénicas, programadores, periodistas e ilustradores han hecho público su particular reconocimiento a una intensa militancia política y profesional. El entusiasmo de un payaso serio al servicio de los intereses generales.







