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VALENCIA es desde hoy la capital europea de la psicoterapia. Los mejores especialistas del continente, entre ellos, Adela Cortina, se dan cita en el Palacio de Congresos para exponer que la psicoterapia puede ser más efectiva que el uso exclusivo de fármacos ya que los pacientes los rechazan por sus efectos secundarios. Como dice el lema del Congreso, no hay salud, sin salud mental y, en la actualidad, este trastorno es la enfermedad más común de Europa. De hecho 164 millones de personas en la UE lo sufren en el transcurso de un año. Es decir, afecta a uno de cada tres adultos.
Los psicoterapeutas se dan cita hasta ese sábado para demostrar su eficiencia tanto en los resultados del tratamiento como en su coste económico, inferior desde luego al farmacológico. Además, un caso bien tratado puede salvar una vida. Las enfermedades mentales son la principal causa de los 58.000 casos de suicidio en Europa, una cifra más alta que la de los accidentes mortales de carretera. El coste se sitúa en el 4 por ciento del PIB europeo como resultado directo de las incapacidades laborales, el propio tratamiento médico y su jubilación precoz.
La Universidad Internacional Valenciana (VIU) es, entre otras, una de las entidades que apoya la celebración del Congreso. No en vano la VIU ha potenciado este año su oferta educativa con el nuevo Grado de Psicología enfocado fundamentalmente hacia la salud y el Máster de Terapias de Tercera Generación que precisamente va dirigido a la formación de psicólogos y psiquiatras para desarrollar técnicas «menos agresivas».
HUBO un tiempo en que los horneros de nuestros pueblos, acabadas sus funciones de cocer el pan y los más sabrosos y variados alimentos de su vecindario, se encaminaban hacía el monte con un par de animales de carga, para aprovisionarse de materia prima vegetal, el combustible para su negocio. Talaban y recogían con tiento y sabiduría ramas de pino, aliagas, lentiscos y romeros, que con pericia cargaba a los lomos de las caballerías. Así fue durante años y siglos. En el Ontinyent de mi infancia todavía en la segunda mitad del pasado siglo, era la mujer la que amasaba su propio pan, al menos un par de veces por semana, que cocía en el horno más próximo a su casa. Un horno encendido con leña de monte que aportaba su olor característico a aquellas benditas hogazas.
Nuevas tecnologías y combustibles alteraron el modo de cocinar, de modo que los horneros se quedaron sin trabajo. Al día de hoy apenas si sobreviven unos pocos en toda la Comunidad Valenciana. Sólo en algunas pequeñas poblaciones es posible encontrar un horno en activo. Desaparecieron los horneros que con su trabajo ayudaban a proteger el monte de los excesos de vegetación. Desaparecieron los pastores de cabras y ovejas que contribuían a mantener el equilibrio medioambiental. Desaparecieron los carboneros que en el propio monte desarrollaban su trabajo. Antes habían desaparecido los horneros de cal, que también usaban como combustible la materia prima que los montes proporcionaban generosamente.
La sucesiva pérdida de todos esos oficios propició que los montes se asilvestrasen, creciesen a sus anchas, se enmarañasen, se hiciesen intransitables. A ello contribuyó en gran manera las tesis de los ecologistas que consideraron que el monte se bastaba para mantener su propio equilibrio, olvidando el papel que el hombre -horneros, pastores, carboneros, herbolarios, fabricantes de cal- había desempeñado hasta ese momento. El criterio ecologista de no intervención en el monte impidió el trabajo de cuadrillas de hombres, que antaño se dedicaban a mantener desbrozados los conocidos como cortafuegos, unas amplias calvicies a las que se les quitaba toda la vegetación con el fin de que una vez declarado un incendio y llegado a ese punto no pudiese progresar.
Los gobernantes, temerosos de ser tachados de poco o nada protectores del medio ambiente, cedieron a las consideraciones, exigencias y caprichos ecologistas, consintiendo que el monte hiciese lo que le diese la natural gana. Ya no se harían más cortafuegos, ni se desbrozarían y limpiarían los existentes. A la desordenada vegetación había que añadir la masa forestal que cada año crecía a consecuencia del progresivo abandono de zonas de cultivo. ¿Y que pasaría en caso de incendio forestal? Dispondríamos de costosos medios terrestres y aéreos con los que combatirlo: coches bomba, helicópteros, aviones con la panza llena de agua, excavadoras y hasta unidades especializadas del Ejército.
Ahora, cuando el fuego se ha llevado por delante la vida del piloto de un helicóptero y calcinado decenas de miles de hectáreas de lo mejor de nuestros montes, por culpa de dos desgraciados y negligentes incendios, surgen por doquier críticos sabelotodo que recriminan a las autoridades la falta de medios. Y no es eso, no es eso. Lo que hizo y hará falta es cuidar, mimar, limpiar y acicalar el monte como siempre se hizo de la mano de horneros, carboneros, madereros, caleros, brigadas forestales… todos ellos verdaderos ecologistas. Esos son los medios necesarios y no aquellos otros incapaces, tal como se ha visto, de hacer frente a la brutal fuerza de devastación que tiene un incendio de tan apocalíptica magnitud como los sufridos en nuestras tierras.
EL domingo vivimos un día importante en España. Sin duda la selección española de fútbol junto con la de baloncesto y deportistas como Rafa Nadal, Fernando Alonso, Alberto Contador, Jorge Lorenzo y un cada vez más largo etcétera, se han convertido, a pesar de la envidia de los franceses con sus guiñoles, en los referentes más destacados de la sociedad española. Sinceramente creo que si alguno de ellos se presentara a las elecciones es muy probable que alcanzara mayor apoyo que muchos de los políticos que dirigen los principales partidos e instituciones.
En concreto, por su triunfo del domingo, tanto los jugadores de la selección como su entrenador constituyen, para el resto de la sociedad, un ejemplo de cohesión, de ilusión, de esfuerzo y de convicción para alcanzar sus objetivos. Ha sido tan relevante el impacto producido que han conseguido lo que otros no lograron transmitir ni por la fuerza ni por sus discursos.
El hecho de ser español y de poder presumir de la bandera y de los colores de la selección ya no pertenece al patrimonio de unos cuantos ni supone motivo de desprecio para otros. Se ha convertido en lo que nunca debió de dejar de ser, en elemento identitario que une a todos los españoles en un proyecto común para lograr una sociedad más justa y con mayor progreso y bienestar.
Me cabe añadir con resignación que seis de los jugadores importantes de esta selección que ha revalidado su condición de campeona de Europa han estado ligados a nuestra comunidad defendiendo los colores del Valencia y del Villarreal: Mata, Silva, Albiol, Jordi Alba, Reina y Cazorla han contribuido a ese rearme de orgullo. ¡Qué pena que la crisis y la mala gestión de los clubes nos haya privado de continuar disfrutando de estos auténticos cracks del fútbol mundial!
Para concluir quisiera expresar un deseo: que el espíritu de estos deportistas, reflejado en su humildad, cohesión, compañerismo y altitud de miras, se contagie a toda la clase política para que, uniendo al conjunto de la sociedad con un objetivo común, nos sepa conducir, como «La Roja», a la victoria.





