En Vídeo
En imágenes
El regreso a España de los campeones se convirtió en un «dejavú» continuo. La celebración de la Eurocopa terminó en fiesta masiva en Cibeles Una vuelta al pasado reciente, en lo que supuso la tercera celebración de un gran título en los últimos cuatro años. Lo repetitivo del éxito, imponía la lógica de un descenso de emociones, pero el fútbol solo entiende de pasión y ahí el corazón es el que manda y el que ha tomado las calles de Madrid en el recibimiento de la selección.
De Kiev a la Cibeles en algo más de diez horas. Un viaje salpicado de escalas atestadas de gente y con destino en el corazón de la capital, teñido en esta ocasión de rojo y amarillo. Cientos de miles de seguidores que esperaron pacientemente bajo el sol durante horas y que estallaron de alegría con la llegada del autobús descapotable que portaba a los campeones y que hizo su acto de presencia pasadas las nueve de la noche.
Para entonces, la «marea roja» era total en las inmediaciones de la fuente más famosa de Madrid. Aficionados que, en algunos casos, llevaban esperando siete horas para celebrar in situ el título. Ser copartícipes de la historia que los jugadores están escribiendo y cuyo final no se atisba por el momento. Fue una fiesta familiar, sin edades. De padres e hijos. De amigos. De nuevas amistades labradas bajo el sol. Con mayores y pequeños entrelazados por una alegría común. Sonrisas en medio de la crisis que azota al país y que ayer se ausentó de la actualidad diaria aunque fuera solo por unas horas.
En medio de la fiesta no hubo tiempo para el paro ni la prima de riesgo. Por unas horas, el país vivió solo pendiente del autobús que recorrió las calles de la capital, aparcando los problemas. Una tregua general que inundó cada rincón de Madrid, pero también del resto de España, desde donde se siguió con interés el regreso de los campeones. El fin de fiesta previsto en la Plaza de Cibeles tuvo su antesala a lo largo del recorrido que llevó a los jugadores desde la Zarzuela hasta el escenario situado frente al Ayuntamiento de Madrid.
Con retraso
Eran casi las diez de la noche cuando el autobús aparcó junto a la fuente de Cibeles. Tenía el motor apagado, pero seguía en movimiento, acunado por los saltos de los jugadores, que entraron en éxtasis ante los cánticos de la afición. El agua de las mangueras, que durante todo el día había servido para aliviar el calor, dejó paso a las botellas de cava. Baño de éxito que acompañó a los jugadores hasta el escenario. Allí, con el trofeo de campeones presidiendo la fiesta, fue Ramos el que tomó el micrófono en primer lugar... para pasarle «los trastos» a su compañero Pepe Reina, el auténtico animador de las celebraciones. El «speaker» habitual en todas y cada una de las fiestas de la selección.
El guardameta es uno de los fijos en el banquillo de la selección, pero cuando llega el final de los campeonatos se hace con el puesto de titular indiscutible. En medio de las reverencias de sus compañeros, el «calvo» más famoso del equipo, acaparó el protagonismo. Antes de comenzar su particular «show», Reina le dio las gracias a los presentes —ingente número de personas, incontables, cercanas al medio millón— y los que seguían la fiesta desde casa. Luego, micrófono en mano, el jugador del Liverpool fue presentando a sus compañeros.
Otra vez Reina
Del «dandy de España» (Piqué) al «Farandulero» (Javi Martínez), pasando por el «Pichón» (Mata) o el «Niño de España» (Torres), el «hombre que lo empezó todo», en palabras de Reina, emocionado en algunas fases de la alocución. No fue Reina el único protagonista. Alguno de sus compañeros le echó una mano. Andrés Iniesta, «el gran Andrés», tuvo un recuerdo para las millones de personas contentas con el título. «Me encanta ver aquí tantas caras felices en estos momentos difíciles», señaló el jugador del Barcelona, al que se le asomaron las lágrimas en su discurso.
Uno por uno fueron pasando por los brazos de Reina. «La Bestia parda de Vallecas» (Negredo), «la finta de España (Navas), «la MotoGP del equipo» (Alba)... ninguno se quedó sin apodo. Besos y abrazos, salpicados por alguna copita de más («vaya chuza llevas, Xabi», apuntó con guasa). Alegría desbordada y compartida con la gente.
El último en salir al escenario fue el capitán, las «manos de España», que aprovechó la ocasión para lanzar un grito de ánimo al país. Él fue, junto a Reina, el gran ovacionado de la noche. El hombre más querido del país, que fue también el primero en devolver el cariño a Reina. En un intento de cerrar el círculo, Ramos le arrebató el micrófono al guardameta, le dedicó unas palabras al «calvito de la selección con más salero» y todos terminaron encima de él.
Apiñados, como un equipo. Imagen gráfica de lo que ha sido, es y será este grupo de jugadores, más allá de los goles y los campeonatos. Un espíritu que han vuelto a transmitir al país entero en un intento por arrancarles una sonrisa. Rostros felices. El grito de campeones cerró la fiesta en Cibeles. Punto y seguido hasta el Mundial de 2014.



