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Dejó su trabajo en el sector de la logística por compartir una tradición al que no todo el mundo tiene acceso, porque ya no es tan frecuente tener «un pueblo» o «una huerta».Quique Molina volvió a casa y con una parcela familiar, que tenía casi en deshuso, cogió la azada, intentó recordar los consejos familiares y trazó su propia huerta. La suya y la de 100 personas que quieren recuperar los hábitos saludables de siempre sembrando sus propias hortalizas.
Quique Molina es un joven emprendedor quien, junto a su madre, dio forma a «Las Huertas», un paraje situado en La Poblachuela donde se pueden alquilar parcelas de 60 metros para sembrar todo tipo de hortalizas. Hace cuatro años que pusieron el cartel de «abierto», y desde entonces el balance paraQuique es más que positivo. La posibilidad de ofrecer plena naturaleza cerca de la capital, a tan solo 10 minutos, ha originado que surjan negocios parecidos al suyo, como en Miguelturra. Pero lejos de molestarle, este ciudadrealeño piensa que «nos beneficia a todos».
Al principio, eran más los jubilados quienes se sumaron a la inciativa de Quique, en vez de personas jóvenes. «Pero la edad fue cambiando, y ahora hay mucha diversidad de gente, desde los 21 años hasta los 70», confiesa el joven emprendedor.
Cada uno busca un aliciente diferente. Los abuelos, salir de la ciudad y rememorar su época en el pueblo, y disfrutar del campo. Entre los jóvenes hay muchos tipos de perfiles, desde los más ecologistas que buscan una alimentación sana, hasta los que abogan por el autoconsumo o aquellos que buscan disfrutar de un hobbie en compañía de sus amigos, con quienes suelen alquilar las parcelas. Por algo más de 60 euros al mes, «Las Huertas» ofrece 60 metros de parcela con riego incluido, luz y, lo que es mejor:la libertad de poder entrar y salir cuando se quiera.
Esa es una de las claves del éxito del negocio de Quique. Con el paso de los años, gracias a su implicación con los clientes -que muchas veces no son expertos en la materia- ha logrado hacer que se cree como una gran familia. En época de recolecta, es frecuente ver cómo los grupos comparten encuentros gastronómicos realizado con lo que acaban de recoger:desde pistos manchegos a cremas de calabacín. En las noches de verano, además, es el sitio preferido para «tomar el fresco»y las cenas pueden alargarse hasta altas horas de la mañana. En esos encuentros, sus huertas son el punto de unión, donde intercambian consejos, semillas y abono a partes iguales. Ya no se conforman con plantar solo lechuga, pepinillos o calabacines. Algunos clientes, que son originarios de otros países, experimentan con semillas que solo pueden encontrar allí, y utilizan «Las Huertas» como un laboratorio, donde Quique es siempre el mejor guía:él conoce la tierra y el clima perfecto para todo tipo de semillas. Es algo que ha ido conociendo a lo largo del tiempo, porque al principio -reconoce- también aprendió de los abuelos que se animaban a ir a plantar a su parcela. Siendo consciente de que la formación es algo que fomenta el uso de la huerta, Molina lleva a cabo todo tipo de actividades para el cliente, desde cómo plantar o sembrar hasta un asesoramiento continuo o incluso conseguir un buen abono para la siembra, que suele proporcionar el propio Quique. Pero también hay espacio para las actividades lúdicas, en las que quien siembre el calabacín más grande, se lleva el reconocimiento.
Con la huerta a pleno rendimiento, Quique afirma que se puede obtener 800 kilos de las mejores hortalizas y frutos. Una cantidad que, asemejándolo con la cesta de la compra en cualquier mercado, supone un leve ahorro y una calidad superior en el producto.
Pero lo que más aporta es, para la gente de ciudad, el poder recuperar y mantener la tradición de la huerta. Una buena excusa para que las generaciones venideras no crean que las lechugas vienen ya cortadas y ensobradas, listas para servir en la mesa.








