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Canarias / confieso que he pensado

El ladrillo deja paso

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Tan gigantesco paso puede tornarse de facto en un nuevo modelo, cuando menos en un modelo paralelo al predominante

Día 30/06/2012 - 15.17h

EDIFICACIONES a tutiplén, carreteras por doquier, construcciones megalómanas, asfalto por aquí, por allá y por más allá, billetes a espuertas y si te he visto, no me acuerdo. Ése, con la leve participación de otras actividades, turismo incluido, ha sido el sostén de la economía canaria en las últimas décadas, un modelo de desarrollo cuaternario parejo a las aspiraciones intelectuales de sus promotores y benefactores, porque nada descubrimos si aseveramos que de tal palo, tal ladrillo. Y aunque a estas alturas tengamos meridianamente claro que aquello fue pan para ayer y hambre para hoy, con suerte para las próximas semanas, y no obviemos que tal estado de las cosas, justo es apuntarlo, nos proporcionó un periodo de bienestar económico sin parangón, de forma paralela albergamos la convicción de que dicho sistema, como las oscuras golondrinas de Bécquer, no volverá, o, para ser más exactos: no lo hará con la fuerza de antaño.

Hasta hace cuatro días, los cenáculos situados por encima del bien y del mal en los que se decide sobre la vida de los otros contaban con la presencia permanente de los abanderados de la hormigonera, en no pocas ocasiones presidiendo la entente.

Asistían con un saco rebosante de regalos y la firme intención de ejercer de amigos de sus amigos. Y estos últimos, tan contentos, engullían un plato tras otro sin tomarse un respiro ni abonar la cuenta. Ahora, empero, el perfil de los comensales de los que se rodea la casta política empieza a variar. Para comprobarlo basta con echar un vistazo al proyecto empresarial más importante de los últimos años en el archipiélago, no tanto por el volumen de la inversión, que tampoco resulta desdeñable, sino, sobre todo, porque puede convertirse en un antes y un después, en el nuevo paradigma a imitar por quienes adolecen de unas seseras generadoras de ideas: la universidad privada de La Orotava.

Quién iba a decirnos a nosotros, amantes de la mampostería y el machimbrado, que íbamos a acabar por fiar nuestras esperanzas de futuro a una actividad de índole intelectual. Con todas las reservas que se desee, con todos los peros que se quieran poner (la mayoría de los empleados hasta la fecha harto peregrinos), pero vinculada a los más elevados quehaceres humanos: la ciencia y la cultura.

Tan gigantesco paso puede tornarse de facto en un nuevo modelo, cuando menos en un modelo paralelo al predominante, con la ventaja de que sus protagonistas enriquecerán el tejido intelectual de las islas en mucha mayor medida -valga el eufemismo- que sus antecesores, y sin olvidar que, tras otear allende el océano, da la impresión de que el futuro premia a quienes piensan. De lo que no nos cabe duda es de que castiga a quienes se limitan a colocar un ladrillo tras otro.

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