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Fernando Lugo fue destituido hace ocho días por el Senado de Paraguay tras un fugaz juicio político por su presunta responsabilidad en la muerte de 17 personas durante enfrentamientos entre policías y campesinos. Su salida ha traído reminiscencias de la destitución de Manuel Zelaya en Honduras hace tres años, aunque en el caso paraguayo se respetaron más las formas.
Zelaya fue expulsado del poder por los militares el mismo día en que pretendía llevar a cabo una consulta popular para repetir mandato, prohibido por la Constitución. En el caso del ex obispo Lugo, las irregularidades en su ejercicio del poder fueron más allá de las demandas de paternidad no reconocidas por el clérigo enfrentado en su día a Roma; pretendió gobernar al margen del sistema de partidos, en un país con escasos recursos y sin apenas tradición demócratica, y la case política conspiró para frenar su carrera populista. «Volver a la presidencia sería un milagro», ha dicho Lugo, que como el zorro perdió la cola pero no las costumbres, aunque está dispuesto a intentarlo.











