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Hace ya mucho que Eusebio Unzúe no acompaña a José Miguel Echávarri a Francia para comprar tubulares. Eso hacían antes de montar en 1982 el equipo Reynolds, el padre del Banesto, el Illes Balears, el Caisse d’Epargne y ahora el Movistar, el benjamín de un árbol genealógico con ramas tan altas como Induráin, Delgado, Arroyo, Olano, Zulle... O con nombres como los de ahora, Valverde y Cobo, que hablaron del Tour. «Llevo tres años sin correrlo y es una incógnita cómo voy a responder», dijo Valverde. «Yo vengo a ayudarte», apoyó Cobo. Y a su lado, Unzúe les recordó que estar aquí es un «privilegio». El técnico navarro tiene 57 años y 30 porciones de ese privilegio. E inicia su trigésimo Tour.
-¿Y el primero?
-Nuestro debut fue con Arroyo, en 1983, que acabó siendo segundo tras Fignon. Si hubiéramos sabido en la salida lo que sabíamos en el final, quizá hasta habríamos ganado aquel Tour. Pero es que fuimos atemorizados.
-¿Cómo recuerda aquel veloz paso de debutante a candidato?
«Perico Delgado ganó un Tour y dejó de genar otros dos»
-El segundo nombre.
-Sí. Ganó un Tour y dejó de ganar otros dos. Con Perico, que tenía grandes virtudes, nunca sabías en vísperas de qué estabas. Era imprevisible. Es verdad que era un ciclismo más espontáneo. Con menos miedo. Ahora, la obligación de conseguir puntos te hace más conservador, te dedicas a cuidar la viña. Entonces no era así. Ibas al Tour a buscar la gloria y no los puntos UCI. Y la gloria estaba en atacar, no en acabar octavo para recaudar unos puntos.
-El tercer nombre es Induráin.
-En medio hubo grandes corredores, como Julián (Gorospe), Laguía... Y llegó Miguel (Induráin). La transición entre Perico y Miguel fue fácil. Natural. Coincidieron la explosión de Miguel con el inicio del declive de Perico dentro de una misma temporada, Perico pasó de ser el líder de Miguel a ser su gregario.
-¿Hubo algún día clave en esa transición?
-Lo que encenció todo fue la etapa de Jaca del primer Tour que ganó Miguel (1991). Y también la solidez que le habíamos visto en el Tour anterior. Vimos que acababa de llegar un grande.
-¿Tanto como para encadenar cinco victorias en el Tour?
«Cuando vi a Induráin en el Tour del Porvenir 86, supe que era un corredor especial»
-Tras Induráin vino el vacío que dejó.
-Sí, pero al principio fue como coger aire. Respiramos. Fue un tiempo de tranquilidad. Casi un alivio. En 1997, por fin tuvimos la oportunidade ir a las carreras a disfrutar, sin la presión de tener que ganarlas con Miguel. Con él, sólo nos valía la victoria. Y eso también pesa. Fue como descargarnos de responsabilidad. Por suerte, tuvimos corredores de gran nivel, como Zulle o Mancebo, que nos permitieron luchar por el podio del Tour.
-Ahora, en su trigésimo Tour, parte con Valverde y Cobo, dos ganadores de la Vuelta.
-Y seguimos con el aliciente de que podemos aspirar a cosas importantes. De vez en cuando, el Tour te pone un podio a tiro. Mira el año de Pereiro (vencedor en 2006). Esta vez sería feliz viendo a Alejandro (Valverde) en el podio de París.
-De esos treinta Tours, ¿con cuál se queda?
«De los 30 Tours, me quedo con el de 1988. Fue el primero que ganamos»
-¿Era fácil ganar con Induráin?
-No. Había que sufrir mucho. A partir del primer triunfo nos costó muchísimo. Desde fuera sí que se veía como algo más sencillo y no fue así. De la ilusión por el primer Tour pasamos casi a la obligación de ganar los siguientes.
-Hay un modelo Reynolds, hererado luego por Banesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y ahora Movistar, basado siempre en grandes gregarios.
-Es que hemos tenido el lujo de tener líderes que han sabido ser estupendos gregarios. Miguel como gregario de Perico fue la pera. Y Perico para él. Y Gorospe para los dos. Y así muchos. Imagínate un Tour ahora con gregarios como Gorospe, Jean François Bernard, Arroyo, Marino Alonso, Geard Rué... Y me dejo muchos.
-¿Se divertía más antes?
-Yo me he divertido siempre. Tengo esa suerte. No he perdido la ilusión, al revés. La responsabilidad es ahora mayor que antes, pero sigo intacto.





