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«Esta será una elección de tercios», repite Josefina Vázquez Mota, candidata del gubernamental Partido Acción Nacional (PAN) a la presidencia de México. El problema para ella es que su tercio es algo más pequeño que el de Andrés Manuel López Obrador (conocido por su acrónimo, AMLO), aspirante por una coalición de partidos de izquierda. Y considerablemente menor que el de Enrique Peña Nieto, del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Con Peña Nieto encaramado a una cómoda ventaja en las encuestas desde el inicio de campaña, tanto Vázquez Mota como López Obrador centraron su objetivo inmediato en afianzar un segundo lugar desde el cual poder asaltar al abanderado priista.
Pero, después de tres meses de bombardeo propagandístico, las circunstancias no han variado en lo sustancial: ambos siguen muy cercanos en la intención de voto e igual de distantes con Peña. Si acaso la panista, que comenzó unos puntos arriba del exalcalde de la capital, hoy se ve ligeramente por debajo del líder del Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Vázquez Mota elegiría como lema de campaña el adjetivo «Diferente», tratando de desmarcarse tanto de sus rivales
Vázquez Mota elegiría como lema de campaña el adjetivo «Diferente», tratando de desmarcarse tanto de sus rivales como del actual mandatario, muy vapuleado por su política de lucha contra el narcotráfico. Esto le valió no sólo que Calderón no haya cargado la suerte a su favor, sino el distanciamiento de su propio partido. Incluido el de su mentor político, Vicente Fox, quien ha apoyado de manera manifiesta a Peña Nieto.
Una campaña dubitativa y errática hizo el resto: Desde un desangelado mitin inicial hasta el vano intento de demostrar que Peña Nieto no cumplió sus promesas cuando era gobernador del Estado de México. El buen desempeño de Josefina en el segundo de los dos debates entre los candidatos llegó demasiado tarde para cuajar entre los votantes.
En opinión de Alejandro Alvarado Bremer, profesor de Comunicación Masiva en la Universidad de La Florida, Vázquez Mota «es una candidata con poco carisma, que no ha llegado a hacer una conexión ni emocional ni racional con el electorado no panista».
Voto duro
López Obrador contaba de entrada con un voto duro en torno al 18 por ciento del censo, esa izquierda extrema que lo siguió cuando desconoció su derrota ante Calderón en 2006. Su misión en la campaña consistía, pues, en dulcificar su imagen para allegar votos entre las clases medias, algo que hubiera estado más a la mano del otro precandidato de la izquierda y sucesor suyo en el gobierno del Distrito Federal, el socialdemócrata Marcelo Ebrard.
Con el aura mesiánica que lo caracteriza, AMLO se ha erigido en una suerte de pastor de almas para fundar la que llama «república amorosa». Según el analista político Julio Madrazo, «su posición moderada y sensata» durante el segundo debate pudo ser «lo que un sector de la sociedad necesitaba ver para inclinarse por él». Sin embargo, López Obrador no ha podido resistir sus arrebatos de rabia y populismo y, como hiciera hace seis años, ya se ha adelantado a denunciar el supuesto fraude que se estaría fraguando en su contra.
López Obrador aventaja entre dos y diez puntos a Vázquez Mota en los últimos sondeos publicados. Así las cosas, el supuesto «voto útil» para impedir el regreso del PRI al poder podría convertirse, entre el electorado conservador, en «voto útil» para frenar las posibilidades de López Obrador y en beneficio de Peña Nieto.















