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Con más de dos décadas de experiencia por el Lejano Oriente, a Jordi Sitjas no se le ocurrió exportar los populares futbolines a China hasta que su segundo hijo, Lluc, le dio la idea por casualidad. «¿Papá, por qué no hay futbolines en Pekín?», le preguntó durante un veraneo familiar en la playa de Calella, en Barcelona, encendiéndole la bombillita de la inspiración y la nostalgia por las partidas que le traían loco de niño.
Desde entonces, y tras formarse durante dos meses con uno de los mejores fabricantes de futbolines de España, Billares Córdoba, Sitjas está haciendo todo lo posible para que su hijo no tenga que hacerle otra vez dicha pregunta. En noviembre de 2008 empezó a distribuir sus futbolines por los bares de Pekín y ya ha colocado unos 80 en la capital china, a los que se suman una veintena repartidos por Xian y Cantón (Guangzhou) y un centenar más en Corea del Sur, sobre todo en Seúl.
En Pekín, donde la mesa de juego más rentable genera al mes unos 870 euros, se reparte la recaudación a medias con el dueño del local, pero en lugares más alejados y difíciles de controlar los alquila por un precio fijo mensual de 75 euros. «No podría venderlos porque costarían 25.000 yuanes (3.100 euros), ya que estos futbolines son artesanales y constan de 300 piezas de madera y metal que deben encajar a la perfección», explica Sitjas, quien nació en Gerona hace 53 años y llegó en 1982 a la entonces China ultracomunista, donde asegura haber «hecho de todo».
Todo empezó con la pregunta de uno de sus hijos: «¿Papá, por qué no hay futbolines en Pekín?»
Tras estudiar Sinología en la ciudad gala de Estrasburgo, recaló en Chengdu, al suroeste del país, como profesor de francés para un intercambio de tres años. «Pero me echaron a los seis meses porque me escapaba cada noche del campus universitario y me iba a explorar la ciudad, donde no habían visto a ningún extranjero», recuerda aquella China atrasada y ataviada con el «traje Mao» que Deng Xiaoping estaba intentando abrir al exterior mientras se juzgaba a Jiang Qing, la mujer del «Gran Timonel», por los desmanes de la Revolución Cultural.
A pesar de que lo pusieron de patitas en la frontera de Hong Kong con un sello de «persona non grata», volvió con un pasaporte nuevo y un visado de turista para visitar Shanghái, que no había cambiado desde la época colonial, y recorrer el país en trenes con locomotoras de carbón que circulaban a 30 kilómetros por hora y cuyo humo se colaba en los vagones.
En Taiwán, la otra China, conoció a quien hoy es su esposa, rebautizada como Inés, y empezó una carrera en los negocios y el comercio que dejó atrás para dedicarse a los futbolines. Con la ayuda de dos carpinteros y un pintor jubilados, fabrica cada semana un par de ellos, que pesan 150 kilos y se basan en el modelo latino inventado durante la Guerra Civil española por el gallego Alejandro Finisterre. A diferencia del futbolín centroeuropeo, éste tiene la superficie curva y sus jugadores, alineados en un 3-3-4, disponen de dos piernas.
«China es el mayor fabricante de futbolines, pero de juguete, no profesionales», aclara Sitjas, quien se ha propuesto convertirlo en un juego «tan popular como el billar porque aquí hay mucha afición, sobre todo entre los universitarios». Para ello, organiza al inicio de cada curso, a finales de septiembre, un campeonato donde participan hasta 60 equipos de dos personas. Por 5 yuanes (62 céntimos de euro), que dan para diez bolas, en algunos futbolines del distrito universitario de Wudaokou se juegan 100 partidas diarias. Gracias a Jordi Sitjas, el futbolín español golea en Asia.













