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Mingote y su (breve) historia de la gente

Día 28/06/2012 - 14.51h
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El Museo ABC recuerda a Mingote con la exposición de 316 originales de su célebre «Historia de la gente». La editorial Planeta publica «El diario de Hamlet», su última obra

Mingote y su (breve) historia de la gente
Viñeta de Mingote

Uno no se acostumbra a que Mingote no esté entre nosotros. Son demasiados años conviviendo con él chiste a chiste, día a día, como para que su marcha al otro lado del espejo no tenga consecuencias tristes en nuestro ánimo. Para fortalecerlo en momentos de desolación se han producido dos acontecimientos felices que bien merecen unas líneas de comentario.

El primero de ellos es la aparición en librerías de El diario de Hamlet, la joya literaria en la que el maestro andaba trabajando en los últimos compases de su vida, «entre sus noventa y dos y noventa y tres años», para ser exactos, como afirma su amiga Catalina Luca de Tena en el magnífico prólogo que lleva el libro, enriquecido, además, con diez ilustraciones y una viñeta de cubierta –consistente en una calavera con una flor en la boca– del propio Mingote.

El segundo, la exhibición en el Museo ABC de 316 originales (de los 554 de la serie) del título que sin duda es el Everest entre los muchos «ocho miles» como dibujante de Antonio, la célebre Historia de la gente, que vio su luz primera en blanco y negro en 1955 (Taurus Ediciones).

Ausencia indeseada

Con acontecimientos como los citados la memoria de Antonio Mingote aún cobra más vigencia de la que tiene y tendrá siempre, por aquello de que las novedades robustecen el recuerdo y mitigan la ansiedad que produce la ausencia indeseada. O sea, que seguimos sin resignarnos a que Antonio no esté, pero que alivia nuestra pena su presencia póstuma en la genial recreación del Hamlet de Shakespeare publicada por Planeta y en los originales de Historia de la gente que pueblan las paredes del Museo ABC en estos comienzos de nuestro primer verano sin Mingote (pero siempre con él).

En cuanto al libro El diario de Hamlet, y como punto de partida, ha de decirse que Mingote consideraba a William Shakespeare el no va más de la literatura, en lo que siempre coincidí con él. Los personajes de las treinta y siete obras teatrales de Shakespeare son un resumen admirable de cuantos hombres y mujeres se han dado cita en este planeta desde que el hombre empezó a utilizar un lenguaje articulado hasta su –quizá no tan lejana– extinción.

Todos nos sentimos aludidos en tal o cual parlamento de Hamlet, de Macbeth, del Rey Lear, de La tempestad, porque su autor opera la magia de reunir en sus dramatis personae a los seres humanos que han sido, son y serán, ofreciéndonos a cada uno de sus lectores, o espectadores, un mismo mazo de palabras que se reparten al principio de la lectura, o de la representación, y con las que tenemos, inevitablemente, que jugar.

Meramente humano

Como quería Calderón, el mundo es un teatro, y la obra dramática de Shakespeare es un teatro dentro del teatro donde cabemos todos y cada uno de nosotros. No hay nada más allá de lo meramente humano en la obra de Shakespeare, pero lo humano sí que está, y con tal vocación de exhaustividad que agota cualquier otra perspectiva sobre el asunto.

Antonio Mingote lo sabía muy bien, y por eso eligió al príncipe danés por excelencia y por antonomasia para retratarlo –y, de paso, autorretratarse– en un diario lleno de humanidad, de sentido del humor, de capacidad narrativa y de extraordinaria fidelidad al espíritu del Hamlet shakespeareano.

Mingote cuenta en El diario de Hamlet exactamente lo mismo que contaba Shakespeare en su tragedia, adhiriéndose con ello a la idea borgiana de que, a la postre, la literatura es un palimpsesto, de que pueden contarse con los dedos de una mano las historias que son susceptibles de ser narradas, y de que la originalidad no consiste –que se lo digan al viejo Will– en inventar plots, sino en desarrollar esos plots preexistentes de una manera original.

Platillos volantes

Con la afortunada inserción de algunos personajes de su invención –como la gorda Blaska, que cuidó a Hamlet de pequeño y que evoca la figura de la nodriza Euriclea en La Odisea homérica, o como Knut y Gerda, que lo acogen cuando regresa a Dinamarca desde Inglaterra–, Mingote vuelve a contarnos, esta vez en primera persona, la historia del príncipe de Dinamarca (que ya nos habían contado antes, por cierto, Saxo Gramático o François de Belleforest), situándola cronológicamente entre el 17 de marzo y el 18 de mayo de 1227. Y nos la vuelve a contar para decirnos una vez más –como en su obra maestra Hombre solo, presente también en el catálogo de Planeta– que somos sombra, humo, fantasmas que no dejan huella, generaciones de hojas caedizas a merced de los vientos, partículas de polvo en mitad del vacío. Shakespeare puso a la especie humana en su sitio, y Mingote lo corrobora en las bellísimas, desoladísimas y, al mismo tiempo, divertidísimas páginas de El diario de Hamlet.

Tras aquella primera edición de Historia de la gente de Taurus, que se reimprimió varias veces y que tuvo que adecuar sus contenidos a los imperativos de la censura vigente entonces en España, Mingote empezó a publicar por entregas en Los Domingos de ABC (desde el otoño de 1980 hasta el otoño de 1983) una nueva Historia de la gente, ahora a todo color y libre de anatemas inquisitoriales, que luego apareció en un precioso volumen, coeditado por Prensa Española y Círculo de Lectores, en 1984.

De esta última y definitiva Historia de la gente es de la que se exponen ahora más de trescientos originales en el Museo ABC. En la ilustración final de la edición de 1955 se veía a un señor con sombrero mirando al cielo, donde circulaban unos platillos volantes, y figuraba la leyenda: «¿Más gente?». En la última página de la edición definitiva de la obra en Los Domingos de ABC (27-11-1983) figuraba, en cambio, la frase «Ojalá el futuro sea solo tan malo como dicen». Dos finales distintos que atestiguan la transformación de su autor en las tres décadas que median entre ambos.

«(Breve) historia de la gente»

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