En Vídeo
En imágenes
Está a punto de cumplir 65 años. Toda una vida. Ha alumbrado a un genio como Di Stéfano. Ha visto correr la banda a Gento. Ha gozado con la magia de Butragueño. Ha reído con con Raúl... y llora a Juanito en cada minuto 7 de partido. Ha disfrutado del último baile de Zidane. Y ahora aprieta los dientes con cada carrera de Cristiano. El Bernabéu es una fábrica de sueños. Un recinto cargado de historia. Un templo del balompié que cada fin de semana acoge a 86.000 personas, pero que ya es algo más que un campo de fútbol. Es un centro de convenciones. Un complejo comercial con cuatro restaurantes. Y todo un reclamo que se ha convertido en el cuarto «museo» más visitado de Madrid.
El «tour» del Bernabéu cerrará esta temporada con 850.000 visitas. Un 13% más que en el ejercicio anterior. Este tirón le lleva a competir con el Prado, el Reina Sofía y el Thyssen. Los turistas ya no dudan. Nada más aterrizar, lo primero que buscan es el templo sagrado del madridismo. Una «catedral» que se levanta en plena Castellana, que ha sido escenario de infinitas celebraciones. Este estadio ha levantado nueve copas de Europa, 32 Ligas, 18 copas del Rey, 8 supercopas de España, tres intercontinentales, una supercopa de Europa, dos copas de la UEFA... y una Copa de Europa de selecciones.
El estadio madridista fue escenario de la final de la Eurocopa de 1964 que ganó España. Esta semana se cumplieron 48 años de aquel partido. Fue el primer gran triunfo de la selección española, gracias a los goles de Chus Pereda y Marcelino.
La entrada al estadio está cargada de liturgia para todos los equipos. Un conjunto escultórico recibe a los jugadores nada más cruzar la puerta y dirigirse a los vestuarios. Todos la conocen. Representa a Sotero Aranguren y Alberto Machimbarrena, los dos primeros ídolos del Real Madrid. Coincidieron cuatro años en el club (1913-1917), pero murieron de forma prematura en 1922 y 1923, respectivamente. Su pérdida conmocionó al mundo del fútbol, que realizó una suscripción popular para construir la estatua. Desde entonces, se ha convertido en un «tótem sagrado» para el equipo madridista. Todos los jugadores que pasan por delante de ella no dudan en tocar la pelota o la rodilla izquierda de Aranguren para encontrar la buena suerte.
El vestuario del Real Madrid es el «sancta sanctorum» del estadio. Nadie que no sea jugador del primer equipo puede entrar. Un espacio de unos 300 metros cuadrados, con sala de masaje, piscina, jacuzzi y duchas. Lo más caraterístico, sin embargo, son las taquillas. Cada una está personalizada con una camiseta y una foto de cuerpo entero del jugador. Casillas se sienta junto a Carvalho. Cristiano, entre Khedira y Kaká, que a su izquierda tiene a Benzema. Xabi Alonso se cambia entre Adán y Coentrao...
El miedo escénico
Un largo pasillo separa los vestuarios del terreno de juego. Veintitrés escalones de bajada y once de subida. Y una vez fuera, la inmensidad. Un gigantesco coliseo con unas tribunas tan verticales y «agobiantes» que acogotan las piernas del rival. Sólo cuando uno se encuentra ahí abajo comprende a la perfección el «miedo escénico» del que hablaba Valdano. O que los noventa minutos en él sean «molto longo», como decía Juanito. La presión que desprende la grada es insoportable para muchos. Los empleados del club tienen grabadas las caras demudadas de más de un entrenador al recibir los pitos del público. Hasta el mismísimo Mourinho peina más canas desde que ocupa su banquillo. Pero lo que recuerda todo el mundo fue la tremenda presión que soportó Pellegrini. El técnico chileno sufrió constantes derrames oculares por culpa de ella, y era raro el día que no aparecía con los ojos rojos como pimientos al día siguiente de perder un partido.
El terreno de juego es el otro espacio sagrado del Bernabéu. Un recinto que su cuidador -Paul Burgess, procedente del Arsenal inglés- mima con exquisito cuidado. Entre semana nadie puede pisarlo. Ni siquiera los propios jugadores. Durante el invierno utiliza lámparas de calor para suplir los pocos rayos de sol que caen sobre él. Se cambia cada dos o tres temporadas. En lugar de tirarlo, el club lo corta en «trocitos» y lo vende entre los aficionados.
Las zonas VIP y de prensa completan el gigante blanco. Una pequeña «ciudad» que ocupa una manzana entera. Unas magnitudes que ni el propio Bernabéu podía imaginar cuando inauguró el estadio el 14 de diciembre de 1947. Entonces el Real Madrid era el mejor equipo de España. Ahora es el mejor club del siglo XX y una de las marcas más universales del planeta.





