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Día 24/06/2012
Tras visitar el Museo de Arte Contemporáneo de Alicante (MACA) donde se exhibió la última obra de Tapias dando testimonio de su evolución artística, nos sentimos obligados a pedir perdón por nuestra ignorancia. Dicen Rosa Mª Castells y Alicia Ventura, comisaria de la muestra y conservadora del museo, respectivamente: «Hemos descubierto en su obra el arte universal de todos los tiempos, un arte que subyace en la obra de los más grandes como fue Antoni Tápies, impregnando de verdad a las obras verdaderas sean del tiempo que sean». Inaudito.
Ciertamente, el «arte» de Antonio Tapias es mundialmente conocido. Nace en Barcelona en el año 1923. A los diez y ocho años, durante una enfermedad, comienza a dibujar. Deja sus estudios de Derecho para dedicarse a pintar. Autodidacta. Influenciado por el surrealismo, la abstracción y el «dadaísmo» (el anti-arte, la provocación, lo feo por lo feo), comienza su obra en el «informalismo». Dice Delfín Rodríguez apologista del personaje tras su reciente muerte: «Así cuando Tapies confisca lo cotidiano (cuerdas, papeles, palabras, huellas, maderas, lápices, telas, chaquetas, zapatos, tijeras, cruces, cartones, telas metálicas, arenas, polvo de mármol, colores, platos o calcetines) del tiempo y de sus espacios habituales, los inscribe conscientemente en un nuevo relato de cuyo sentido y significado final no se siente dueño, sino que los deja andar sabiendo que el espectador sabrá ayudarse de ellos para caminar trazando sus propios mapas». Sublime.
Hemos de confesar, de nuevo, que ante sus trabajos hemos sido incapaces de llegar a conclusión positiva alguna. Sin duda, torpes y legos en la materia nos sentimos incompetentes para entender y admirar sus genialidades. Porque está considerado como uno de los genios de la pintura contemporánea, referente de todo teórico e intérprete del arte del siglo XX. Muere a los 88 años de edad y durante su vida artística alcanzó las cotas más altas a las que un creador puede aspirar. Realizó más de doscientas exposiciones por todo el mundo. Muestran sus obras una treintena de los más prestigiosos museos del arte contemporáneo. Obtuvo medio centenar de premios, homenajes y reconocimientos, así como un sin fin de publicaciones a él dedicadas. Ante este historial, nos preguntamos perplejos y abatidos ¿Por qué nosotros no tenemos la inteligencia o la sensibilidad necesarias para poder apreciar ese «arte universal» que proclaman los privilegiados capaces de admirar esos «pictogramas sólidos e ininteligibles», compuestos con materiales reciclados y de desecho, garabatos y chafarrinones? Acaso nos de una respuesta Delfín Rodríguez cuando dice: «Tal vez sean el silencio y las metáforas de la inevitable fuga del tiempo y del espacio hasta encontrase con la nada -con el absoluto vacío que encierran la materia y sus formas anunciadas y en espera, el muro y sus marcas, signos, arañazos, letras sueltas y deterioros, como quien habita en ruinas, entre ruinas, entre tiempos confundidos que se hacen verosímiles en objetos artísticos que son como huellas de la vida y de la muerte». Sorprendente.
Todo ha cambiado y evolucionado; la sociedad, la técnica, la moda, el arte, pero ¿a mejor o a peor? Los más viejos, que crecimos admirando «La piedad» de Miguel Ángel, «Las tres gracias» de Rubens, «Las meninas» de Velazquez, «La ronda» de Rembrandt «Los fusilamientos» de Goya o «El moulin de la Galette» de Renoir, y cuando vemos algunos de los «esperpentos» de la pintura moderna, no tenemos por menos que pensar ¿Cómo se ha urdido esta «gran mentira» y ha llegado a alcanzar la categoría de arte? Y ante dicho interrogante llegamos a dudar de nuestro juicio estético y formación artística. Nos muestra alguna luz Bartomeu Marí, otro glosador de la obra de Tapias tras su muerte: «Y en la abstracción de Tápies encontramos un delicado equilibrio entre percepción y alucinación, entre deseo del mundo real y deseo de ausencia o superación de lo real; atracción de la ciencia y cultivo de la cualidad mágica de los signos; retorno del aquí y ahora junto con el vértigo que ejerce el más allá» Inconcebible.
Las obras de arte no se explican con palabras ni son necesarios argumentos metafísicos para interpretarlas, simplemente te estremeces a su contemplación y las admiras. Como decía una directora de determinado museo: «Situarse ante ese cuadro de Tápies de tres por tres metros o más, totalmente blanco, con una cruz negra en el centro trazada con una burda brocha, es algo prodigioso». Insólito. Definitivamente somos tontos.






