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Son jóvenes y preparados, y como al resto de su generación, hay una cifra que les impide conciliar bien el sueño: la tasa del 52% de paro que sacude a la sociedad española en edad de conseguir su primer puesto de trabajo. En este caso, nuestros cinco protagonistas se mueven entre los 21 y 32 años y tienen un empleo, sea un puesto de prácticas, una beca o un cargo en el negocio familiar. Pero lo tienen y se consideran privilegiados por ello. Los cinco tienen una particularidad: se decantaron por el mismo mundo laboral que alguno de sus progenitores, si bien todos ellos encontraron muchas más trabas que antaño lo hicieran sus padres, padeciendo una brecha salarial de campeonato.
En esta carrera de obstáculos, el horizonte se presenta para algunos fuera de nuestro país y, para todos sin excepción, se presenta bien apegados al suelo, viendo las orejas al lobo de la crisis y sin poder plantearse un destino a largo plazo. Son cinco historias que personifican las aristas de la generación más formada de nuestro tiempo cercano y que carece de un futuro definido. Son jóvenes que comparten el quehacer de sus padres, pero que resultaron mucho más infortunados.
Alberto y Manuel Murillo: dos ingenieros y el sueldo a la mitad
La primera de estas historias nos detiene en Madrid y ante dos ingenieros industriales, la carrera que escogió el joven de 22 años Alberto Murillo Hernández, tras los pasos de su padre Manuel Murillo Valero, que lleva trabajando en una gran multinacional de telecomunicaciones española más de 25 años. Con la misma titulación, el presente de ambos no puede ser más antagónico. Según desgrana Alberto, «muchas empresas, particularmente en la que está trabajando mi padre, han optado por prejubilar a sus empleados más antiguos para, por menos dinero, contratar a jóvenes valores».
Las empresas contratan a menos ingenieros que hace años y el sueldo es mucho menor
Su padre, Manuel, censura que su empresa lleva metida en prejubilaciones una década, pero sobre todo, en el último lustro ha aprovechado para incrementar esta práctica: « Nos mandan a casa con 50 años para contratar a chavales sin experiencia y quecobran la mitad que nosotros», se queja el padre de Alberto.
Para muchos compañeros de Alberto el futuro pasa por salir a Alemania. «Allí nos pagan el viaje, un curso intensivo de alemán, y además nos dan coche de empresa, y encima el sueldo es bastante más que aquí, 3.000 euros los primeros meses y luego 3.600», comenta. Ante estas ofertas es normal que muchos compañeros vean Alemania como un buen lugar para ir y desarrollarse en su profesión. «Mi familia no me presiona para que vaya o para que me quede aquí, solo me piden que no me cierre puertas a ninguna opción», completa el joven, que comenzó a estudiar Ingeniería porque lo veía como una gran opción de futuro dentro de la oferta educativa que se le abría al entrar en la Universidad. Tampoco niega que hubo parte de influjo familiar cuando se planteó su futuro laboral con un buen salario: «Mi padre y mi tío estudiaron lo mismo que yo y desde los últimos años de carrera ya tenían ofertas buenas de trabajo, mucho mejores sin duda de las que hay ahora».
Iñaki, auxiliar farmacéutico y un negocio de décadas que se sujeta también con hilos
Iñaki tiene 32 años y reside en un municipio de Vizcaya, donde su negocio familiar, una farmacia, lleva décadas arraigado. Fue un tío abuelo de Iñaki el que llegó desde Cantabria y abrió el establecimiento, luego su padre estudió Farmacia, como también lo hizo el hermano mayor de este joven vasco.
Tres hermanos y antes su padre trabajaban en la botica: «Ahora te estrujan»
Y... ¿qué le dice su padre cuando comprueba las dificultades por las que atraviesa el local de la familia y del que se alimentan todavía sus tres hijos? «Dice que la cosa no es como era hace años, que está muy complicada y es que cada día te están estrujando más y más, de forma que el negocio se sustenta con complicaciones», añade este vizcaíno.
Los Paco Belmar: arquitectos, un despacho y dos destinos bien diferentes
Familiar o no, a Paco Belmar, con igual nombre que su padre, la actual coyuntura económica también ha puesto en un brete al negocio heredado. Se considera afortunado por haber encarrilado la misma titulación que su padre, Arquitectura, ya que cuando se rodea de su círculo de amistades, ve que las cosas entre los jóvenes de su edad, 29 años, no son demasiado óptimas. «Si yo no tengo casi trabajo, el resto no tiene nada», contrasta Paco.
No obstante, sí se duele de llegar justo a final de mes y gracias a que recibió el despacho de manos de su padre y no paga ni alquiler ni otros servicios. Paco Belmar padre compaginaba antes el negocio privado con el desempeño como arquitecto municipal en Elda (Alicante), pero debido a lo mal que se puso la iniciativa privada, legó la «cuota» de profesión liberal a su hijo. Para éste, «en estos momentos la cosa está muy fastidiada. No hay casi proyectos, salvo pequeñas reparaciones estructurales, y colaboraciones con algunas comunidades para rehabilitar viviendas, pero la competencia es muy grande y la inversión ya no se mueve». «No hay apenas trabajo, porque el arquitecto maneja presupuestos grandes y en estos momentos cuesta mucho invertir», objeta el joven alicantino.
Gracias a haber heredado el despacho de su padre, Paco logra llegar a fin de mes
«También la profesión se ha devaluado bastante respecto al momento en el que comenzó mi padre, ya que la figura está vista de otra manera», añade otro elemento al debate Paco. Admite que enfiló los pasos laborales de su padre porque en casa, desde pequeño, «mamó» aquel trabajo en el despacho, a pesar de que veía a su progenitor dar el callo también el sábado y el domingo. «Me gustaba la forma de trabajar de mi padre, también, por qué no, los honorarios, porque sé el nivel de vida que he llevado en mi casa. Vives bien, sin florituras ni ser millonario, y no pensaba en ningún momento que iba a ser el rey del mambo por estudiar Arquitectura. Quería empezar este trabajo con dignidad y honestidad, pero también ganarme el pan», asevera Paco.
«¿Cómo veo mi futuro inmediato? Hay que sobrevivir, siempre digo eso. Sí que hemos estudiado la posibilidad de ir fuera, pero no tenemos el capital necesario para buscar proyectos, aunque no descarto un día desembarcar con alguno de esos proyectos en el norte de África con un grupo de trabajo», asevera este alicantino.
Verónica y Manuel Seoane: estudiar Psicología pero mirar el bar familiar de refilón
En el caso de Verónica Seoane (de 21 años) su andadura laboral se inició los fines de semana en el bar de sus padres. Desde los 17 años compaginó sus estudios con el trabajo en la Almudayna, local regentado por su padre Manuel. Durante casi tres años estuvo yendo todos los sábados y domingos, aunque en la actualidad está más volcada en sus estudios (cursa Psicología en la Universidad Complutense de Madrid) que en la cafetería, adonde acude algún fin de semana puntual, máxime en momentos en los que se espera mayor afluencia de clientes. «El sueldo en el bar de mis padres es bastante bueno. Prefieren llevarme a mí que contratar a un extra de fuera que no saben cómo va a tratar a los clientes», se felicita Verónica. La joven admite que cuando empezó, en sus últimos años en el colegio, le gustaba el trabajo y le hacía ilusión estar allí, aunque luego, «cuando pierdes esas ganas que se tienen al principio en un trabajo, sobre todo si es el primero, trabajar los fines de semana se hace más duro».
Verónica aspira a trabajar de lo que estudia; el bar familiar es la segunda opción
Verónica es consciente de que la situación actual es bastante complicada. Cuando sus padres iniciaron la aventura de abrir un negocio familiar el momento era un poco menos enrevesado que ahora. De hecho, confronta que «ahora es imposible conseguir un buen local en una zona que te permita ganar dinero debido a los gastos que tienes y a que los alquileres son carísimos». Verónica es consciente de que la crisis ha disparado de lleno contra el corazón de la hostelería, «la gente sale menos y eso se nota», y aún así el negocio de la familia Seoane resiste y sigue funcionando bien. Por eso, no puede descartar cien por cien la «invitación» de sus padres. El mundo laboral para cualquier joven es intrínsecamente complicado y Verónica lo sabe: «Ahora te piden mucha más cualificación para cualquier trabajo, además en algunos sitios si eres muy joven te dicen que no desde el principio».
Víctor Muro, 22 años: o peón o mozo en prácticas y un sueño aquí irrealizable
La última de las historias recabadas porABC.es es la de otro joven nacido en 1990 para quien abrirse un hueco en el mercado laboral tampoco está siendo sencillo. Víctor Muro entró a los 16 años a formar parte del negocio familiar. Su padre, del mismo nombre, trabajaba en un bar sito en la Plaza de España de Madrid, y en la barra del establecimiento, el joven de 22 años comenzó a ganarse las primeras «habichuelas».
Víctor se siente explotado en sus prácticas y sueña con dedicarse al cine, aunque sea fuera
Nuevamente sus perspectivas laborales se abren en el extranjero, porque Víctor es un apasionado del mundo del cine y quiere cursar Comunicación Audiovisual para lanzarse al reto de «intentar vivir de ello». Estados Unidos o Inglaterra serían sus destinos idóneos para realizarse, porque aquí en España la cosa pinta «entre difícil y casi imposible».






