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El pequeño saltamontes y la «tres catorce» que se prepara en Bruselas

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Los 100.000 millones de la ayuda bancaria representan la señal a cuenta de un acuerdo con Bruselas mucho más amplio y que exigirá todos los ajustes necesarios con tal de reducir el déficit al 3% en 2014

Día 18/06/2012 - 13.53h

L a prima de riesgo, ese cuarto jinete del apocalipsis económico junto al paro, el déficit y la corrupción, ha dejado de ser el marcapasos de Zapatero para convertirse en la banderilla de fuego que ha provocado la más furibunda reacción de Mariano Rajoy en Europa. El presidente del Gobierno se ha crecido con el castigo imponderable y recurrente de los mercados, lanzándose de perdidos al río con un órdago a la grande que ha superado el pressing de la burocracia comunitaria para que España solicitase un rescate oficial a la griega. De momento no caerá esa breva y esperemos que las elecciones que hoy se celebran en el país heleno tampoco frenen el avance de la tropa sudista comandada por España.

La guerra de secesión comunitaria entre los Estados acreedores y deudores de la eurozona podría saldarse en la cumbre de finales de mes con un armisticio quizá más parecido a una Conferencia de Yalta que a un Tratado de Versalles, pero en todo caso suficiente para reconocer la gravedad de las enormes asimetrías que existen de tiempos inmemoriales entre los diferentes países del Viejo Continente. Bajo esta premisa es más factible que los poderosos vecinos del norte dejen de tensar una cuerda que nadie en su sano juicio puede estar dispuesto a romper ni siquiera por el lado más débil.

Desde hace algunos unos meses los asesores económicos de Moncloa han venido entrenando una posición negociadora que permitiera a Rajoy defenderse como un pequeño saltamontes, diestro a la hora de utilizar el ataque de sus rivales para golpear con precisión a la contra. La visita a Barcelona del presidente del Banco Central Europeo (BCE) a principios de mayo abrió los ojos a Luis de Guindos sobre el pavor que el sistema financiero español desataba en el ánimo consternado de las grandes potencias europeas. El ministro no tuvo que realizar muchos esfuerzos para convencer a Rajoy con un cambio radical de la estrategia timorata mantenida secularmente ante las instituciones comunitarias. Estaba claro que era el momento de sacar fuerzas de flaqueza utilizando el pánico del adversario como arma decisiva de una discusión que se prometía a cara de perro.

Mario Draghi, de casta le viene al galgo, era uno de los más interesados en buscar mecanismos de ayuda que sirvieran de precedente para una operación financiera de similar calado en Italia. El chivo expiatorio de Bankia, tras la dimisión forzada de Rodrigo Rato y la irrupción del pedigüeño Goirigolzarri con su grito «hiperhuracanado» de socorro, resultó definitivo para alertar a Angela Merkel de que la cosa iba muy en serio. La canciller empezó a calibrar las consecuencias de una quiebra generalizada del sistema financiero en nuestro país y se lo comunicó rápidamente al colega francés nuevo en la plaza. Así se explica la indiscreción de François Hollande cuando pocos días después de desbancar a Nicolas Sarkozy se despachó en Washington ante el mismísimo Barack Obama con unas declaraciones en las que hacía votos por la recapitalización de la banca española con fondos de solidaridad europeos.

Del dicho al hecho ha habido un pequeño trecho, menos de un mes, que Alemania ha utilizado con su proverbial superioridad continental para azuzar a los secuaces de Finlandia, Holanda y demás iscariotes de Bruselas, a ver si entre todos conseguían forzar un rescate en el sentido clásico; esto es, una intervención oficial en toda regla, incluyendo por supuesto el desembarco de la troika hasta la cocina de la economía española. Con su cara de póker y su flema gallega Rajoy mantuvo el envite y lo más que consiguió sacar el Eurogrupo en su reunión virtual del sábado mágico fueron un par de frases retóricas para que conste en acta que los vigilantes de la playa comunitaria no descansan y mantienen su estrecho marcaje a España.

El Gobierno seguirá entregado a la agenda reformista que exige Berlín, aunque eso no es ninguna novedad, sino más bien la consecuencia de ocho años tirados a la basura tras un milagro económico que se desvaneció con la misma solemnidad que un hechizo en un cuento de hadas. La única alternativa que ahora queda es un ajuste fiscal intenso y prolongado, de dos puntos anuales de PIB a lo largo de los tres próximos ejercicios. El objetivo clasificado de déficit público para 2012 no distará mucho del 7%, que habrá que rebajar al 5% en 2013 como paso intermedio para que España pueda alcanzar la tierra prometida del 3% en 2014.

Los 100.000 millones concedidos a la banca representan solamente una señal a cuenta de esa misión denominada en clave de Bruselas como la «tres catorce» de Rajoy. La subida del IVA, la reducción de prestaciones por desempleo o el retraso en la edad de jubilación son mensajes indispensables para que España empiece a hablar de tú a tú en Europa. Solo así se podrá conseguir que nuestros socios terminen, algún día, por tratarnos de usted.

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