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A la izquierda, un aparcamiento vacío; a la derecha una terminal nueva, flamante, que separa el espacio público de la pista de aterrizaje y los hangares de los aviones, pero tampoco se ve gente. Son más de 2.300 metros cuadrados con mostradores de facturación, zonas de descanso y hasta dos máquinas expendedoras de bebidas frías y calientes. Sólo hay algunas luces encendidas y el único mostrador abierto es el de Good Fly, una empresa de vuelos que tiene su central de operaciones en el aeropuerto de Burgos, donde sólo opera en contadas ocasiones.
Todo parece listo para funcionar en cualquier momento y hasta el suelo de la terminal brilla como si acabara de estrenarse, aunque el aeropuerto está a punto de cumplir cuatro años. Se inauguró el 3 de julio de 2008. Costó 45 millones de euros y hace sólo uno el Ayuntamiento de Burgos todavía solicitaba al Ministerio de Fomento alargar la pista de 2.100 metros para facilitar el despegue y aterrizaje de aviones de mayor tamaño. Sin embargo, la crisis se ha hecho notar y el nivel de uso del aeropuerto crece mucho menos de lo previsto.
Ya en el perímetro vemos un aparcamiento para 188 vehículos —apenas ocupados por unas pocas unidades— y el edificio acristalado de la terminal da idea de un edificio realmente moderno. Sin embargo, ahora todo está en silencio. Dentro de la terminal, sólo una trabajadora de Good Fly, sentada tras un mostrador vacío, da idea de que en algún momento el aeropuerto debe funcionar. Pero son las seis de la tarde y no se oye ni un solo ruido.
Por la mañana ha salido un avión para Barcelona que ha vuelto a las cuatro de la tarde. Los viajeros han recogido su equipaje y se han ido. El aeropuerto parece ahora un escenario de ese momento de las películas en el que parece que va a pasar algo, pero la tarde avanza y sigue el silencio. Hasta el día siguiente no volverá a haber algo de actividad.






